En un reportaje firmado por Carlos Enrique Bayo en el diario «Público» en julio de 2019 se daba cuenta del hecho, según el autor corroborado por fuentes de Inteligencia, de que el imán de Ripoll Abdelbaki es Satty, implicado en los atentados de Barcelona de 2017, era un confidente del CNI del que se conocían al detalle sus movimientos. Dejando aparte la cuestión de que un agente doble es algo mucho más complicado y que una cosa es tener un confidente en una organización y otra muy distinta es conocer a fondo sus actividades, había algún detalle más en el artículo que me llamó la atención. El autor daba por cierto que el llamado «buzón ciego», es decir la técnica de depositar una información en algún lugar que un enlace recupera en otro momento, fue un invento de Osama Bin Laden. Esa técnica, vieja como el espionaje, se ha usado desde siempre, lo que ocurre es que el entorno yihadista la empezó a reutilizar, cuando ya parecía obsoleta, para evitar a la NSA o a cualquier otro servicio capaz de trabajar en lo que se llama SIGINT, o Inteligencia de Señales. Como señala Enrique Martínez Codó, Jefe de Redacción de la revista «Manual de Informaciones», del Servicio de Inteligencia del Ejército Argentino, SIGINT permitía intervenir todas la variables posibles de Internet, por lo que, con buen criterio, Osama Bin Laden y en general todo el movimiento yihadista abandonó la electrónica y la tecnología como medio habitual de comunicación y lo sustituyó por el «boca-oreja» o el «buzón ciego», aunque Bin Laden tuvo la mala idea de usar su teléfono móvil, lo que le costó la vida. ¿A qué viene esta puntualización? Viene sencillamente al hecho de que la labor de los servicios de Inteligencia, de espionaje o de información que se les llama indistintamente de una u otra manera, han entrado desde hace tiempo en la cultura popular digamos por la puerta de atrás, moviéndose en el terreno de la especulación, la ignorancia, la literatura, la televisión y el cine y desde luego el interés en ensalzarlos o en denostarlos. El exhaustivo informe sobre los mencionados atentados publicado por el CIDOB en 2018 no menciona ni una sola vez al Centro Nacional de Inteligencia lo que parece indicar que el despliegue posterior de acusaciones contra el CNI, nunca concretadas, tenían más que ver con la situación política en Cataluña que con el atentado. Esta reflexión nos lleva a la función y presencia de los servicios de Inteligencia y a la percepción que se tiene de ellos en la opinión pública. Los casos del asesinato de Nikolai Glushko o de Jamal Khashoggi, la persecución o las actividades de Julian Assange o los esperpénticos casos de José Villarejo o «el pequeño Nicolás» apuntan en una dirección que más que definir a un servicio de Inteligencia parecen definir a un tipo de personajes que pueden dedicarse al espionaje como podrían dedicarse a la delincuencia sin más o a la banca, por decir algo. En el otro extremo de la percepción del espionaje, o los servicios secretos, se encuentra la lanzada por la novela y el cine. Ahí se entra en un difícil terreno pues no hay que olvidar la frase de Markus Wolf, ex jefe de la STASI, «hay más verdad en las novelas de Le Carré que en las memorias de Walter Schellenberg» y novelas como «El jardinero fiel» o series de televisión como «Homeland» o «Rubicón» dan una idea aproximada de una parte de la actividad de los servicios de inteligencia. Aún así ha sido el cine sobre el aventurero James Bond la fuente que más ha marcado la percepción del espionaje que ha llegado hasta el público consumidor. De todo esto se deduce que había mucho que explicar sobre qué es, para qué sirve y cómo actúa un Servicio de Inteligencia. Fue el director del CNI entre 2004 y 2009 Alberto Saiz Cortés quien en un artículo de la revista Arbor del CSIC utilizó por primera vez públicamente el concepto «cultura de inteligencia» para «dar a conocer la labor de dicha institución (el CNI), su funcionamiento, la legislación que lo regula y su contribución fundamental a garantizar la seguridad del Estado y, sobre todo, su vocación de servicio«. Dejando aparte la retórica, lo que parecía significar aquel paso era algo tan simple como explicar que el Centro Nacional de Inteligencia no era más que un elemento más del Estado, como la Sanidad Pública, la Enseñanza, la policía o el Ministerio de la Vivienda. Un organismo al