Apuntes sobre la teocracia talibán.

Rafael Fraguas.

La teocracia es un tipo de sistema sociopolítico en el cual el poder se justifica y ejerce mediante la invocación a la divinidad. Dios sería el origen y el fin último de toda teocracia. No es patrimonio exclusivo de ninguna religión, pues se configura entorno a muchas de ellas. Este sistema salta hoy al primer plano de la actualidad, encarnado en los estudiantes coránicos afgano-pastunes, talibán, que tratan de aplicarlo, a golpe de fusil ametrallador, tras haber recuperado el poder en Afganistán. Después de veinte años de ocupación militar y presencia política estadounidense, su retirada ha precipitado el acceso fulminante de los enturbantados combatientes islamistas al poder en Kabul, la capital del país. El rasgo diferencial que les caracteriza es que entienden y aplican el Islam como una religión teocrática, plenamente politizada. La fe proclamada en un Dios único se sitúa en el arco de bóveda de sus creencias.

La teocracia islámica que los talibanes se proponen aplicar no debiera extrañar mucho a quienes, desde Occidente, saben de qué trataban los regímenes confesionales en los que el poder político era considerado, asimismo, de origen divino. Recordemos la inscripción estampada en las monedas españolas: “Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios”, vigente aquí hasta años después de la muerte del dictador en 1975. 

La teocracia talibán presenta, sin embargo, singularidades aún más específicas. En su aplicación a la vida social, la característica más llamativa y sangrante consiste en una estricta feminofobia que aparta, segrega e invisibiliza totalmente a la mujer de la vida social, laboral y académica, para recluirla en el hogar. Además, las mujeres así excluidas, se ven sometidas a una sospecha incesante que lleva asociado un régimen punitivo desde el que se escrutan y fiscalizan todos los aspectos de su conducta. El atuendo, obligadamente velado, es todo un símbolo de esta humillante percepción machista. Los castigos abarcan todo un repertorio que incluye desde los latigazos hasta la lapidación a muerte. 

En cuanto a la proyección social del discurso talibán, este queda fijado hacia una proyección de ultratumba. Se trata de una especie de predestinación, que remite al Paraíso el premio por las penalidades y los sufrimientos vividos por el creyente en este mundo terrenal. Por otra parte, sitúa en un Infierno a los réprobos y transgresores de un código de conducta basado en la observancia escrupulosa y, sobre todo, obsesiva, de normas interpretadas, generalmente, de forma leonina por quienes disponen del poder, asociado a las armas. El inmovilismo social sería el correlato del islamismo en clave talibán. El progreso mundano es irrelevante y solo cobra sentido si está referido a la grandeza de Dios, al que no se le pueden aplicar categorías o atributos humanos de ningún tipo por adquirir en el islam talibán una dimensión cósmica, suprahumana. La iconofobia islámica, la inexistencia de imágenes de Alá y de Mahoma, consideradas blasfemas, explicaría esta particularidad.

Hierocracia

Comoquiera que cada teocracia es aplicada por distintos supuestos intérpretes de los designios divinos -a saber, reyes, dictadores, sátrapas o espadones de todo pelaje, siempre varones-, en Afganistán cabe afirmar que estamos en presencia de una hierocracia, es decir, un Gobierno teocrático de los sacerdotes y sus pupilos. Es una casta de hombres de religión, solo varones, sin otra cultura que la derivada de los estudios coránicos seguidos en las madrasas, a la que añaden cierta instrucción en el manejo de armas automáticas. 

Se trata de estudios cuyo origen y sustancia, incambiados, se sitúan en el siglo VII de nuestra era, en una codificación del contenido del libro sagrado, el Corán, realizada por el califa Otman en torno al año 650, es decir, décadas después de las revelaciones recibidas directamente por el árabe quraysí Abulkasem, más conocido con el nombre de Mahoma, por boca del ángel Gabriel en una gruta cercana a La Meca. Allí, el futuro profeta del Islam había asumido la condición de hanif, eremita, antes de extender combativamente por la península arábiga, a partir del año 632 de nuestra era, la nueva religión monoteísta a él revelada y enfrentada a quemarropa contra el politeísmo idólatra hasta entonces allí imperante. El islamismo considera Profetas a Abraham y a Jesús de Nazareth –Mahoma sería el último de los Profetas de las religiones del Libro, Islam, Cristianismo y Judaísmo- y rinde reverencia a la Virgen María. El término “musulmán” significa hijo de Salomón, otro dato más de algunos de los sincretismos procedentes de otras religiones que el Islam incluye en su acerbo.

