Espías de novela

Lo cierto es que el personaje del espía ha fascinado a los novelistas y cineastas desde antiguo. Una fascinación que algunos atribuyen a que soluciona problemas fundamentales del entramado novelesco: un sujeto literario atrayente y la relación entre trama e intriga, que vienen dadas “per se” con el personaje.

 

El espía es un extraño, una personalidad que reúne en sí mismo los ingredientes de las mejores novelas de suspense: la falsa identidad, el engaño, la conspiración, el poder oculto y el riesgo que la acción del espía comporta.

 

Para lograr una buena novela de espías el tratamiento literario es esencial. Solo las historias de espías bien contadas consiguen pasar a la categoría de literatura. Lo importante no es el encasillamiento sino el contenido. No importa demasiado la catalogación sino la calidad, y en eso, como en todo, habrá obras buenas, malas y regulares. La literatura de espías es un género, de acuerdo, y podríamos añadir: a mucha honra, porque en realidad no existe literatura sin género.

Quizá lo más importante cuando hablamos de novela de espías sea remarcar la diferencia neta que existe entre la novela negra y la de espionaje. La literatura de espías siempre refleja la cara oculta de los intereses internacionales, políticos y económicos de los Estados. Es novela eminentemente política, una variante de la literatura de signo criminal aplicada a la Razón de Estado, teniendo en cuenta que el crimen y la política de Estado van a veces de la mano.

Lo que entendemos por literatura de espías, algunos la remontan a los tiempos antiguos. Aparece en la Biblia, en el libro de Josué, en la historia de Sansón y Dalila, y en la de Judith y Holofernes. Aparece en la leyenda del Caballo de Troya, en Heródoto y en las campañas de Julio César, y se consolida con la aparición de los primeros servicios secretos modernos: la Monarquía Hispana, Inglaterra, Venecia y Rusia en tiempos de Iván el Terrible, el creador de la primera policía secreta política.

Poco a poco, el espionaje fue creciendo en los siglos XVII y XVIII y en el siglo XIX adquirió importancia hasta convertirse en una técnica subalterna del poder, y en ocasiones en la base del poder mismo.

En el siglo XX, además del espionaje militar, político y económico, se consolidó el espionaje industrial y tecnológico, y este último, a través de la informática, está determinando una nueva realidad: la realidad virtual, en la que el mundo ha quedado atrapado y contaminado por la falsa información que nos rodea permanentemente, y en la cual el espionaje se mueve como pez en el agua. Un fenómeno que suscita interrogantes sin resolver y revive la paradoja de considerar si los servicios secretos son el verdadero poder fáctico de la política, el guardián de los secretos de los gobiernos. Y en tal caso, quién vigilará a los vigilantes, a los manejadores de los espías que controlan la información que decide el destino de los países.

Se suele atribuir al norteamericano James Fenimore Cooper la primera novela de espías moderna, publicada en 1821, con un título que no deja lugar a dudas: El espía; pero el siglo XIX fue muy parco en novelas de espionaje. No es hasta 1901 cuando el británico Rudyard Kipling pública Kim, la historia de un complot ruso contra los intereses británicos en el norte de la India, el ámbito geográfico de lo que desde entonces se conoce como el Gran Juego geoestratégico en el corazón de Asia, la encrucijada continental donde tantas veces se han cruzado los destinos del mundo.

Además de algún episodio suelto de Sherlock Holmes que trata el espionaje, el polaco britanizado Joseph Conrad se erige como uno de los iniciadores del género con su obra El agente secreto. Casi al mismo tiempo Erskine Childers pública en 1903 El enigma de las arenas, una trama que descubre un plan alemán para invadir Inglaterra, dando arraigo en las novelas de espías a la fobia anti alemana que perduró durante largo tiempo en el tratamiento literario de muchas obras de corte semejante.

Finalizada la Primera Guerra Mundial se editan miles de testimonios escritos sobre la contienda que dejan poca literatura de espías de calidad, y casi toda ella englobada en lo que llamaríamos “literatura popular”, con un claro matiz partidista de buenos buenísimos y malos malísimos que hoy resulta demasiado convencional poco convincente. Destacan en esta etapa autores como John Buchan, con Los 39 escalones, novela llevada al cine por Alfred Hitchcock, y sobre todo Somerset Maugham, que trabajo en la realidad como agente secreto inglés en Suiza y Rusia durante el tiempo de la Gran Guerra y la Revolución Bolchevique , y publicó Ashenden, una de las cumbres del relato corto de espías.

Dos escritores famosos que tratan de los turbios asuntos políticos y de agentes secretos del período de Stalin y la Internacional Comunista ( la Komintern) son el francés André Malraux y el húngaro nacionalizado británico Arthur Koestler.

Malraux tiene dos novelas clásicas sobre agentes de la Internacional Comunista : Los conquistadores y La condición humana. En cuanto a Koestler, trabajó clandestinamente para la Komintern en el Partido Comunista alemán y, descubierto como espía, fue condenado a muerte en España por el bando de Franco. Koessler salvó la vida de milagro, canjeado por un rehén, y es autor de unas memorias muy interesantes para entender lo que fue el espionaje en Europa, cuando ya se presagiaba la Segunda Guerra Mundial.

A grandes rasgos, después de esta contienda, aparecen novelas de espionaje que en muchos casos sirvieron de argumento cinematográfico. Mencionemos por ejemplo La noche de los generales, del alemán Hans Kirst, Ha llegado el águila, de Jack Higgins, o La isla de las tormentas, de Ken Follet. La lista en este sentido es muy larga.

Los norteamericanos, pese a su papel decisivo en la contienda mundial, y aunque son los mayores consumidores de novelas de espionaje, tienen pocas obras de calidad sobre el tema, aunque cuentan con novelas tan excepcionales como El fantasma de Harlot, de Norman Mailer ; y lo mismo ocurre con los soviéticos, que solo han dejado para el lector hispano, antes del derrumbe de Telón de Acero, algunos nombres como Julián Semiónov, creador de una serie sobre el agente secreto Stirlitz, y el escritor y coronel Vladimir Bogomólov, con una novela titulada En agosto del 44.

En la época de entreguerras adquirió gran difusión la novela de espionaje popular y de entretenimiento, puramente comercial, que en la mayoría de los países adquirió un tono marcadamente chovinista. La reacción a esta tendencia vendría de autores como el ya citado Somerset Maugham; Eric Ambler, con la novela La máscara de Dimitrios, o Graham Green, con novelas que reflejan el escepticismo y la ruina moral de unos espías que no son ni heroicos ni audaces, sino personas corrientes envueltas en situaciones que les superan, con dilemas y planteamientos alejados de la literatura de simple entretenimiento.