servicio del Estado con funcionarios sujetos a la Ley como cualquier otro ciudadano y con una función muy determinada marcada por la Ley. Eso sí, un tanto especial. Fue un par de años antes, en 2003, con Jorge Dezcallar al frente del recién creado CNI, que sustituía al anterior CESID, cuando el Centro empezó a barajar una línea de actuación que llevaría ese nombre «cultura de inteligencia». En su libro de memorias «Valió la pena», Dezcallar dice «debíamos sentirnos orgullosos de nuestro trabajo de velar por la seguridad de un Estado democrático y que también debíamos ser capaces de difundir ese sentimiento entre la sociedad a la que servíamos«. Naturalmente, por definición y razones obvias el servicio secreto no es muy proclive a difundir su trabajo en los medios de comunicación o en general en la sociedad. Así pues, como el mismo Dezcallar señalaba «no era fácil abrir el Centro al exterior«. Una de las primeras cuestiones a debatir era la de encontrar la vía de conexión entre un servicio de Inteligencia como el CNI y la sociedad en general, algo extraordinariamente difícil cuando el conocimiento del trabajo de los servicios de inteligencia estaba tan desvirtuado. Un medio evidente fue el de la universidad. Así que en 2005 se creó en la Universidad Rey Juan Carlos la Cátedra de Servicios de Inteligencia y Sistemas Democráticos donde no sólo el nombre, sino la orientación de los estudios, daba una idea de que los Servicios de Inteligencia están para proteger al Estado y por ende a las ciudadanos y desde luego al servicio del sistema democrático. En 2006, la Universidad Carlos III creaba el Instituto de Investigación en Inteligencia para a Seguridad y la Defensa «Juan Velázquez De Velasco» también con la intención de introducir en el mundo académico todo lo relativo a los servicios de inteligencia. Esa política de «cultura de inteligencia» iba implícita en cierto modo tras la creación del Centro Nacional de Inteligencia, en 2002, mediante la Ley oportuna que en su preámbulo dice: «Por primera vez, una Ley contempla de forma específica el principio del control parlamentario de las actividades del Centro Nacional de Inteligencia«. De la complejidad de tratar ese asunto da fe el hecho de que, mientras la Ley mantenía la adscripción del nuevo CNI al Ministerio de Defensa, en 2013 el Gobierno de Mariano Rajoy tuvo a bien trasladar su adscripción al Ministerio de la Presidencia, algo que el siguiente Gobierno, el de Pedro Sánchez, retornó al ámbito del Ministerio de Defensa. Del mismo modo, la Ley 11/2002 de 6 de mayo anunciaba el control judicial del CNI que se estableció al mismo tiempo mediante una ley complementaria, reguladora del control judicial previo del Centro Nacional de Inteligencia. Quiere esto decir que, en contra de la leyenda sobre la «independencia» del servicio de Inteligencia, ese organismo y ese servicio está tan sujeto a la Ley como cualquier otro. En noviembre de 2010 tuvo lugar en Madrid el II Congreso de Inteligencia organizado por la Universidad Rey Juan Carlos y la Universidad Carlos III. En el libro publicado por la Editorial Plaza y Valdés con las actas del Congreso, los organizadores Fernando Velasco de la URJC y Rubén Arcos de la Carlos III, abrían el texto con una referencia a lo que significa Inteligencia en el contexto de las sociedades democráticas: «La Inteligencia como cualquier función pública que presta un servicio al Estado y a la sociedad, necesita ser entendida por el ciudadano. Las políticas de apertura llevadas a cabo por los servicios de inteligencia en las democracias occidentales desde el final de la guerra fría pero especialmente a partir del  11 de septiembre de 2001, han contribuido a crear conocimiento sobre la misión y las funciones de estas organizaciones«. Hace referencia el texto seguidamente a la creación de ese concepto «cultura de inteligencia» desarrollado por el CNI en colaboración con las universidades mencionadas. En ese Congreso, uno de los bloques de las ponencias, titulado Cultura y Comunicación hacía referencia también al papel de la televisión (con la serie de espionaje Rubicón) y otra de ellas entraba en el terreno de Historia e Inteligencia. Todo ello encaminado a dar esa visión de que los llamados «servicios secretos» servicios de Inteligencia, no son algo ajeno o enfrentado a la sociedad, sino parte de ella.

José Luis Caballero.