Los cuatro inmediatos sucesores de Mahoma implantarían el denominado Califato Perfecto, hasta su escisión entre sunníes y chiíes. Posteriormente, el Islam, merced a la caballería, se expandiría por Siria y Persia -país éste no árabe-, desde donde irradiaría al resto del mundo, sobre todo a lo largo de la arabidad, por África del Norte y Central, más Asia Central y meridional e, incluso, por el Extremo Oriente, con total implantación en Indonesia y potente asentamiento en Filipinas. Según distintas estimaciones, el Islam cuenta hoy con unos 1100 millones de creyentes distribuidos en cincuenta países.

El modelo chií

De la estirpe de Mahoma, que casó en distintas nupcias, solo sobrevivió una hija, Fátima, esposa de su primo y yerno Alí, padres asimismo de Husein y Hassan, considerados mártires y ser asesinados en distintas conjuras. Por descender de Alí, los clérigos de una rama del Islam, principal minoría de esta creencia, el chiísmo, se reclaman del linaje del Profeta. El chiísmo es la religión mayoritaria en Irán y en la costa oriental saudí. Ayatollahs, hoyatoleslamajunds, respectivamente grado máximo, medio y bajo del clero chií, pertenecientes a este linaje, se tocan la cabeza con turbantes negros, emamé shía, a diferencia de quienes, de distintas estirpes, lucen turbantes blancos, emamé safid

Religión victimista, singularizada por una resiliencia muy acentuada, el chiísmo permite la práctica de la ocultación, taquiya, con objeto de preservarlo. La revolución inicialmente progresista y antiimperialista iraní, que derrocó la monarquía pro-estadounidense del sha Reza Pahlevi en 1979, sería ulteriormente hegemonizada y monopolizada por el clero chií, que estableció en Irán una República Islámica que ha servido de modelo pionero al surgimiento del Islam más politizado en distintos escenarios como el de Afganistán y desde diferentes corrientes doctrinales no solo chiíes.

La corriente islámica mayoritaria en el mundo es la sunní. El clero sunní -y también el chií, gestionan y aplican de modo inmediato la sharia, prolija legislación islámica, ya que el Islam es una de las religiones más judicializadas del mundo pues posee un repertorio exhaustivo de normas para regir la vida social, familiar e, incluso, la intimidad personal de cada fiel. La creencia y declamación monoteísta de la unicidad de Dios; el rezo, en prosternación, de la oración cinco veces al día; la peregrinación, hajj, a La Meca una vez al año; más el zakat, el diezmo o impuesto, son algunos de los principios básicos del islamismo en todas sus corrientes y sectas. Su simplicidad facilitó su expansión.

Lo fundamental de la religión islámica es la centralidad que Dios ocupa en la vida, social, política, económica…en todos sus aspectos. No es que los islámicos desdeñen el progreso social, ni el bienestar y el avance de los pueblos sino que, si estos no comparecen en la escena versados hacia Dios, merecen ser plenamente descartado. Ese teocentrismo, vertebrado en torno a un orden divino, es el componente fundamental de la teocracia en clave islámica. Por ello, el anarquismo es considerado por el Islam como consustancial al ateísmo y principal pecado en términos sociopolítico-religiosos.

Claves de la Yihad

El clero chií y el talibán sunní, pese a ciertas distinciones doctrinales, despliegan una militancia política muy comprometida y perpetua. Pero el clero no media entre el creyente y la divinidad, ya que entre ambos se establecen lazos comunicativos individualizados. La denominada Guerra Santa o Yihad, no consiste, como solemos creer, en algo similar a aquellas escenas de las películas del Lejano Oeste cuando cientos de jinetes pieles rojas, alineados sobre la arista de una loma, recibían la orden del cabecilla y descendían en tropel sobre el llano para cercar y atacar a los colonos. No. La Yihad es una llamada individualizada que experimenta el musulmán cuando cree ver en peligro el Islam. Y es entonces cuando asume el compromiso individual de propagar, ideológicamente, con la enseñanza incluida en el Libro Sagrado, el mensaje coránico. El Corán es considerado palabra misma de Dios.