Títulos como El tercer hombreEl americano impasibleNuestro hombre en La Habana o- más tardíamente- El factor humano, son novelas de espionaje de gran calidad, muy críticas con el sistema político-social imperante, y con el propio engranaje de los servicios secretos. Están en una línea muy opuesta a otros autores como Ian Fleming (que sirvió durante la guerra en la inteligencia naval) y sus millones de lectores, con historias llevadas al cine convertidas en mito colectivo y fenómeno extraliterario encarnado en el personaje James Bond. Una fantasía sin apenas conexión con el espionaje real, apoyada por un aparato publicitario y mediático de alcance mundial que termina derivando en planteamientos extravagantes, alejados de cualquier atisbo realista bajo la fórmula de las tres eses: sexo, sadismo y esnobismo.

La reacción a esta escuela de violencia descabellada, con imitadores de bajo nivel, se produce hacia 1960 con dos autores fundamentales: Len Deighton y sobre todo David Cornwell, más conocido por el seudónimo de John le Carré.

Len Deighton pasó por diversos empleos de poca monta hasta alcanzar de golpe la notoriedad con la novela El archivo de Ipcress, popularizada en el cine con el personaje Harry Palmer, una especie de anarquista observador y solitarioEs un relato bien construido, a base de monólogos elípticos y sarcásticos que alcanzó gran éxito, y al que siguieron otras novelas como Funeral en BerlínJuegos de guerra y la trilogía El juego de BerlínEl set de México y El partido de Londres, donde los conceptos y valores de la Guerra Fría aparecen desdibujados en un juego de sombras y antihéroes perdedores.

Llegamos por fin, en este brevísimo recorrido de la narrativa de espionaje, al maestro de la novela de espías y patrón que da nombre al Club organizador de este Congreso. Hablamos, claro está, de John le Carré, erigido en guía y modelo de la novela de espías contemporánea.

A Le Carré le sobrevino la fama de golpe con la novela El espía que llegó del frío, cuyo protagonista- Alec Leamas- es un individuo decepcionado que se hace matar cuando cruza el muro de Berlín.

Hay una frase de Le Carré en esta novela que revela fielmente la visión desengañada y ácida del espionaje en el tiempo de la Guerra Fría: “¿Qué cree usted qué son los espías? (se pregunta el protagonista de la novela): ¿sacerdotes, santos, mártires? en realidad forman una sórdida profesión de tontos vanidosos, de traidores… gentes que juegan a los policías y ladrones para amenizar en algo su vida miserable”.

John le Carré trabajó para la inteligencia británica hasta que triunfó como escritor. y su actividad secreta quedó al descubierto con las revelaciones del famoso agente doble Kim Philby, cuando este dio por terminado su disfraz y se pasó públicamente al bando de Moscú.

La lista de las obras de Le Carré, con títulos tan imperecederos como El topoLa gente de SmileyLa casa Rusia o El honorable colegial, aportan un panorama necesario para el entendimiento del submundo del espionaje, en el que se manejan altas dosis de burocracia, cinismo y amoralidad política. Un ambiente de señuelos y simulaciones que Le Carré conoce de primera mano, aunque ha repetido muchas veces que básicamente él se considera escritor y que su actividad en el espionaje fue accidental. “El mundo del espionaje- declaró en una entrevista- es para mí solo la extensión del mundo en que vivo. Por eso lo he poblado con mis propios personajes. Pues en definitiva soy un novelista. Yo produzco obras de imaginación. Relató historias.»

El más famoso de los personajes de Le Carré es George Smiley. Un hombre próximo a los 60 años dedicado al contraespionaje, bajo, regordete, apacible y miope, que ha estudiado en Oxford y a quien su mujer engaña con frecuencia sin que él parezca darse por aludido.

En resumidas cuentas, la moderna literatura de espías (que no debe ser confundida ni con el thriller ni con la novela negra) tiene hoy acreditada su identidad como género con una larga tradición. Nació en el siglo XIX con escritores de primera fila, y alcanzó su etapa más brillante el tiempo de la guerra fría tras la Segunda Guerra Mundial.

El espionaje, como instrumento de poder, ha sabido amoldarse a todos los cambios históricos y es una herramienta necesaria en el juegos político, militar y económico de los gobiernos y los Estados.

En el ámbito de la ficción, el espía sigue siendo un personaje cuya relevancia permanece inalterable. Los espías de novela ejercen, además, una especie de atracción que alcanza a todos los públicos, no solo en el terreno literario sino en el periodismo, el cine o la televisión, porque suscita un mundo de secretos, engaños e intrigas de amplia aceptación popular, y permite atisbar verdades casi siempre ocultas en las versiones oficiales.

Los secretos constituyen siempre un material de interés humano de primera clase. Todo el mundo se muere por conocerlos, aunque sean de ficción, y – además- la realidad y la ficción van muchas veces entremezcladas, como en la vida misma, y en algunos casos es imposible distinguirlas.

En el caso de España, a pesar de haber dispuesto de un servicio de inteligencia de primer orden en los siglos XVI y XVII, acorde con la época de su apogeo histórico, la novelística dedicada al mundo de los espías, no ha tenido hasta ahora demasiado recorrido, pero se han publicado ya bastantes obras que entran de lleno en el género, con escritores destacados, aunque algunos de ellos no reivindiquen el género como tal.

Lo que algunos autores han denominado la “escuela española del espionaje” es un concepto abierto a la creación de una narrativa de personajes y situaciones vinculados a España, y en líneas generales se trata de un territorio literario todavía poco explorado.

Figuras del espionaje hispano como el gallego Diego Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar, o el vasco Juan Idiaquez, jefe de espionaje de Felipe II, son nombres prácticamente desconocidos para muchos lectores españoles. Y lo mismo cabe decir de las actividades secretas de escritores como Cervantes o Francisco de Quevedo, cuyas vidas aventureras tendrían que haberse popularizado en novelas, películas y series de calidad desde una visión hispana, lo que por desgracia no sucede.

Quizá el autor que más ha incidido en estos temas desde una perspectiva popular es Manuel Fernández y González, cuyas novelas decimonónicas, hoy casi olvidadas, vienen a ser equivalentes a las de Alejandro Dumas en Francia, con títulos como El cocinero del Rey o El pastelero de Madrigal, que tratan argumentos relacionados con los servicios secretos y asuntos de Estado en épocas históricas de la España de los Austrias.

El primero en introducir la guerra secreta en la contienda civil española de 1936 fue Graham Greene, en la novela El agente confidencial, que trata de la misión de un profesor español encargado de conseguir en Inglaterra carbón para la causa republicana. Pero sobre otra guerra civil, la carlista de 1833, tenemos la magnífica saga histórica de Pío Baroja con el personaje del conspirador y espía Eugenio de Aviraneta. Se trata de un conjunto de novelas que ofrecen uno de los testimonios literarios más importantes de la primera mitad del siglo XIX español.

