Carlos Carnicer.

María Estuardo, reina de Escocia y durante un breve período también de Francia por su matrimonio con Francisco II, era hija de Jacobo V de Escocia y de María de Guisa. A la muerte prematura de su padre, María de Guisa decidió enviarla a la corte francesa, donde en aquel momento sus parientes, la poderosa familia de los Guisa, procedentes de Lorena, había alcanzado gran ascendiente sobre el rey de Francia Enrique II. Criada entre las hijas de este monarca francés, fue prometida y se casó finalmente con el primogénito de Enrique II y Catalina de Médicis, Francisco, en 1558. La inesperada muerte de Enrique II en 1559 convirtió a María Estuardo repentinamente en reina de Francia junto a su esposo Francisco II. En su escudo se presentaría como reina a un tiempo de Francia, de Escocia y de Inglaterra también. Esta provocación nunca sería olvidada por su prima Isabel I, que había ascendido al trono inglés en 1558.

La clave de las difíciles relaciones entre estas dos reinas estaría siempre complicada por la sangre y la religión. Isabel, hija de Enrique VIII y María Bolena, había devuelto a Inglaterra al protestantismo después de la restauración católica emprendida durante su reinado por su hermanastra María Tudor. La escocesa María Estuardo era católica y tenía derechos legítimos a la corona inglesa. Para los católicos de toda Europa, los únicos derechos que contaban. Una combinación amenazante para Isabel I y todos los protestantes de la isla.

Tras la muerte de Francisco II en 1560, María Estuardo se trasladó a su reino escocés y vivió un turbulento reinado. Acosada por las rebeliones nobiliarias, la división entre católicos y protestantes (estos apoyados desde la vecina Inglaterra) y la propia vida accidentada de la joven reina, que terminó en 1568. Huyendo de la derrota de sus partidarios en la batalla de Langside, se refugió en la vecina Inglaterra solicitando el amparo de Isabel. Pero solo consiguió convertirse en su prisionera durante los siguientes casi veinte años, hasta su muerte. Detrás dejó a un hijo de apenas dos años al que nunca más volvería a ver, Jacobo VI, quien años más tarde se convertiría en el sucesor de Isabel I con el nombre de Jacobo I, rey de Inglaterra y Escocia.

La España de Felipe II tuvo que dar un giro completo a su política heredada de los reinados de los Reyes Católicos y Carlos V. El enemigo prioritario de España era Francia. Escocia era el aliado tradicional de Francia, mientras que Inglaterra había sido un socio de España frente a los franceses. Hasta 1568, por difíciles que se hicieran las relaciones con la protestante Isabel I, Felipe II estaba interesado en mantener una Inglaterra fuerte que dominara a Escocia, cabeza de puente de la presencia francesa en las islas británicas. Pero todo eso cambió por múltiples y coincidentes razones en torno a 1568.

Los problemas de Felipe II en Flandes, las campañas piráticas inglesas en América, la ruptura diplomática y la guerra no declarada que se desarrolla entre ambos reinos de 1568 y 1571 cambian la perspectiva con la que se contempla a María Estuardo y a Escocia desde Madrid. La católica y cautiva reina escocesa es ahora un valioso peón en la estrategia de España en el norte, vital a causa de la guerra en los Países Bajos. Desde ese momento y hasta  su ejecución en 1587, María Estuardo va a estar en el centro de todos los planes católicos para destronar a Isabel I y reimplantar el catolicismo en las islas. Directa o indirectamente, España se va a ver implicada en todos los proyectos que buscan lograr este objetivo ya desde 1568, en los que están implicados el papa y los Guisa.

En la década de 1580 España comienza a superar el bache de la bancarrota de la bancarrota de 1575 y del hundimiento de la autoridad real en los Países Bajos. Con las treguas con el imperio turco en el Mediterráneo desde 1578, se produce un desplazamiento de las urgencias de la monarquía hispánica hacia el Atlántico y hacia el norte. La unión dinástica con Portugal, la alianza con los Guisa y la liga católica en Francia y las victorias del príncipe de Parma en los Países Bajos reconstruyen el poder militar español. Todo ello hace aún más tensas las relaciones con la Inglaterra de Isabel I, y más relevante el papel de María Estuardo como opción deseable para España.   

El último acto de las relaciones entre Felipe II y María Estuardo va a ser la llamada conspiración de Babington, el postrer complot que tiene como centro a la católica reina cautiva y que terminará provocando el enjuiciamiento y condena a muerte de María. El asunto es complejo y enmarañado y tiene todos los visos de haber sido en buena parte —como las anteriores conspiraciones para destronar a la reina de Inglaterra Isabel I— diseñado o, cuanto menos, controlado (si no dirigido) por el propio gobierno isabelino. Así que intentaremos explicar con claridad todas las circunstancias que lo rodean.