Según algunos analistas, aquí reside el verdadero nudo desde el cual se desencadena la beligerante violencia de quienes se reclaman de la Yihad: al no existir mediación alguna entre el individuo y la divinidad, puesto que el clero gestiona tan solo aspectos normativos, no propiamente teológicos, de la vida comunitaria cotidiana, cualquier deformación psicopatológica del creyente, de cuño esquizoide o psicótico, puede llevarle a interpretar esa llamada interior, esa especie de vocación, como una incitación a tomar las armas para defender al Islam en peligro. Esto daría lugar a una aberración criminal, de origen psicopatológico, por cuanto que las religiones, y el Islam no es una excepción, son estrategias de supervivencia colectiva; incluso raramente legitiman el tiranicidio. 

Hay sin embargo factores no estrictamente doctrinales, sino sociales y subculturales, que fortalecen ciertas formas de conductas esquizoides en entornos culturales árabes, al igual que en entornos occidentales, estadounidenses o europeos, existen determinantes psicosociales de conductas patológicas derivadas, por ejemplo, de frecuentes neurosis obsesivas o paranoides. Pero tales desviaciones conductuales en clave criminal no tienen fundamento doctrinal ni en el Cristianismo ni en el Islam.

Los talibanes practican pues un Islam rigorista, de cuño sunní, que conciben como un sistema de creencias y de prácticas que configuran una religión política. No obstante, muestran influencias doctrinales, políticas pues, y apoyos económicos enjundiosos de otras corrientes islámicas, señaladamente la wahabita establecida por la monarquía de Arabia Saudí. 

Ruralismo feudal

El sunnismo talibán tiene una poderosa base social en el campesinado afgano. Los campesinos viven allí bajo un régimen feudal, con grandes propietarios de tierras, cultivos de opiáceos y regadíos, que son a la vez señores de la guerra, prebostes etno-tribales potentemente armados y con huestes dotadas de experiencia en guerra de guerrillas. Como sucede en tantas otras latitudes, por la condición rural de su estructura social, cada campesino afgano está sometido en buena medida a las imprevisibles modificaciones meteorológicas; tanto, que sus efectos sobre las cosechas, de las cuales pagan cuotas al señor feudal que les arrienda las tierras, determinan la vida propia y la de sus familias. Ello aproxima a su equipaje cultural y doctrinal niveles elevados de superstición. Es precisamente esta cercanía a la superstición la que lleva a algunos tratadistas a considerar que los talibanes aplican un tipo de islamismo deformado, caracterizado por una aplicación no solo estricta, sino desproporcionadamente rigurosa y supersticiosa, fetichizada, de los preceptos coránicos enunciados e inmutables desde hace quince siglos. 

Eminentemente rural, Afganistán posee una extraordinaria relevancia geoestratégica por hallarse incrustado en el corazón del Asia Central. Acreditan su relevancia geopolítica sus fronteras de origen colonial con China, Pakistán e Irán, no lejos de la Federación Rusa y de la India. Sin embargo, las fronteras auténticas existen entre las más de veinte etnias distintas –la hegemónica es la pastún, de religión sunní-, que junto con hazaras, de lengua persa y religión islámica chií, más takiyos, uzbekos, aymaq y baluchis, entre otras, pueblan tan montañoso territorio. Las etnias mayoritarias se extienden asimismo por países vecinos, destacadamente Pakistán, con importante presencia pastún, e Irán, que cuenta con al menos dos millones de refugiados afganos, señaladamente hazaras, tocados con el famoso gorro al modo de tarro invertido, pakol.

El poder interno real talibán -sus aliados exteriores son poderosos, como Arabia Saudí y, sobre todo, Pakistán- se basa en una alianza entre el campesinado pobre del extenso medio rural y los señores de la tierra y de la guerra; a ellos se asocia el lumpen-campesinado emigrado a las ciudades que no ha logrado integrarse en el medio urbano, cuyas periferias habitan.