En conclusión, aunque haya excepciones notables, la novela de espías española se ha movido con el lastre editorial de tener que imitar modelos literarios ajenos (sobre todo procedentes del mundo anglosajón) antes que intentar reflejar con argumentos y personajes propios el pasado histórico o la realidad actual que directamente nos concierne, como sí ocurre con otros géneros novelísticos.

El caso es que tenemos temas literarios de sobra, pero faltan oportunidades y medios para desarrollar un género como la novela de espías, que debería aportar muchas de las claves político-estratégicas del caótico mundo actual, con decisiones secretas tomadas desde las alturas gobernantes, a las que el gran público casi siempre permanece ajeno, que deciden la suerte de millones de personas.

Por todo ello vemos en este primer Congreso de Andorra que ahora empieza una gran oportunidad de relanzar la narrativa de espías española, fomentando así la cultura de inteligencia como una pieza básica del conocimiento que permita acercar los problemas geopolíticos de nuestro tiempo al gran público, al ciudadano de a pie, al lector corriente deseoso de conocer el entramado oculto que protege las verdaderas razones del poder.

Por último, quisiera terminar estas palabras agradeciendo a todos los presentes su participación en este Congreso andorrano. Espero que este encuentro, en cuyo futuro confiamos, se mantenga a partir de ahora como un punto de referencia permanente de la literatura de espías en España y Andorra.

Litvinenko y España: Mucho ruido y pocas nueces

Por Martin Roberts

En enero de 2015 ha tocado a quien esto escribe intentar averiguar, de parte del Daily Telegraph de Londres y como freelance, un supuesto vínculo entre Alexander Litvinenko y lo que aquél denominó “los servicios secretos españoles”, por lo que contacté con un fiscal anticorrupción en Madrid.

Lo que se ha concluído – como se explicará abajo – es que esta hipótesis (por lo menos tal como fue formulada por el citado rotativo) era contradictoria y carecía de evidencia fidedigna, cosa que sin embargo no impidió que tuviera algún recorrido posterior en medios prestigiosos, y si por un lado no iban por allí los tiros, por otro algo de interés se puede deducir.

También se ha podido constatar la falta de rigor de por lo menos un periódico y alguna emisora británicos – tanto por motivos estructurales como coyunturales — en contraste con agencias de noticias como Reuters, con la que había colaborado previamente durante muchos años.

Litvinenko, como todos sabemos, fue un agente del SFS ruso especializado en temas de crimen organizado, que desertó, se afincó en Reino Unido, se naturalizó británico y publicó dos libros acerca de las supuestas actividades encubiertas del mismo SBS. Entre otras cosas, alegó que el presidente ruso, Valdímir Putín, ordenó el asesinato de la periodista Ana Politovskaya en octubre de 2006. Poco después, Litvinenko fue envenenado y murió en Londres en noviembre del mismo año, con 43 años.

Arranca la investigación oficial

En enero de 2015 el juez encargado de la investigación en Londres empezó a recoger testimonios, cosa que suscitó el interés de muchos medios, sobre todo en Reino Unido. El abogado de la viuda, Marina Litvinenko, declaró lo siguiente, según una transcripción que me remitió el Telegraph (la traducción es de servidor):

Primero, cuando murió, el señor Litvinenko no solo colaboraba con los Servicios Secretos Británicos, sino además, a instancias del MI6, colaboraba con los Servicios de Seguridad Españolas como agente remunerado.

“La información que le tocó remitir al Servicio de Inteligencia Español involucraba el crimen organizado, o sea actividades de la mafia rusa, en España y de forma más general, y esta información fue facilitada a un fiscal especial para el crimen organizado, llamado José Grinda González.

Nótese que se trata de una afirmación sin contrastar de tercera mano, o sea lo que contó el abogado que contara la señora Litvinenko acerca de su difunto marido, y eso en el supuesto de que ella conociera al detalle cuanto hacía éste, cosa que era de dudarse, como veremos abajo. Aun así, ella confundió la fiscalía española con “los servicios de seguridad/inteligencia”.

Ahora bien. el susodicho Grinda es efectivamente fiscal anticorrupción y su nombre había salido a la luz en un cable de la Embajada de EE.UU. en Madrid, fechado el 11 de febrero, 2010, y publicado en diciembre del mismo año por wikileaks.

Según el citado cable, Grinda participó en una reunión con funcionarios estadounidenses y les informó acerca de sus investigaciones en las actividades de la mafia rusa en España. Entre otras cosas, citó y calificó como “acertada” una “tesis” de Livinenko, según la cual los servicios de inteligencia y seguridad rusas “controlan CO en Rusia”.

Nótese que Grinda (según wikileaks) se limitó a repetir lo que Litvinenko había dicho muy públicamente, que en momento alguno dijo haber tenido contacto con él, ni que se lo habia planteado, y nada dijo de los “servicios secretos” españoles. El cable sí se refiere a una “versión” de un encuentro entre Litvinenko y estos servicios secretos poco antes de su muerte, pero no da más detalles.

En 2012 el Telegraph publicó un par de artículos en base a este cable, tras su difusión por wikileaks.

Mi granito de arena

Cuando empieza la investigación oficial y depone la viuda de Litvinenko, allí es donde entra servidor en escena, pero de forma tentativa. El Telegraph me pidió contactar con Grinda, cosa que hice, y hacerle todo tipo de preguntas; por ejemplo cuánto Litvinenko había cobrado por mes de los “servicios secretos” españoles y qué sabía acerca de los vínculos de Putin con la mafia rusa, preguntas que me han parecido disparatadas.

Digo esto porque en primer lugar, como ya se ha dicho, Litvinenko ya había dedicado un libro entero al tema y si acaso alguien tuvo oportunidad de recabar información privilegiado al respecto, sería MI6 y no un fiscal en el extranjero.

Sin embargo, el lema del freelance es “di que sí a todo”, nada se pierde con intentar y agradecí la amabilidad de Grinda de recibirme en su despacho. No me permitió grabar nuestra conversación, pero sí tomar apuntes, y me hizo un par de aclaraciones después por escrito.

Básicamente, no quiso confirmar ni negar que se había encontrado con homólogos americanos, tal como afirmaba wikileaks, y aun que semejante encuentro se hubiera producido, tampoco podría decir nada al respecto. Sin embargo, colaborar con homólogos de otros países sí formaba parte de su trabajo.

Dijo que nunca tuvo contacto con Litvinenko y, que él supiera, éste tampoco había colaborado con la fiscalía española. Añadió que no tenía idea de supuestos vínculos de Putin con la mafia. Como Litvinenko estaba bajo la protección de las autoridades británicas, Grinda opinó que este tipo de cuestiones le competían a éstas, que me parece perfectamente coherente.

Ahora bien, dijo que respecto a lo que incumbía a él, Litvinenko pudo haber sido un buen testigo – entre otros posibles – por lo que sabía acerca de cómo funcionaba la mafia rusa en general. Concretamente, me escribió:

  1. El interés por el sr. L era genérico, sobre el crimen organizado ruso, no estaba limitado a una persona en concreto.
  2. Ignoro si Policía o Guardia Civil pudieron realizar gestiones respecto de L.
    Se realizaban frecuentes reuniones entre los investigadores y se valoraron varias personas como testigos idóneos, no recordando las personas concretos respecto del Sr. L.

