Los espías son personajes icónicos de la novela de nuestro tiempo, y su atractivo para el gran público no ha dejado de crecer desde finales del siglo XIX,  con el surgimiento de los servicios secretos profesionales en la mayor parte de los Estados. La traición, el secreto y la manipulación son tres asignaturas obligatorias de cualquier espía que se precie, y eso es algo que, hoy más que nunca, define al ADN geopolítico actual. En un mundo cada vez más controlado y dirigido, los espías y agentes secretos de novela forman una especie de élite de ficción, más allá del bien y del mal, dotados de poderes que manejan en la sombra el escenario caótico de las vidas de la gente corriente.

El país de los escritores espías por excelencia ha sido Gran Bretaña. Allí nacieron los mejores inventores de la narrativa de espías, y es curioso que en España (cuna de los servicios secretos más importantes del siglo  XVI), con escritores-espías de gran talla (Quevedo, Francisco de Aldana, Ercilla, Cervantes…) no haya existido una literatura de espías comparable a la novela picaresca, por ejemplo. La Guerra Fría fue el auténtico crisol de la novela de espionaje contemporánea, y en ella se alza como maestro indiscutible John Le Carré (nacido David J. Moore Cornwell), que a sus 88 años sigue siendo el “number one” del género, con temas que se adentran en los turbios y políticamente incorrectos asuntos del submundo internacional. Le Carré ha sido capaz de crear un espacio ficcional que responde a una  angustiosa realidad en la que se mueven verdugos y víctimas de un sistema podrido. Los secretos se han convertido en arma arrojadiza del engaño sistemático, con los “daños colaterales” como excusa criminal de los desaguisados del Poder. En su última novela, El legado de los espías, en homenaje a la nostalgia de los viejos tiempos, el pasado resucita para volver a un presente de sombrío futuro,  que repite el drama del dominio histórico en todas las épocas. Una historia antigua y  reincidente – nos cuenta Le Carré- en la que los espías actuarán de fantasmas dirigidos quizá, sin saberlo, por otros fantasmas más invisibles y funestos.

Fernando Martínez Laínez.