La sombra del asesino de Orange.

En 1583, gracias a la ingenuidad del embajador francés en Inglaterra, Castelnau, que no se había enterado de que toda su correspondencia con María Estuardo llegaba a la mesa del secretario de estado inglés Francis Walsingham por la traición  de su secretario Courcelles, Isabel I pudo indignarse con la doblez de su prima, que a un tiempo animaba a Castelnau a apoyar al conspirador Throckmorton en su designio de eliminarla, mientras a la vez negociaba con ella para que le permitiera recuperar el trono escocés por un acuerdo de asociación para reinar conjuntamente en Escocia con su hijo Jacobo VI. Por supuesto, esta asociación, que significaba la liberación de María y la vuelta al trono escocés, debía ir acompañada del compromiso de no reclamar los derechos a la corona inglesa hasta la muerte de Isabel. De esta manera, la fracasada conspiración de Throckmorton tuvo la fatal consecuencia de romper definitivamente las negociaciones entre María e Isabel y, sobre todo, de que ésta jamás volviera a confiar en la buena voluntad de su prima cautiva. También repercutió en las relaciones con España: el último embajador español en Londres, Bernardino de Mendoza fue expulsado de Inglaterra.

La alarma de Isabel y su gobierno llegó hasta la histeria cuando unos meses después, en julio de 1584, el líder de la revuelta neerlandesa contra Felipe II, Guillermo de Orange, caía abatido en su propia casa en Delft por los disparos de un agente al servicio de España, Balthasar Gérard. El paralelismo con lo que podía sucederle a Isabel I en cualquier momento era evidente. Como en el caso de Isabel, Guillermo de Orange había sido objeto de conspiraciones contra su vida casi desde el principio de su rebelión, que hasta entonces habían fracasado. Pero finalmente, la sentencia de muerte contra él se había por fin ejecutado. Daba la impresión de que solo era una cuestión de tiempo que los servicios secretos españoles encontraran la persona, el momento y los apoyos necesarios para acabar también con la reina de Inglaterra.

La personalidad impasible del asesino también se conoció en Inglaterra. Gérard era un joven de 27 años absolutamente convencido de la santidad de su causa, que resistió con paciente valor la tortura a la que fue sometido tras el atentado y redactó su confesión sin el menor arrepentimiento. Uno de los testigos de los tormentos a los que fue sometido declaró sobre Gérard: “en mi vida he visto un hombre con mayor resolución y constancia”. Su ejecución en el mercado de Delft fue tan deliberadamente cruel como la que se venía aplicando en Inglaterra a los misioneros jesuitas y conspiradores católicos, pero ello no parecía que fuera suficiente para disuadir a algún otro joven católico fanatizado hasta el límite de poner en juego su vida a cambio de eliminar a la “usurpadora” Isabel y abrir así el camino a la restauración católica en Inglaterra.

El gobierno inglés estaba viendo cómo, por más esfuerzos que hiciera, por más tramas que penetrara y desarticulara, por más católicos que encarcelara, siempre parecía haber nuevos candidatos, particularmente entre la juventud católica, para tomar el relevo de los que iban cayendo en prisión y en las horcas de Tyburn. Los años 1580 son una época en la que el catolicismo reverdece en Inglaterra, animado por la llegada clandestina de sacerdotes jesuitas formados en los seminarios del continente, dispuestos a desafiar la persecución y el martirio. Por otro lado, para la nueva generación de católicos ingleses, María Estuardo ha quedado depurada ya de las sombras de su actuación política y privada en los años en que fue reina de Escocia. Ahora es una suerte de princesa romántica, encerrada en una cruel prisión a causa de su inquebrantable lealtad a la fe católica, aguardando un salvador que la libere y la restituya en sus legítimos derechos como reina de Inglaterra y Escocia, y que de paso restaure la verdadera religión en toda la isla.

Apenas liquidado el asunto Throckmorton, se produce un nuevo sobresalto. A primeros de septiembre de 1584 una nave española que navega hacia Escocia es abordada por navíos holandeses. A bordo del barco viaja el sacerdote jesuita escocés Creighton, que es un activo urdidor de planes para dar un vuelco a la situación política en Escocia e Inglaterra, y que ya había estado dos años en Escocia, en la época de privanza del duque de Lennox, intentando la conversión al catolicismo de Jacobo VI y su reino. Creighton transporta precisamente documentos muy comprometedores, de los que inmediatamente intenta deshacerse arrojándolos por la borda del barco. La mala fortuna quiere que un cambio repentino de viento haga regresar los papeles al navío y que se esparzan por la cubierta. Los holandeses los recogen cuidadosamente y se los remiten al secretario de Estado de Isabel I, Francis Walsingham, junto a la persona del propio padre Creighton.