Represión, repliegue y retorno

La ocupación militar estadounidense y británica, junto con la de otros aliados de la OTAN, a partir de 2002, desencadenó una represión feroz contra comunidades talibanes, inicialmente apoyadas por y aliadas de Washington, entre 1979 y 1989, para expulsar a los ocupantes soviéticos; posteriormente el régimen talibán, vigente entre 1996 y 2002, sería acusados de dar apoyo y refugio a Al Qaeda de Osama Ben Laden, al que se atribuyeron los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Replegados sobre las montañas del interior del país y gozando del santuario de retaguardia merced a la osmótica frontera meridional afgana con Pakistán, el movimiento talibán resistió aquellos embates. Hoy, ya con el poder en la mano, los talibanes ven una oportunidad de desquite y venganza

Con extrema sutileza, los estudiantes coránicos se han apropiado del relato ancestral y potencialmente nacional de un país atribulado por la guerra y la codicia foránea, que carece de historia nacional escrita y propia. En un salto de quince siglos, ellos, los talibanes, conectan nuestra actualidad con los cuatro primeros Califas, que establecieron el Emirato Perfecto que ellos aspiran hoy a reeditar, tras distintas experiencias como la emprendida –y a la postre fallida y militarmente derrotada en Siria y el Norte de Irak- por el Daesh, el Califato Islámico.

La duda suspendida hoy en el aire concierne al destino de millones de afganos y afganas que no sintonizan con esa forma desvirtuada de la religión islámica. Pero hoy, para su desgracia, se encuentran en manos de un belicoso colectivo, hasta ayer armado con meros fusiles ametralladores y a partir de hoy, ya en poder de un gigantesco arsenal desplegado irresponsablemente en Afganistán por los mercaderes de armas más codiciosos del mundo. La materia prima de los opiáceos, que se cultiva extensivamente en el país afgano, también permanece ya en poder talibán. Las armas del dogma se ven ahora pertrechadas por las armas de guerra, por la irresponsabilidad de los jugadores de un Gran Juego geoestratégico, que desde hace siglos pivota erráticamente sobre los desolados y escabrosos parajes de un país atribulado por la opresión social, la ambición y el atraso a los que sus pueblos se ven cruelmente sometidos.  

La genial celada de Midway

El reciente estreno de la película Midway, dirigida por Roland Emmerich, vuelve a poner de actualidad la batalla aeronaval que supuso el punto de inflexión en la guerra del Pacífico. En la batalla del Mar del Coral, librada del 7 al 8 de mayo de 1942, los japoneses, aun alzándose con una victoria por la mínima, verían frustradas sus intenciones de rematar el poderío norteamericano. Isoroku Yamamoto, el cerebro que había planeado el ataque a Pearl Harbor, comprendió que, a partir de ese momento, el tiempo corría dramáticamente en su contra. Teniendo en cuenta el formidable potencial industrial de su enemigo, era un suicidio sostener una guerra de desgaste en la que, tarde o temprano, se acabaría imponiendo el coloso norteamericano.

La única solución era plantear una batalla definitiva, un duelo decisivo por el control del Pacífico, en un momento en que la Marina nipona aún era superior. El lugar elegido para ese choque sería Midway, un pequeño y solitario atolón en el que afloran dos islas y numerosos islotes de arena, situado al nordeste de Hawai. Yamamoto sabía que los norteamericanos echarían toda la carne en el asador en la defensa de esas islas; si caían en poder nipón, Hawai quedaría al alcance de sus bases aéreas y su invasión sería cuestión de semanas. Con los japoneses instalados en Hawai, la costa oeste norteamericana quedaría seriamente amenazada. Por tanto, Washington era consciente de que conservar las Midway era vital.

Los japoneses sabían que allí serían enviados los tres portaaviones del Pacífico con el fin de proteger las islas, por lo que se abría la ansiada oportunidad para destruirlos. Pero para eso era necesario poner en juego a los cuatro portaaviones operativos con que contaba Yamamoto. Aunque la correlación de fuerzas era favorable a la Armada Imperial, no había duda que se trataba de una apuesta a todo o nada. Quien venciese en Midway se convertiría en el dueño y señor del Pacífico, y el que saliese derrotado en el duelo vería frustradas casi todas sus posibilidades de alcanzar la victoria en la contienda.

Con lo que no contaban los nipones era que los norteamericanos eran capaces de descifrar sus códigos. Así, el movimiento de la flota atacante fue detectado, pero no se sabía hacia dónde se dirigía. Para averiguarlo, los servicios de inteligencia estadounidenses urdirían una astuta celada que resultaría absolutamente decisiva para el resultado del choque y, quien sabe hasta qué punto, para la suerte final de la guerra.

