Fernando Martínez Laínez

Aunque a estas alturas escribir algo nuevo sobre James Bond parezca  misión imposible, me aventuraré a dejar constancia de algunas consideraciones al respecto, aun a riesgo de repetirme, lo cual tampoco sería tan malo. Al final son las repeticiones las que configuran los usos y creencias de la gran mayoría social, manipulada, desorientada y votante, y en esa burbuja vivimos. 

Advertencia primera, las novelas del espía (real) Ian Fleming sobre el espía (irreal) Bond son cualquier cosa menos auténticas novelas de espionaje. Por fortuna para los verdaderos agentes del espionaje  (gente seria, al fin y al cabo, que cobra a fin de mes), se trata más bien de detritus de thrillers malos, bodrios disparatados y personajes de encefalograma plano, cuya única realidad está fundada en el éxito visual y publicitario. Pero el éxito, como ya decía Borges, es un mecanismo social, y sus razones profundas, aunque contundentes, resultan indescifrables. “Éxito” es la palabra mágica de una cultura entregada al vacío existencial, idolatra sin dioses, deseosa solo de promesas que nadie en el fondo espera cumplidas, integrada en un ordenamiento de cáscara vacía, repleta de cuentos trileros de adiestramiento político. Nada es, decía hace muchos siglos el sofista griego Gorgias, y lo que es no puede ser conocido. O sea, nada nuevo bajo el sol.

Las novelas de Flemming tuvieron la inmensa suerte de pasar al cine y contar con un actor de lujo como Sean Connery, que dejó el modelo para pasto de imitadores, pero eso por sí solo no las hubiera elevado a la cumbre del espectáculo global, ni convertido en icono cultural y artificioso de una tramoya masiva en la que todos somos figurantes.

La primera novela de la saga, Casino Royale, en 1953, marcó un punto  de inflexión en la cultura popular de posguerra, al perpetuar las fantasías de influencia decisoria en el mundo del añejo imperio victoriano. En la trastienda del mañoso desaguisado literario creado por Ian Fleming había dosis ideológicas de alta toxicidad que se prolongaron durante mucho tiempo en la eterna lucha de los buenos (Occidente) contra los malos (el peligro ruso–amarillo). Digresiones aparte, son la expresión simplista, puro comic audiovisual, de un tiempo periclitado de guerra fría política y  emergente sociedad del espectáculo que pregonó Guy Debord. Las condiciones modernas de producción se manifiestan como una inmensa acumulación de espectáculos, y las películas de Bond son puro espectáculo, forman parte del circo, de las sombras chinescas para entretener el ocio banal de unas historias que nada tienen que ver con el espionaje real. Pero el espectáculo se impone, como el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad estupefaciente.

Lo mejor de las historietas de James Bond es que salta a la vista enseguida el sentido paródico del personaje y sus historias. En el mundo de la ficción bondiana popular, el espionaje adquiere la forma de una bufonada  políticamente correcta, sumida en el aluvión de películas y series televisivas emitidas durante las décadas de guerra fría que alimentaron los fantasmas de la “realpolitik”. Los tiempos ya no son lo que eran, pero la nostalgia imperial perdura en forma histriónica. La risa que no cesa. Incluyendo la caricatura en tecnicolor del enemigo y los indígenas que forman parte del decorado. Un pegote tecno-cultural que nadie dice tomarse en serio y que sin embargo ha alcanzado el dudoso honor de formar parte del imaginario colectivo. Lo principal es que la fiesta no decaiga, y no decaerá porque el negocio no lo permite. Mejor el ridículo que el aburrimiento, el gran pecado capital de una época, la nuestra, sin otra fe verdadera que el becerro de oro y su envoltura plástica de adorno.

Es curioso que fuese en el tiempo de hundimiento del imperio británico cuando surgiera el mito del súper espía, el agente 007 con licencia para matar, algo por otra parte bastante actual. Pero Fleming, el padre de la criatura Bond, todavía formaba parte de ese imperio como espía real, y eso es algo que imprime carácter. Nacido de familia rica y educado en Eton, le suspendieron el ingreso en el cuerpo diplomático y se pasó al servicio secreto verdadero, no sin antes dedicarse al periodismo en la agencia de prensa Reuters. Ya, seguramente, como reportero–espía cubrió en Moscú, en pleno apogeo estalinista, el juicio contra seis ingenieros británicos de la compañía eléctrica Metropolitan Vickers, acusados de espionaje por la OGPU, la policía secreta de seguridad soviética. La cosa acabó bien para Fleming, que volvió otra vez a Rusia en 1939, en esa ocasión con la tapadera de corresponsal en la capital soviética del muy respetado diario The Times (que también cobijó en la guerra civil española al superespía verdadero  Kim Philby)  hasta que acabó de ayudante personal del almirante John Godfrey, director de la Inteligencia Naval, que le sirvió de molde para el personaje “M” en las novelas del tremebundo 007.

Oficial de información durante la guerra, Fleming se ganó con creces el puesto, y en cuestiones de imaginación dio la talla de sobra. Se dedicó a inventar ingeniosas ideas y artilugios para operaciones especiales, y en organizar una unidad de asalto y reconocimiento que atrajo la atención del alto mando naval, aunque nunca le condecoraron por su trabajo secreto.