El 16 de septiembre, el jesuita está ya encarcelado en la Torre de Londres y comienza a sufrir la inevitable serie de torturas e interrogatorios. Los papeles y confesiones del sacerdote muestran toda una trama que une a los Guisa, España y el Papa para desembarcar tropas en Inglaterra y derrocar al gobierno de Isabel I. Es muy probable que el jesuita, tras la tortura, se mostrara muy colaborador con Walsingham; o tal vez se temía enturbiar más las relaciones con Escocia, porque lo cierto es que en vez de ser inmediatamente ejecutado se le liberó y expulsó de Inglaterra. En su caso, con sorprendente miramiento, se tuvo en consideración —según se hizo público— el hecho de que, como escocés, no era súbdito de la reina de Inglaterra, y que su captura se había producido, además, fuera de suelo inglés.

El bando de Asociación.

El caso Creighton impresionó a la reina Isabel y vino a reforzar el efecto acumulado de la conspiración recién desarticulada y del asesinato de Orange. No han pasado ni dos meses desde la ejecución de Throckmorton y el consejo de la reina de Inglaterra comprueba a través de Creighton cómo la maquinaria conspiradora católica no se ha detenido ni un solo segundo en urdir nuevos planes de subversión. En respuesta a la interminable amenaza, en octubre de 1584, los grandes hombres del régimen isabelino, Leicester, Cecil y Walsingham redactan el Bando de Asociación. Al principio se trata solo de una declaración de los “súbditos leales” de la reina que puede ser firmada voluntariamente por quien lo desee. En poco tiempo, solo en el condado de Yorkshire, el bando tiene ya siete mil adherentes. Pero para darle forma más legal, debía ser aprobado como ley para la defensa de la reina por un parlamento convocado al efecto y compuesto exclusivamente por protestantes (los católicos habían sido excluidos del parlamento ya en 1571). En el bando original no solo se proclamaba la lealtad hacia Isabel y la negativa a admitir un sucesor católico en el trono de Inglaterra, sino que se apuntaba directamente contra María Estuardo. En el caso de que Isabel muriera víctima de un atentado, el beneficiario de su muerte (que no podía ser otro que la propia María), no solo quedaba excluido de la sucesión, sino que sería ejecutado en venganza por el asesinato de Isabel, incluso aunque no hubiera participado en la conspiración para asesinarla.   

El extremismo del Bando muestra el grado de exasperación alcanzado por la clase política que rige la Inglaterra isabelina, de la que son buena muestra algunos de los impulsores como William Cecil (ahora titulado lord Burghley) y Francis Walsingham, viejos aliados, pero no siempre coincidentes en materias de Estado, e incluso a estas alturas del reinado, en algunos momentos, rivales. La nueva clase dirigente surgida con Isabel ha escalado desde rincones bastante oscuros de la nobleza hasta lo más alto del poder gracias a la propia dudosa legitimidad (desde el punto de vista católico) de esta hija de María Bolena y a su apuesta por consolidar el protestantismo como religión del estado. Es un grupo ante todo protestante, ligado a la nueva religión, y cuya peor pesadilla sería la vuelta a una reina equivalente a lo que fue en su día (y todos ellos la conocieron) María Tudor, con la que saben que lo perderían todo, incluida, probablemente, la propia vida.

La reacción al asesinato de Guillermo de Orange y a la posibilidad de que Isabel siguiera la misma suerte, les daba la oportunidad de resolver de manera tajante el problema de la sucesión dentro de un marco protestante. En 1584 la reina de Inglaterra contaba ya cincuenta y un años y no tenía ni tendría nunca hijos que la heredasen directamente. Su padre, Enrique VIII, había fallecido a los cincuenta y cinco, y su hermanastra María Tudor a los cuarenta y dos. Muriera asesinada o por la edad, William Cecil se proponía despejar cualquier incertidumbre sobre la continuidad de un régimen protestante que —sobra decirlo— debía quedar sólidamente controlado por él mismo. Porque el Bando, en su original redacción, no solo excluía y condenaba a muerte a María, sino también a su hijo Jacobo VI, el candidato más evidente a la sucesión y cuya sincera adhesión al protestantismo no estaba nada clara. Según el proyecto de Cecil, a la muerte de Isabel, un gran consejo formaría una regencia, que sometería al parlamento (protestante) la elección de un nuevo rey, por supuesto, también protestante.     