Grinda sí parecía, lógicamente, en condiciones de aportar información acerca de las actividades de la mafia rusa en España, pero este tema no le interesaba al Telegraph.

Ecos posteriores

Allí termina mi colaboración con el Telegraph, y de forma definitiva. Que yo sepa, nunca publicaron nada más citando a Grinda con relación a Litvinenko, o acerca de cualquier colaboración que pudiera tener éste con España, cosa que sin embargo hizo la BBC en un artíclo publicado en julio de 2015. La BBC citó a Grinda diciendo –.igual como me había dicho a mí – que le hubiera gustado entrevistar a Litvinenko.

Añade la BBC que ha conseguido un “documento confidencial”, según el cual “los españoles estaban cercando a la mafia rusa que operaba en España”, y que un supuesto mafioso citó en una entrevista a Putin.

Luego cuela – de forma mañosa, me parece – una cita de Grinda, en donde repite éste lo que se había afirmado varias veces antes acerca de supuestos vínculos entre criminales rusos y miembros de la administración rusa. Digo “mañosa” porque da a entender que Grinda respalda lo del documento secreto, o sea la BBC “tira la piedra y esconde la mano”. Un viejo truco.

Cabe destacar que a continuación, la BBC cuenta que “una fuente bien relacionada” afirma que la colaboración de Litvinenko con agencias occidentales no fue lo que motivó su muerte, sino que él había atravesado una línea roja al acusar a Putin.

Otro granito de arena

Hoy, debido al confinamiento por el coronavirus, he tenido tiempo para indagar un poco por mi cuenta, cosa que mucho me temo no hizo en su día el Telegraph, antes de encargarme una búsqueda inútil (y no por primera vez).

Primero, he descubierto que la supuesta colaboración entre Litvinenko y los “servicios de seguridad” españoles se había mencionado en otro cable de la Embajada de EE.UU. en Madrid, con fecha de agosto 2009. Aquí trasciende que los funcionarios norteamericanos, lejos de contar con información privilegiada, ¡se habían limitado a leer El País!

En 2008, el citado diario publicó un artículo intitulado Litvinenko dio pistas de mafiosos rusos en España, en el sentido que información que había aportado el espía ruso facilitó la Operación Troika, “la mayor operación habida hasta el momento contra la mafia rusa en Europa”. El artículo explica que tres fiscales – Grinda, entre ellos – habían investigado a mafiosos rusos en España, y que el juez instructor fue Baltazar Garzón, pero no dejó claro si esto sucedió antes o depués de Troika. Si bien el artículo abunda en otros detalles, no cita fuentes y el vínculo entre Litvinenko y las instancias españolas tampoco queda nada claro, o sea el artículo no aclara con qué departamento – o departamentos – habló.

Total, ni la viuda de Litvinenko, ni wikileaks, ni la Embajada de EE.UU., ni la BBC, aportó nada en lo esencial que no hubiera publicado El País años antes. Haberlo sabido antes, y mi humilde enhorabuena al País.

Concluye la investigación oficial

En enero de 2016 la investigación oficial británica, a cargo del juez Sir Robert Owen, publica su informe. Owen admite como evidencia varios testimonios acerca del supuesto vínculo de Litvinenko con las autoridades españolas y dedica un capítulo entero a examinar el tema.

Sin embargo, Owen recuerda que su propósito no es comprobar si tal vínculo ha existido o no:

el tema a considerar a efectos de esta Investigación es si pudo haberse dado cualquier enlace entre esos asuntos y su muerte [de Litvinenko].

Primero, desestima lo dicho por la viuda:

La Sra Litvinenko desconocía los detalles de la labor que el Sr Litvinenko realizaba en España  – dijo ella que, “Sasha no me contó gran cosa porque intentaba protegerme.”

Owen examinó también una declaración que prestó a la Policía Metropolitana de Londres en diciembre de 2006 el oligarca ruso exiliado Boris Berezovsky, en la que éste afirmó que Litvinenko había colaborado con “el servicio de inteligencia española”.

Muy curiosamente, Berezovsky fue hallado muerto en su domicilio en Inglaterra en 2013, colgado con una liga entorno al cuello. El juez de primera instancia no pudo determinar si se trataba de suicidio o homicidio.

Sobre la importancia de la colaboración de Litvinenko con las instancias españolas y sus repercusiones, Owen afirmó que:

[La abogacía oficial] no estableció una causa prima facie en torno al papel del Sr Berezovsky, la mafia española y/o demás organizaciones criminales, Mario Scaramella*, o grupos chechenos, en la muerte del Sr Litvinenko.

En su resumen, Owen afirmó estar seguro de que Litvinenko fue envenenado, con dolo, con plutonio-210, colocado en una tetera por Andréi Lugovói y Dmitri Kovtun (ambos exagentes del KGB), que éstos no actuaron solos, que es “una fuerte probabilidad” que lo hicieran a instancias del SBS, y que todo fue autorizado “probablemente” por Putin.

La policía británica ha señalado a Lugovói y Kovtun como sospechosos principales, mientras que ambos han insistido en su inocencia en entrevistas con la BBC. El gobierno ruso se ha negado a extraditar a Lugovói, que hoy es diputado por el ultranacionalista Partido Liberal Democrático y por tanto goza de inmunidad parlamentaria.

Reflexiones personales

Acerca del vínculo entre Litvinenko y España, estamos ante el problema que todo testimonio es posterior a la muerte del espía ruso. Que sepa quien esto escribe, él nada dijo al respecto en vida y oportunidades tuvo. Además de publicar dos libros, cuando ya estaba enfermo de muerte, hizo declaraciones a la Policía Metropolitana y concedió una entrevista al Sunday Times.

Todo depende de la credibilidad de los artículos publicados en El País, cosa que por una parte, no me atrevo a desestimar, y por otra, tampoco pondría la mano en el fuego. Como periodista, bien sé que a veces hay que recurrir a fuentes anónimas, sobre todo cuando de temas delicados se trata. También sé que a menudo las mismas fuentes anónimas manipulan, y tanto. Son gajes del oficio.

El juez Owen ni respalda ni desestima lo dicho por El País, porque no era el objetivo de su investigación, como se ha dicho

Me temo que a ciencia cierta nunca sabremos si Litvinenko colaboró, o no, en este sentido, a menos que salga un testigo fiable (y no un simple conocido) en algún proceso jurídico, cosa que parece poco probable a más de 13 años de su muerte. Cualquier información que pudiera aportar Litvinenko en su momento sería de poca utilidad hoy en día.