Los hombres que diseñaron esa añagaza, pertenecientes al servicio de inteligencia de la Marina, trabajaban en el sótano de un astillero de la Marina en Hawai, la Estación Hypo, con una tecnología muy inferior a la que entonces estaban empleando sus colegas británicos en Bletchley Park, que les había permitido romper el código de la máquina alemana Enigma. Al frente del equipo de desciframiento, formado por cinco personas, se hallaba el criptoanalista Joseph Rochefort (interpretado en la película de manera convincente por el actor Brennan Brown). Tal como queda reflejado en el film, Rochefort vivía literalmente en aquel sótano al que llamaban “La Mazmorra”, en donde tenía instalada su cama, y realizaba su trabajo en bata y zapatillas.

El enlace con el exterior era el oficial de inteligencia Edwin T. Layton (interpretado por Patrick Wilson), quien tenía una gran amistad con Rochefort, y era considerado el sexto miembro del equipo. Su función era presentar el resultado de esas averiguaciones a las altas esferas. Entre esas conclusiones figuraba la que señalaba Midway como el más que probable punto de destino de los barcos nipones, pero tan sólo contaban con indicios, por lo que Washington exigía obtener la certeza absoluta de que ese era el objetivo antes de arriesgarse a enviar allí el grueso de su flota.

Los norteamericanos sabían que el punto de reunión de la flota enemiga era un objetivo al que los japoneses se referían con la clave AF. A partir de ese dato, uno de los hombres de Rochefort, Wilfred Jasper Holmes, tuvo la genial ocurrencia que desde Midway se emitiera un mensaje sin cifrar comunicando que una explosión había inutilizado el sistema de desalinización de agua durante dos semanas, y aguardar una reacción nipona. Rochefort propuso el plan a Layton y éste lo trasladó al comandante en jefe de la flota del Pacífico, Chester Nimitz (interpretado por Woody Harrelson), quien le dio luz verde. Así se hizo y, poco después, se descodificó un mensaje japonés en el que se decía que en AF había problemas con el agua y que era necesario enviar allí un equipo de desalinización para garantizar el suministro de agua tras la proyectada invasión. Aquel prosaico mensaje, fruto de la argucia pergeñada por Rochefort y Holmes, era la confirmación de que el objetivo, en efecto, era Midway.

Gracias a esa decisiva revelación, Nimitz pudo preparar la trampa en la que caerían los japoneses el 4 de junio de 1942. Envió allí sus tres portaaviones para interceptar a la flota nipona, que sufriría la pérdida de sus cuatro portaaviones. Aunque finalmente los norteamericanos perderían uno de sus portaaviones, el Yorktown, que había sido reparado a toda prisa para poder ser lanzado a la batalla, el daño causado a los japoneses sería irreparable. A partir de entonces, la supremacía naval en el Pacífico correspondería a Estados Unidos, gracias a una operación en la que los servicios de inteligencia realizaron, probablemente, la aportación más decisiva de todo el conflicto.

Jesús Hernández.

Heydrich, 77 años de su muerte

Las diversas biografías del Obergruppenführer Reinhard Heydrich dan cuenta de la vida y obra de un personaje destacado, especialmente inteligente, desalmado, frío, eficaz y carente de empatía. En especial la obra «Heydrich. Violinista de la muerte», de Georges Paillard y Claude Rougerie, relata el antes y después de un muchacho con un brillante futuro pero que él mismo, según cuentan, se encargó de torcer hacia algo igualmente destacado pero perverso y violento que finalizó en Praga hace setenta y siete años. La historia de Heydrich habla de un joven de una familia de clase media, hijo del músico y compositor Bruno Heydrich, relacionado con la familia de Richard Wagner, oficial de la Marina, experto violinista, campeón de vela, de natación y de esgrima, piloto de caza, capaz de expresarse en varios idiomas y con una carrera que le podía haber llevado muy arriba. Todo eso empezó a torcerse en la primavera de 1924 cuando dejó el crucero Berlín, en el que había servido casi dos años bajo las órdenes de Wilhelm Canaris e ingresó en la Academia Naval de Oficiales de Mürvik. Es conocido el episodio un tanto confuso que Heydrich vivio en Barcelona a mediados de 1926 donde había llegado disfrutando unos días de permiso antes de incorporarse a su nuevo puesto en el acorazado Schleswig-Holstein. En una fiesta celebrada en el Consulado Alemán se llevó una bofetada de una mujer casada a la que asediaba e incluso se llegó a decir que fue denunciado a causa de su comportamiento, borracho, en burdeles de la ciudad. A partir de ahí todo fue a peor, según sus biógrafos, y al tiempo que ascendía en la Marina acumulaba un historial poco adecuado para un oficial hasta llegar el fiasco en Kiel, la base de la flota alemana, donde tuvo la mala idea de relacionarse con la hija de un destacado contratista de la Marina, directivo de I.G. Farben, cuando ya conocía a la que sería su esposa, Lina Von Osten. Se dice que Heydrich dejó embarazada a la «señorita I.G. Farben» sin intención de casarse, naturalmente y eso le valió ser expulsado de la Marina pues el padre de la joven era amigo íntimo del almirante Raeder, comandante de la Flota. Hasta ahí lo que siempre se nos ha explicado de los primeros años de Reinhard Heydrich y los hechos que cambiron su vida y le llevaron a la cúspide del régimen nazi.
No obstante, hay otro modo de verlo.