El otro aspecto del Bando de Asociación es que, de ser aprobado tal cual, eliminaba de un plumazo cualquier posibilidad de que María Estuardo se les escapara de las manos. Ahora ya no era necesario tener pruebas que la implicaran directamente en una conspiración, ni hacía falta convencer a Isabel de la culpabilidad de su prima. Ni siquiera sería necesario un juicio público. Todos estos obstáculos desaparecían de golpe y dejaban a la reina de Escocia literalmente en manos de sus enemigos. No ocurriría esta vez como en 1572, cuando tras la cuidadosa orquestación de la conspiración de Ridolfi realizada por Cecil y Walsingham, estos solo consiguieron la condena a muerte del duque de Norfolk, pero no la tan deseada de María Estuardo.

Pero Isabel no estaba por la labor de permitir que Cecil y un parlamento controlado por él designaran a su sucesor, humillando a sus ojos, sus propios derechos reales a designar a su heredero. Así que, inmediatamente, Isabel obligó a Burghley a abandonar este proyecto. También moderó la condena absoluta contra los beneficiarios de su muerte violenta, ya que una cosa era excluir a María Estuardo, y otra bien diferente hacerlo con su hijo Jacobo VI. El joven y protestante Jacobo era el heredero más obvio al trono de Inglaterra una vez Isabel desapareciera, pacífica o violentamente. Solo en el caso de que se demostrara fehacientemente la participación de Jacobo en una conspiración contra la reina de Inglaterra, podría ser excluido de la sucesión. Y precisamente, Isabel se proponía jugar con la promesa de sucesión para separar definitivamente a Jacobo de María y de cualquier veleidad de conseguir la herencia conspirando contra ella. Como en ese momento los éxitos de España en los Países Bajos parecían conducir a un colapso de la rebelión allí, iba tomando cuerpo la idea de una intervención militar directa inglesa para apuntalar la resistencia neerlandesa contra Felipe II. Esto supondría una práctica declaración de guerra contra España que hacía deseable tener completamente asegurada la frontera del norte con Escocia. En tales circunstancias, empujar a Jacobo a una situación desesperada en que tuviera más que ganar con la desaparición de Isabel que aguardando a heredarla, era una opción estúpida. De hecho, lo que va a hacer Isabel es entablar negaciones con Jacobo VI para asegurarse su lealtad.

La conspiración del doctor Parry.

Así, cuando el parlamento se reúne entre noviembre de 1584 y marzo de 1585, el Bando queda bastante moderado según las exigencias de la reina Isabel. La resultante Ley para la seguridad de la Reina, obligaba a un juicio previo y público para excluir y condenar a un posible sucesor que hubiera alentado una invasión del reino o conspirado para asesinar a la soberana, lo que salvaba las posibilidades de Jacobo de heredarla, siempre que se mantuviera al margen de cualquier intriga. El mismo parlamento aprobó una draconiana “ley contra los jesuitas, sacerdotes seminaristas y otras personas semejantes y desobedientes”, que amenazaba con la muerte a todos los sacerdotes ordenados en el extranjero a partir de 1559 y les daba un plazo de cuarenta días para abandonar el reino. Significativamente, el único parlamentario que osó protestar públicamente por esta ley fue el doctor William Parry, un universitario que en 1579 se había convertido secretamente al catolicismo.

Su protesta pública le costó a Parry la condena del parlamento, en medio de un gran escándalo, y un primer encarcelamiento. Isabel lo hizo liberar, pero su libertad apenas duró unas semanas. En enero de 1585, Parry fue oportunamente denunciado por Edmond Neville, un primo católico del conde de Westmorland, uno de los líderes de la rebelión del Norte en 1569 y huido al continente tras su fracaso. Neville confesó arrepentido haber participado en una conspiración para asesinar a la reina disparando contra ella cuando se desplazaba en carroza o en los jardines de Westminster. El instigador del proyecto no era otro —según Neville— que, precisamente, el doctor Parry.