Cobertura mediática británica

Como colofón, el autor se permitirá algunos comentarios acerca del tratamiento de los medios británicos del tema español, como periodista británico, y además porque Litvinenko residió durante los últimos años de su corta vida en Reino Unido.

Diremos que la tentativa del Telegraph ha sido superficial y mal concebido, por motivos estructurales y coyunturales, como he dicho arriba.

En nuestro paso como freelance por cinco periódicos londinenses, nos hemos percatado de que simplemente no cuentan con los mismos recursos que una agencia como Reuters (donde trabajé durante muchos años) para cubrir noticias internacionales, ni en términos de personal, ni pericia, ni a menudo emplean el mismo rigor. Si bien tienen algunos corresponsales — la mayoría de mucho mérito — éstos suelen ser opacados por autodenominados expertos que se pronuncian sobre todo tipo de asuntos internacionales desde la comodidad de sus oficinas, si es que se molestan en salir de casa.

Sin embargo, al público lector esto suele importarle poco o nada y es normal, porque estos expertos cobran mucho más que el humilde corresponsal (y el freelance ni se diga), y salen a menudo en televisión y radio. Cito como ejemplo a Boris Johnson, que colabora desde hace décadas en el Telegraph, donde además de cobrar 5.000 libras (6.000 euros) por columna, se convirtió en una auténtica celebridad y ha llegado a ser primer ministro.

A esta situación estructural hemos de añadir una coyuntura cada vez más difícil para todos los medios, o sea su financiación en una época en que ya no tienen el monopolio sobre la distribución de su contenido, debido a Internet, cuanto más en tanto se puede acceder desde un aparato que cabe en el bolsillo.

Para colmo, el contenido que publican consiste cada vez menos en noticias como tal, y más en  trending topics y temas que inducen al consumo, como estilo de vida, tecnología, viajes y moda. Si esto fuera poco, los medios tienen que competir con todo tipo de bulos en las redes sociales, a menudo propagados por bots mediante el uso de algoritmos, o incluso ciberespías.

O sea, estamos ante una carrera hacia abajo en términos de calidad y presupuesto (salvo para “las plumas grandes”), por lo que han recortado mucho sus corresponsalías y se dedican poco o nada al periodismo de investigación.

Dicho sea de paso, ha quedado ampliamente demostrado que Johnson encaja perfectamente en este entorno; ni a él ni sus lectores, ni sus votantes, les importa si dice la verdad, o no, mientras él diga lo que quieran oír.

Para no restar méritos, diremos que el fuerte de lperiódicos como el Telegraph es que sí han podido dedicar recursos a noticias nacionales. El Telegraph, por ejemplo, empezó a publicar relaciones de gastos de los diputados, sufragados por el contribuyente, que causó un auténtico escándalo.


*   Abogado italiano que al parecer contactó a Litvinenko poco antes de que éste muriera. Fue repatriado en enero de 2007 y detenido en seguida, acusado de engañar a la policía acerca de una trama de magnicidio y hacerse pasar por espía, entre otras cosas. Véase artículo de la agencia Reuters, que deja claro que la fiscalía italiana le considera todo menos un testigo fiable.

Trump y la CIA

El presidente norteamericano Donald Trump ha “insultado” a los funcionarios del Servicio de Inteligencia que han filtrado las presiones de su presidente a los presidentes de Ucrania, Volodímir Zelenski, y Australia, Scott Morrison y que ha provocado, nada menos, que el inicio de un proceso de destitución, “impeachment”. Trump les llama espías y traidores asimilando lo que para él son graves insultos, cuando lo que han hecho estos buenos funcionarios estadounidenses es denunciar irregularidades graves en el comportamiento de su presidente. Varias consideraciones al respecto: En primer lugar, aclarar lo que es un espía y a qué se llama habitualmente espía. Un espía en el más puro sentido del término es un “funcionario” de un estado, que cumpliendo según que mandatos de su gobierno, vela por la seguridad de sus compatriotas y sus bienes. Si en el ejercicio de su función se encuentra una acción en contra de esos intereses y a quien la ha cometido, aunque sea su presidente del gobierno, tiene la obligación de comunicarlo a sus superiores. Ellos sabrán qué hacer con la información. Un espía, funcionario de un estado, cobra lo estrictamente justo a su categoría laboral y su motivación suele ser, en un altísimo porcentaje el idealismo. Lo define muy bien el autor catalán Domingo Pastor Petit en su obra de 1976, “La guerra de los espías” – Editorial Bruguera. Dice así: Tras el sujeto disfrazado de espía, suele haber algo que el lector no es muy dado a sospechar en quienes le rodean… Este oficio gris, frío, mal compensado y compañero cierto de la angustia, que precisa nervios de acero y tesoros de inteligencia deductiva e intuición, recluta lo más electo de sus artesanos en las filas de los idealistas. Sí, hay que repetirlo: de los idealistas.” La palabra “traidor” no hay que explicarla, pero a la luz de lo que cabo de transcribir, coincidirán conmigo en que en nada se parecen ambos conceptos.

Pero volvamos a los “espías”, a los funcionarios espías que además son los encargados de obtener información sensible sobre determinado país u objetivo y que muchas veces se sirven de “confidentes”, “infiltrados” o personas que, por otra motivación, muchas veces económica, facilitan información muy importante para la seguridad del país, cobrando precisamente por esa información, en esos casos las cantidades son proporcionadas con la calificación que su información. Si Trump cree que los insulta es que no sabe de qué va esto de los Servicios de Inteligencia. Seguramente terminará destituyendo a sus jefes, y van…, pero estoy seguro de que quienes sustituyan a los actuales actuarán de igual manera ante situaciones similares. ¿Que no todo es tan idílico en los servicios? Naturalmente, y ¿dónde lo es? El ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor, es el componente fundamental de cualquier organización, no son máquinas y hay casos de corrupción como en todas partes, pero no juzguemos nada más que a los corruptos, no al organismo. No es justo.