De todos es conocida la Operaciòn Valkiria, es decir aquel intento de golpe de Estado contra Hitler con el atentado de Rastenburg y la brutal represion posterior que alcanzó a altos oficiales del Ejército y especialmente a Wilhelm Canaris, a la sazón jefe de la Abwehr, el servicio de Inteligencia. Lo que suele ser desconocido es que la Operación Valkiria era algo diferente. Se trataba de un plan de acción diseñado desde hacía años y que era en realidad consistía en que el Ejército tomara las riendas del país en caso de un peligro inminente. Ese plan de emergencia había sido aprobado por el Alto Mando (es decir Hitler) nada más estallar la guerra para prevenir que el entramado civil de Alemania se viera desbordado y que entonces sería el Ejército de Reserva, unos 100.000 hombres en el interior del país, el que tomaría el mando.
Cuando Hitler tomó el poder, en 1933, el Ejército le aceptó porque el NSDAP, el Partido Nazi que mandaba tenía más de un millón y medios de afiliados, muchos más que el Ejército, contaba con una fuerza armada, las SA, y era una barrera contra la amenaza comunista, pero ¿eran los militares de ideología nazi? El nacionalismo, la utilizacion del concepto «nación» o «patria» como argumento político es de sobra conocido, pero en el Ejército alemán, como en otros, eso se plasmaba en su anticomunismo y en el apoyo a la monarquía por encima de la recien creada República. Si a eso añadimos la espina clavada de la derrota de 1918, eso era todo lo que les unía al Partido Nazi y desde luego la persona de Hitler al que llamaban «el cabo bohemio» no era «per se» para los militares el führer que propugnaban sus seguidores.
Supongamos pues que los jefes del Ejército de la época, Hans von Seeckt, Kurt von Schleicher o Werner von Fritsch aceptaron a Adolf Hitler pero se reservaron sus opiniones y sus planes de restaurar la monarquía y eliminar a los «luchadores callejeros» como llamaban a las SA. En la organización de esos planes se debió encontrar el que entonces era capitán de navío (coronel) Wilhelm Canaris, experto en Inteligencia que en 1935 sería bombrado jefe de la Abwher, la oficina de Inteligencia del Ejército. Para entonces, Canaris ya había captado y protegido a un joven marino llamado Reinhard Heydrich que había servido a sus órdenes en el crucero Berlín. Supongamos pues que Canaris, en contacto con los altos mandos del Ejército, diseñó un plan de eliminación del Gobierno del NSDAP para el momento oportuno. Tal y como iba pasando el tiempo, el NSDAP se afianza en el poder, la cúpula militar sufre la llegada de elementos muy cercanos a los nazis y Adolf Hitler adquiere cada vez más prestigio en Alemania. No obstante, Canaris y su círculo de jefes y oficiales siguen empeñados en deshacerse de Hitler algo que se irá haciendo necesario tal y como la derrota en la guerra se fuera haciendo más clara. ¿Con que cuentan para desarrollar su plan? Un Ejército de Reserva de 100.000 hombres controlado por el general Friedrich Fromm, supuestamente del lado de los golpistas, un sentimiento entre los generales, partidarios de un cambio y un topo infiltrado en el corazón del sistema nazi: Reinhard Heydrich. Toda la Operaciòn Heydrich responde pues a una operaciòn clandestina, de manual, que John Le Carré nos contó en «El espía que surgió del frío». Durante años, desde su salida del crucero Berlín, Heydrich va creando una «leyenda» que finalmente provoca su «expulsion» de la Marina. Eso justificará que los nazis le reciban con los brazos abiertos. ¿Cómo se introduce en ese círculo?, seduciendo a Lina Von Osten, destacada militante nazi y muy bien relacionada sobre todo con Heinrich Himmler. A partir de ahí, Heydrich solo tiene que desplegar su encanto y su inteligencia para irse colocando en línea para lo más alto del régimen, eso sí, sin disputar nunca el puesto a su inmediato superior, Himmler, solo extendiendo su poder en horizontal, SD, Gestapo, RSHA, Bohemia-Moravia… y el inminente nombramiento como «protector» de todos los terriorios ocupados. ¿En qué momento piensa Canaris en él como sucesor de Hitler? Probablemente a finales de 1941 cuando la Operación Barbarroja se está mostrando ya como un desastre y la entrada en guerra de Estados Unidos anuncian lo inevitable. Se produce entonces lo que sería el plan definitivo, la muerte de Hitler, el lanzamiento de la Operacion Valkiria, la neutralización de las SS y el nombramiento de Heydrich como canciller con lo que al menos desconcertaría a los nazis más acérrimos y pondría de su lado a los más jóvenes, eso sí, eliminando a la vieja guardia, Himmler, Goebbels y Goering. ¿Quién asesinó pues a Reinhard Heydrich y dejó a Valkiria sin repuesto?