De vuelta al periodismo tras acabar la guerra, Fleming publicó una valiosa guía para uso de corresponsales extranjeros antes de casarse en Jamaica, y en esa isla compró una casa donde escribió varias de sus novelas. Allí dio vida a su personaje principal, cuyas peculiares aficiones (el juego, el dry martini y el caviar) coinciden con las del autor y dan fe de la maratoniana resistencia de Fleming al alcohol y al tabaco: se tomaba una botella de ginebra y fumaba setenta cigarrillos al día. En cuanto a las féminas, a Bond le iban las mujeres macizas, promiscuas y fatales pero manejables. Presas fáciles, aunque ese capítulo de su existencia no coincidiera con el del espía de la Royal Navy en la no-ficción, torturado en el infierno de su matrimonio con Ann Charteris. 

En el apogeo de su vida, Fleming– ya millonario por sus derechos de autor–quiso vivir a su aire lo mejor que pudo, que fue bastante, y probablemente lo consiguió. Conocía el truco a la perfección: “Si interrumpe una narración con demasiada introspección y autocrítica tendrá suerte si escribe 500 palabras al día”. Fleming escribía 2000 diarias y no tenía tiempo para bagatelas. Le gustaba más disfrutar de la caza de tesoros en el Caribe y el Índico, navegar en yate, seguir el rastro de viejos mapas y cuentos de piratas, esquiar, jugar al golf y continuar fumando y bebiendo sin pausa. Cuando murió tenía 56 años. 

A partir de su primera novela, Fleming sacó una por año, pero casi todas fueron calcadas. Siempre aparece un malo malísimo dispuesto a acabar con el “mundo libre” a base de drogas, gases neurotóxicos, naves espaciales o armas secretas sofisticadas. Al final, los buenos buenísimos siempre ganan y la maldad recibe su castigo después de que el héroe Bond se lo haya pasado de fábula con las bellezas despampanantes que le salen al paso, aunque a veces el guion exija que deba sufrir algún percance al ser capturado o estar amenazado de pasar a otra vida, no mejor pero, al menos, no tan agitada.

Desde el momento de apogeo de su fama mundial, las novelas y las películas de Fleming-Bond se confunden y se trasfunden para peor. Los relatos del escritor-espía acaban en un producto pastiche de celuloide de lujo, efectos especiales, ciencia ficción y acrobacias cirquenses con salpicaduras de humor británico. Cualquier conexión con el espionaje real ha quedado abolida, pero Fleming por lo menos se lo debió de pasar bien escribiendo y viendo mundo, que ya es más de lo que muchos escritores pueden decir. En este batiburrillo de dislates la maldad de los antagonistas se da por supuesta, sin referencias históricas o ideológicas precisas. El mal, encarnado en el enemigo de turno, se presenta como algo evidente a primera vista, y casi siempre viene del Este, de Oriente, con aborígenes exóticos ajustados al papel de sicarios o fanáticos de talento perverso. 

El núcleo argumental de las novelas/películas de Bond oscila entre el cine de efectos especiales y el videojuego, y corea con raras variaciones la misma canción: provocar el caos y la destrucción de Occidente (sea lo que eso signifique ahora). La ficción de este apocalipsis trivial es tan simplista y maniquea como una carga del 7º de Caballería contra los malvados pieles rojas que molestan a los invasores de la pradera. Los malos pretenden el dominio de un mundo que ya está dominado por los buenos, los defensores del orden y la estabilidad. Como corolario de las primeras novelas de Bond, en el esquema de estas coordenadas de bienhechores y protervos, el bloque soviético cargaba con la parte más siniestra del esperpento, vinculado          ( para más inri) a la siniestra organización Spectra, aunque después de la caída del Muro de Berlín el peligro del ogro ruso encerrado en el Kremlin haya perdido gran parte de su atractivo diabólico. Lo peor de las amenazas draculianas en sesión continua a la que Bond tiene que enfrentarse película a película, quizá sea que algún auténtico espía forofo de la pantalla y del personaje puede acabar en el loquero, creyéndose Napoleón, si le da por imitar a la criatura de Fleming. Mejor que no dejen volar demasiado la fantasía en este sentido. Aunque no lo parezca, detrás de James Bond no todo es divertimento. Hay mucho más. Una carga de profundidad “fake” para ocultar el simple dato de que la tradicional Spectra de Dr. No. y sus secuaces ha sido arrinconada en realidad a la categoría de ruinosa antigualla. La nueva está ya boyante entre nosotros, al servicio de psicópatas ansiosos de poder y dueños de un mundo cada vez más manipulado, bajo la vigilancia permanente de los metadatos, controles automáticos de comunicaciones, drones asesinos, inteligencias artificiales y demás parafernalia de última generación que lo ve y escucha todo en todo tiempo. Hormigas de un hormiguero teledirigido. La distopía futurista del imaginario bondiano no iguala el poderío del descontrolado binomio tecno-político y su monstruoso retoño atómico relleno de misiles, que convierten a Frankenstein en un cuento de hadas.Los monstruos ya no están fuera, están dentro, y James Bond solo es un viejo aprendiz de un juego que se mueve más rápido que la propia fantasía de Fleming y sus émulos. Siempre, eso sí, al servicio de su engañosa majestad, con licencia para matar, por supuesto. Y si la cosa se complica demasiado no hay más que apuntar por satélite y apretar el disparador hacia el lugar del mundo que se desee.

Artículo está publicado en el libro «Sean Connery: el hombre que dijo nunca jamás» , Sílex, 2020