Jaime Rocha

Cultura de Inteligencia

En un reportaje firmado por Carlos Enrique Bayo en el diario «Público» en julio de 2019 se daba cuenta del hecho, según el autor corroborado por fuentes de Inteligencia, de que el imán de Ripoll Abdelbaki es Satty, implicado en los atentados de Barcelona de 2017, era un confidente del CNI del que se conocían al detalle sus movimientos. Dejando aparte la cuestión de que un agente doble es algo mucho más complicado y que una cosa es tener un confidente en una organización y otra muy distinta es conocer a fondo sus actividades, había algún detalle más en el artículo que me llamó la atención. El autor daba por cierto que el llamado «buzón ciego», es decir la técnica de depositar una información en algún lugar que un enlace recupera en otro momento, fue un invento de Osama Bin Laden. Esa técnica, vieja como el espionaje, se ha usado desde siempre, lo que ocurre es que el entorno yihadista la empezó a reutilizar, cuando ya parecía obsoleta, para evitar a la NSA o a cualquier otro servicio capaz de trabajar en lo que se llama SIGINT, o Inteligencia de Señales. Como señala Enrique Martínez Codó, Jefe de Redacción de la revista «Manual de Informaciones», del Servicio de Inteligencia del Ejército Argentino, SIGINT permitía intervenir todas la variables posibles de Internet, por lo que, con buen criterio, Osama Bin Laden y en general todo el movimiento yihadista abandonó la electrónica y la tecnología como medio habitual de comunicación y lo sustituyó por el «boca-oreja» o el «buzón ciego», aunque Bin Laden tuvo la mala idea de usar su teléfono móvil, lo que le costó la vida. ¿A qué viene esta puntualización? Viene sencillamente al hecho de que la labor de los servicios de Inteligencia, de espionaje o de información que se les llama indistintamente de una u otra manera, han entrado desde hace tiempo en la cultura popular digamos por la puerta de atrás, moviéndose en el terreno de la especulación, la ignorancia, la literatura, la televisión y el cine y desde luego el interés en ensalzarlos o en denostarlos. El exhaustivo informe sobre los mencionados atentados publicado por el CIDOB en 2018 no menciona ni una sola vez al Centro Nacional de Inteligencia lo que parece indicar que el despliegue posterior de acusaciones contra el CNI, nunca concretadas, tenían más que ver con la situación política en Cataluña que con el atentado. Esta reflexión nos lleva a la función y presencia de los servicios de Inteligencia y a la percepción que se tiene de ellos en la opinión pública. Los casos del asesinato de Nikolai Glushko o de Jamal Khashoggi, la persecución o las actividades de Julian Assange o los esperpénticos casos de José Villarejo o «el pequeño Nicolás» apuntan en una dirección que más que definir a un servicio de Inteligencia parecen definir a un tipo de personajes que pueden dedicarse al espionaje como podrían dedicarse a la delincuencia sin más o a la banca, por decir algo. En el otro extremo de la percepción del espionaje, o los servicios secretos, se encuentra la lanzada por la novela y el cine. Ahí se entra en un difícil terreno pues no hay que olvidar la frase de Markus Wolf, ex jefe de la STASI, «hay más verdad en las novelas de Le Carré que en las memorias de Walter Schellenberg» y novelas como «El jardinero fiel» o series de televisión como «Homeland» o «Rubicón» dan una idea aproximada de una parte de la actividad de los servicios de inteligencia. Aún así ha sido el cine sobre el aventurero James Bond la fuente que más ha marcado la percepción del espionaje que ha llegado hasta el público consumidor. De todo esto se deduce que había mucho que explicar sobre qué es, para qué sirve y cómo actúa un Servicio de Inteligencia. Fue el director del CNI entre 2004 y 2009 Alberto Saiz Cortés quien en un artículo de la revista Arbor del CSIC utilizó por primera vez públicamente el concepto «cultura de inteligencia» para «dar a conocer la labor de dicha institución (el CNI), su funcionamiento, la legislación que lo regula y su contribución fundamental a garantizar la seguridad del Estado y, sobre todo, su vocación de servicio«. Dejando aparte la retórica, lo que parecía significar aquel paso era algo tan simple como explicar que el Centro Nacional de Inteligencia no era más que un elemento más del Estado, como la Sanidad Pública, la Enseñanza, la policía o el Ministerio de la Vivienda. Un organismo al servicio del Estado con funcionarios sujetos a la Ley como cualquier otro ciudadano y con una función muy determinada marcada por la Ley. Eso sí, un tanto especial. Fue un par de años antes, en 2003, con Jorge Dezcallar al frente del recién creado CNI, que sustituía al anterior CESID, cuando el Centro empezó a barajar una línea de actuación que llevaría ese nombre «cultura de inteligencia». En su libro de memorias «Valió la pena», Dezcallar dice «debíamos sentirnos orgullosos de nuestro trabajo de velar por la seguridad de un Estado democrático y que también debíamos ser capaces de difundir ese sentimiento entre la sociedad a la que servíamos«. Naturalmente, por definición y razones obvias el servicio secreto no es muy proclive a difundir su trabajo en los medios de comunicación o en general en la sociedad. Así pues, como el mismo Dezcallar señalaba «no era fácil abrir el Centro al exterior«. Una de las primeras cuestiones a debatir era la de encontrar la vía de conexión entre un servicio de Inteligencia como el CNI y la sociedad en general, algo extraordinariamente difícil cuando el conocimiento del trabajo de los servicios de inteligencia estaba tan desvirtuado. Un medio evidente fue el de la universidad. Así que en 2005 se creó en la Universidad Rey Juan Carlos la Cátedra de Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos donde no sólo el nombre, sino la orientación de los estudios, daba una idea de que los Servicios de Inteligencia están para proteger al Estado y por ende a las ciudadanos y desde luego al servicio del sistema democrático. En 2006, la Universidad Carlos III creaba el Instituto de Investigación en Inteligencia para a Seguridad y la Defensa «Juan Velázquez De Velasco» también con la intención de introducir en el mundo académico todo lo relativo a los servicios de inteligencia. Esa política de «cultura de inteligencia» iba implícita en cierto modo tras la creación del Centro Nacional de Inteligencia, en 2002, mediante la Ley oportuna que en su preámbulo dice: «Por primera vez, una Ley contempla de forma específica el principio del control parlamentario de las actividades del Centro Nacional de Inteligencia«. De la complejidad de tratar ese asunto da fe el hecho de que, mientras la Ley mantenía la adscripción del nuevo CNI al Ministerio de Defensa, en 2013 el Gobierno de Mariano Rajoy tuvo a bien trasladar su adscripción al Ministerio de la Presidencia, algo que el siguiente Gobierno, el de Pedro Sánchez, retornó al ámbito del Ministerio de Defensa. Del mismo modo, la Ley 11/2002 de 6 de mayo anunciaba el control judicial del CNI que se estableció al mismo tiempo mediante una ley complementaria, reguladora del control judicial previo del Centro Nacional de Inteligencia. Quiere esto decir que, en contra de la leyenda sobre la «independencia» del servicio de Inteligencia, ese organismo y ese servicio está tan sujeto a la Ley como cualquier otro. En noviembre de 2010 tuvo lugar en Madrid el II Congreso de Inteligencia organizado por la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Carlos III. En el libro publicado por la Editorial Plaza y Valdés con las actas del Congreso, los organizadores Fernando Velasco de la URJC y Rubén Arcos de la Carlos III, abrían el texto con una referencia a lo que significa Inteligencia en el contexto de las sociedades democráticas: «La Inteligencia como cualquier función pública que presta un servicio al Estado y a la sociedad, necesita ser entendida por el ciudadano. Las políticas de apertura llevadas a cabo por los servicios de inteligencia en las democracias occidentales desde el final de la guerra fría pero especialmente a partir del  11 de septiembre de 2001, han contribuido a crear conocimiento sobre la misión y las funciones de estas organizaciones«. Hace referencia el texto seguidamente a la creación de ese concepto «cultura de inteligencia» desarrollado por el CNI en colaboración con las universidades mencionadas. En ese Congreso, uno de los bloques de las ponencias, titulado Cultura y Comunicación hacía referencia también al papel de la televisión (con la serie de espionaje Rubicón) y otra de ellas entraba en el terreno de Historia e Inteligencia. Todo ello encaminado a dar esa visión de que los llamados «servicios secretos» servicios de Inteligencia, no son algo ajeno o enfrentado a la sociedad, sino parte de ella.