Todo lo explicado en el apartado anterior no es más que especulaciòn, claro. Un argumento de novela o un informe de inteligencia con los datos disponibles. La realidad es que Heydrich sufrio un atentado en Praga el 27 de mayo de 1942 y murió pocos días después a consecuencia del mismo. Sus atacantes, paracaidistas checos, formaban parte del SOE, el grupo de operaciones especiales de la RAF y la idea de atentar contra el Protector de Bohemia y Moravia salió del Gobierno checo en el exilio, según se dice y la orden la dio en persona Winston Churchill. No es relevante si la idea se le ocurrió al mismo Churchill o a los checos porque la necesidad de la muerte de Heydrich era compartida por ambos. Pero, ¿había alguien más interesado en la muerte de Heydrich? Supongamos que alguien, en las altas esferas del poder, conocía el complot que incluía a Heydrich. O simplemente que Heydrich tuviera más enemigos dentro que fuera. La lista de enemigos comenzaría por Martin Borman, que le odiaba y le temía al cincuenta por ciento, seguía con Heinrich «Gestapo» Müller y con un número indeterminado de dirigentes nazis de los que guardaba expedientes que podían ser utilizados en cualquier momento para desprestigiarlos o hundirlos. Cabe la posibilidad incluso que su segundo Walter Schellenberg o su sucesor al mando de la RSHA Ernst Kaltenbrunner tuvieran interés en verlo desaparecer. ¿Y si Himmler estaba ya al tanto de Valkiria? No es probable que desde dentro se orquestara el atentado, pero sí es posible que la Gestapo, el SD o el entorno del Himmler conociera lo que iba a suceder y no hizo nada por evitarlo. ¿Y los británicos? ¿en qué les beneficiaba y por extensión al curso de la guerra la muerte de Heydrich? La repuesta conocida es que la actividad de Heydrich como protector de Bohemia y Moravia, es decir de la Checoslovaquia ocupada, se estaba gananado a la clase obrera checa poniendo a su servicio, sin problemas, la producción de armamento. Otro argumento podría ser que Churchill conocía los planes de los presuntos golpistas y de Canaris y no tenía la menor intención de ayudar a la continuidad de Alemania como potencia tras la caída del régimen nazi y la muerte de Hitler. Tal vez sabía, o intuía, que Heydrich estaba jugando con dos barajas y solo pretendía erigirse en Führer y Canciller.
Sin recambio para Hitler, sin un líder al que los SS (y los nazis) pudieran seguir, sin el compromiso de la jerarquía militar y por la mala suerte en Rastenburg, la Operaciòn Valkiria fue un fracaso. Tal vez todo sucedió como dicen, pero si no, es una buena novela.

José Luis Caballero