José Luis Caballero.

El Shabak, escudo invisible de Israel

A la hora de hablar de la comunidad de inteligencia del Estado de Israel, el Mosad (acrónimo en hebreo de Instituto de Inteligencia y Operaciones Especiales) se lleva casi todo el protagonismo. Considerada como una de las mejores agencias de inteligencia a nivel mundial, se encarga de la recopilación de información sensible para garantizar la seguridad de Israel, lucha antiterrorista y de la planificación y ejecución de operaciones encubiertas en cualquier lugar del mundo. Famoso por algunas de sus espectaculares acciones, los límites de actuación del Mosad a veces se confunden con los del Shabak (“Servicio de Seguridad General”), otra agencia de inteligencia israelí mucho menos conocida y que casi nunca aparece en los titulares de prensa.

La fundación del Shabak es anterior a la del Mosad y se remonta a los orígenes del Estado de Israel. En 1948 surgió como servicio de inteligencia de las Fuerzas de Defensa con la misión de velar por la seguridad dentro del territorio. Dependiendo directamente de la oficina del Primer Ministro, los agentes del embrión del Shabak pronto tuvieron la oportunidad de mostrar sus capacidades con ocasión de la primera guerra árabe-israelí de 1948. En años posteriores extendieron sus competencias a la vigilancia de las actividades de los árabes que vivían dentro de las fronteras israelíes y, en el contexto de la Guerra Fría, a espiar a las formaciones políticas de izquierda sospechosas de colaborar con la Unión Soviética. En esta labor de control político recibieron numerosas críticas que pusieron en duda una actividad que muchos consideraron represora y contraria a las libertades que supuestamente garantizaba la joven democracia del estado de Israel.

Los éxitos más notables del Shabak se produjeron durante la década de los sesenta, cuando sus agentes consiguieron desenmascarar a destacados espías que trabajaban para el Bloque del Este infiltrados en la cúpula israelí del poder político y militar. Pero al igual que ocurrió con otros servicios de inteligencia occidentales, la caída del Muro de Berlín supuso para el Shabak una pérdida de identidad que le hizo entrar en una profunda crisis. En los años 80 y 90 algunos de sus miembros se vieron implicados en turbias operaciones que los relacionaron con las cloacas del estado. Tampoco faltaron las acusaciones de torturas y ejecuciones extrajudiciales de varios detenidos bajo su custodia. Sus siniestros métodos llegaron a dar nombre a una técnica de interrogatorio conocido como “Posición Shabak”, que consiste en atar por la espalda las manos y pies del detenido a una silla, cubrir su cabeza con una capucha o bolsa y privarle del sueño durante prolongados periodos de tiempo al mismo tiempo que escucha música o sonidos estridentes.

Con la llegada del nuevo siglo, el Shabak adoptó sus competencias a las necesidades de defensa y protección exigidas y perfeccionó sus técnicas para luchar contra los enemigos del Estado de Israel, actuando en colaboración con otras ramas de las Fuerzas de Defensa para realizar asesinatos selectivos de presuntos terroristas mediante el empleo de satélites, drones y helicópteros artillados. De esta forma se convirtió en “El escudo invisible” que protege sus fronteras, tal y como reza el lema que preside la portada de la página web de la agencia. 

J.L. Hernández Garbi

Heydrich, 77 años de su muerte

Las diversas biografías del Obergruppenführer Reinhard Heydrich dan cuenta de la vida y obra de un personaje destacado, especialmente inteligente, desalmado, frío, eficaz y carente de empatía. En especial la obra «Heydrich. Violinista de la muerte», de Georges Paillard y Claude Rougerie, relata el antes y después de un muchacho con un brillante futuro pero que él mismo, según cuentan, se encargó de torcer hacia algo igualmente destacado pero perverso y violento que finalizó en Praga hace setenta y siete años. La historia de Heydrich habla de un joven de una familia de clase media, hijo del músico y compositor Bruno Heydrich, relacionado con la familia de Richard Wagner, oficial de la Marina, experto violinista, campeón de vela, de natación y de esgrima, piloto de caza, capaz de expresarse en varios idiomas y con una carrera que le podía haber llevado muy arriba. Todo eso empezó a torcerse en la primavera de 1924 cuando dejó el crucero Berlín, en el que había servido casi dos años bajo las órdenes de Wilhelm Canaris e ingresó en la Academia Naval de Oficiales de Mürvik. Es conocido el episodio un tanto confuso que Heydrich vivio en Barcelona a mediados de 1926 donde había llegado disfrutando unos días de permiso antes de incorporarse a su nuevo puesto en el acorazado Schleswig-Holstein. En una fiesta celebrada en el Consulado Alemán se llevó una bofetada de una mujer casada a la que asediaba e incluso se llegó a decir que fue denunciado a causa de su comportamiento, borracho, en burdeles de la ciudad. A partir de ahí todo fue a peor, según sus biógrafos, y al tiempo que ascendía en la Marina acumulaba un historial poco adecuado para un oficial hasta llegar el fiasco en Kiel, la base de la flota alemana, donde tuvo la mala idea de relacionarse con la hija de un destacado contratista de la Marina, directivo de I.G. Farben, cuando ya conocía a la que sería su esposa, Lina Von Osten. Se dice que Heydrich dejó embarazada a la «señorita I.G. Farben» sin intención de casarse, naturalmente y eso le valió ser expulsado de la Marina pues el padre de la joven era amigo íntimo del almirante Raeder, comandante de la Flota. Hasta ahí lo que siempre se nos ha explicado de los primeros años de Reinhard Heydrich y los hechos que cambiron su vida y le llevaron a la cúspide del régimen nazi.
No obstante, hay otro modo de verlo.


De todos es conocida la Operaciòn Valkiria, es decir aquel intento de golpe de Estado contra Hitler con el atentado de Rastenburg y la brutal represion posterior que alcanzó a altos oficiales del Ejército y especialmente a Wilhelm Canaris, a la sazón jefe de la Abwehr, el servicio de Inteligencia. Lo que suele ser desconocido es que la Operación Valkiria era algo diferente. Se trataba de un plan de acción diseñado desde hacía años y que era en realidad consistía en que el Ejército tomara las riendas del país en caso de un peligro inminente. Ese plan de emergencia había sido aprobado por el Alto Mando (es decir Hitler) nada más estallar la guerra para prevenir que el entramado civil de Alemania se viera desbordado y que entonces sería el Ejército de Reserva, unos 100.000 hombres en el interior del país, el que tomaría el mando.
Cuando Hitler tomó el poder, en 1933, el Ejército le aceptó porque el NSDAP, el Partido Nazi que mandaba tenía más de un millón y medios de afiliados, muchos más que el Ejército, contaba con una fuerza armada, las SA, y era una barrera contra la amenaza comunista, pero ¿eran los militares de ideología nazi? El nacionalismo, la utilizacion del concepto «nación» o «patria» como argumento político es de sobra conocido, pero en el Ejército alemán, como en otros, eso se plasmaba en su anticomunismo y en el apoyo a la monarquía por encima de la recien creada República. Si a eso añadimos la espina clavada de la derrota de 1918, eso era todo lo que les unía al Partido Nazi y desde luego la persona de Hitler al que llamaban «el cabo bohemio» no era «per se» para los militares el führer que propugnaban sus seguidores.
Supongamos pues que los jefes del Ejército de la época, Hans von Seeckt, Kurt von Schleicher o Werner von Fritsch aceptaron a Adolf Hitler pero se reservaron sus opiniones y sus planes de restaurar la monarquía y eliminar a los «luchadores callejeros» como llamaban a las SA. En la organización de esos planes se debió encontrar el que entonces era capitán de navío (coronel) Wilhelm Canaris, experto en Inteligencia que en 1935 sería bombrado jefe de la Abwher, la oficina de Inteligencia del Ejército. Para entonces, Canaris ya había captado y protegido a un joven marino llamado Reinhard Heydrich que había servido a sus órdenes en el crucero Berlín. Supongamos pues que Canaris, en contacto con los altos mandos del Ejército, diseñó un plan de eliminación del Gobierno del NSDAP para el momento oportuno. Tal y como iba pasando el tiempo, el NSDAP se afianza en el poder, la cúpula militar sufre la llegada de elementos muy cercanos a los nazis y Adolf Hitler adquiere cada vez más prestigio en Alemania. No obstante, Canaris y su círculo de jefes y oficiales siguen empeñados en deshacerse de Hitler algo que se irá haciendo necesario tal y como la derrota en la guerra se fuera haciendo más clara. ¿Con que cuentan para desarrollar su plan? Un Ejército de Reserva de 100.000 hombres controlado por el general Friedrich Fromm, supuestamente del lado de los golpistas, un sentimiento entre los generales, partidarios de un cambio y un topo infiltrado en el corazón del sistema nazi: Reinhard Heydrich. Toda la Operaciòn Heydrich responde pues a una operaciòn clandestina, de manual, que John Le Carré nos contó en «El espía que surgió del frío». Durante años, desde su salida del crucero Berlín, Heydrich va creando una «leyenda» que finalmente provoca su «expulsion» de la Marina. Eso justificará que los nazis le reciban con los brazos abiertos. ¿Cómo se introduce en ese círculo?, seduciendo a Lina Von Osten, destacada militante nazi y muy bien relacionada sobre todo con Heinrich Himmler. A partir de ahí, Heydrich solo tiene que desplegar su encanto y su inteligencia para irse colocando en línea para lo más alto del régimen, eso sí, sin disputar nunca el puesto a su inmediato superior, Himmler, solo extendiendo su poder en horizontal, SD, Gestapo, RSHA, Bohemia-Moravia… y el inminente nombramiento como «protector» de todos los terriorios ocupados. ¿En qué momento piensa Canaris en él como sucesor de Hitler? Probablemente a finales de 1941 cuando la Operación Barbarroja se está mostrando ya como un desastre y la entrada en guerra de Estados Unidos anuncian lo inevitable. Se produce entonces lo que sería el plan definitivo, la muerte de Hitler, el lanzamiento de la Operacion Valkiria, la neutralización de las SS y el nombramiento de Heydrich como canciller con lo que al menos desconcertaría a los nazis más acérrimos y pondría de su lado a los más jóvenes, eso sí, eliminando a la vieja guardia, Himmler, Goebbels y Goering. ¿Quién asesinó pues a Reinhard Heydrich y dejó a Valkiria sin repuesto?


Todo lo explicado en el apartado anterior no es más que especulaciòn, claro. Un argumento de novela o un informe de inteligencia con los datos disponibles. La realidad es que Heydrich sufrio un atentado en Praga el 27 de mayo de 1942 y murió pocos días después a consecuencia del mismo. Sus atacantes, paracaidistas checos, formaban parte del SOE, el grupo de operaciones especiales de la RAF y la idea de atentar contra el Protector de Bohemia y Moravia salió del Gobierno checo en el exilio, según se dice y la orden la dio en persona Winston Churchill. No es relevante si la idea se le ocurrió al mismo Churchill o a los checos porque la necesidad de la muerte de Heydrich era compartida por ambos. Pero, ¿había alguien más interesado en la muerte de Heydrich? Supongamos que alguien, en las altas esferas del poder, conocía el complot que incluía a Heydrich. O simplemente que Heydrich tuviera más enemigos dentro que fuera. La lista de enemigos comenzaría por Martin Borman, que le odiaba y le temía al cincuenta por ciento, seguía con Heinrich «Gestapo» Müller y con un número indeterminado de dirigentes nazis de los que guardaba expedientes que podían ser utilizados en cualquier momento para desprestigiarlos o hundirlos. Cabe la posibilidad incluso que su segundo Walter Schellenberg o su sucesor al mando de la RSHA Ernst Kaltenbrunner tuvieran interés en verlo desaparecer. ¿Y si Himmler estaba ya al tanto de Valkiria? No es probable que desde dentro se orquestara el atentado, pero sí es posible que la Gestapo, el SD o el entorno del Himmler conociera lo que iba a suceder y no hizo nada por evitarlo. ¿Y los británicos? ¿en qué les beneficiaba y por extensión al curso de la guerra la muerte de Heydrich? La repuesta conocida es que la actividad de Heydrich como protector de Bohemia y Moravia, es decir de la Checoslovaquia ocupada, se estaba gananado a la clase obrera checa poniendo a su servicio, sin problemas, la producción de armamento. Otro argumento podría ser que Churchill conocía los planes de los presuntos golpistas y de Canaris y no tenía la menor intención de ayudar a la continuidad de Alemania como potencia tras la caída del régimen nazi y la muerte de Hitler. Tal vez sabía, o intuía, que Heydrich estaba jugando con dos barajas y solo pretendía erigirse en Führer y Canciller.
Sin recambio para Hitler, sin un líder al que los SS (y los nazis) pudieran seguir, sin el compromiso de la jerarquía militar y por la mala suerte en Rastenburg, la Operaciòn Valkiria fue un fracaso. Tal vez todo sucedió como dicen, pero si no, es una buena novela.

José Luis Caballero