Naturalmente, el ex parlamentario Parry fue inmediatamente arrestado de nuevo, interrogado y juzgado, mientras el caso se difundía por toda Inglaterra en medio de las acaloradas sesiones del parlamento para aprobar la ley contra los jesuitas y para la seguridad de la reina, que fueron aprobadas en un apropiado ambiente de apasionamiento anticatólico. El proceso conectó también muy oportunamente el supuesto intento de regicidio de Parry con el mundo de los refugiados católicos ingleses en el continente, con los líderes de la Liga católica francesa y parientes de María Estuardo, los Guisa, el representante de esta en Francia, el arzobispo de Glasgow, y por supuesto, con los españoles. El centro de toda la trama, según el gobierno inglés, era Thomas Morgan, el hombre que ejercía desde el exilio la función de secretario de estado de María e intentaba mantener abierta la comunicación entre la reina de Escocia y sus partidarios en el continente.

Ante tal acumulación de coincidencias tan oportunas para el gobierno inglés, parece poco dudoso que Edmond Neville no era más que una hechura o agente secreto de Walsingham. De hecho, incluso el propio Parry lo había sido ya en algún momento anterior, y no deja de ser curioso que, con sus antecedentes católicos, se le permitiera presentarse y ser elegido como diputado al parlamento de 1584. En cualquier caso, sirvió perfectamente de chivo expiatorio con su protesta contra la ley que condenaba a los jesuitas, pues la conclusión que pudo sacar la opinión protestante inglesa es que solo se podían oponer a la nueva legislación, justamente, los conspiradores y traidores como él. Una vez utilizado, Parry fue condenado y rápidamente ejecutado el 2 de marzo de 1585, incluso antes de que concluyeran las sesiones del parlamento. De nada le sirvió proclamar en el cadalso su inocencia y que era la víctima de una maquinación del gobierno. En cambio, su denunciante, Edmond Neville, fue pronto liberado de la prisión y pudo abandonar Inglaterra (algo difícil de conseguir si el gobierno hubiera decidido impedírselo), e instalarse en Roma, donde sobrevivió treinta y cuatro años al desdichado doctor Parry.  

Thomas Morgan en la Bastilla.

Una consecuencia —quizás también buscada— del caso Parry fue que Isabel I escribió al rey de Francia, Enrique III, solicitando oficialmente el arresto y extradición a Inglaterra de Thomas Morgan, quien residía en París. El embajador inglés en Francia, sir Edward Stafford fue encargado de mantenerlo vigilado hasta que, una semana después de la ejecución de Parry, el 9 de marzo de 1585, la guardia real francesa detuvo a Morgan y lo encerró en la Bastilla. Enrique III no accedió a extraditarlo a Inglaterra, pero sí lo mantuvo en prisión durante un período de dos años que va a resultar literalmente vital para la suerte de María Estuardo.

A propósito de Morgan conviene aclarar el papel que desempeñó en la tragedia que estaba tramándose. Thomas Morgan llevaba años formando un tándem con Charles Paget que había conseguido desplazar al embajador oficial de María Estuardo ante la corte de Francia, el arzobispo de Glasgow, James Beaton. Paradójicamente ambos habían comenzado su carrera como secretarios del propio Beaton, y gracias ello, tomado conocimiento de todos los tratos en Francia de la reina de Escocia. Sin embargo, con el tiempo, los dos secretarios y su antiguo patrón se habían distanciado considerablemente. Y lo que es más importante, habían conseguido que María Estuardo también se distanciara de su representante oficial y dejara en manos de la pareja la llave de sus comunicaciones y contactos con el exterior. 

Entre los exiliados católicos ingleses se había creado una fuerte división en estos años. Por un lado, gracias a la arriesgada labor de reconversión de Inglaterra por medio de misioneros clandestinos formados en los seminarios del continente, los jesuitas, que gozaban aparentemente del apoyo sin reservas del Papa, formaban un poderoso grupo en alianza con el duque de Guisa y con España, representada por los embajadores Juan Baptista de Tassis y luego por Bernardino de Mendoza. Este núcleo contaba con el apoyo del jesuita Robert Parsons y de William Allen, fundador de los colegios ingleses de Douai-Reims y de Roma, y que sería promovido al cardenalato en 1587 por el propio Felipe II. Pero en contra de la omnipresencia de los jesuitas, se revolvían los propios Morgan y Paget, que además de ejercer como una suerte de secretarios de Estado de María en el exilio, controlaban los recursos económicos de la reina y, ante todo, su correspondencia. Esta división se había ido profundizando desde que en 1582 el duque de Guisa había excluido a la pareja Morgan-Paget de sus tratos con el entonces embajador español Juan Baptista de Tassis, el nuncio papal y el representante oficial en Francia de María, el arzobispo de Glasgow para su gran proyecto de restauración católica en Escocia e Inglaterra. Thomas Morgan y Charles Paget jamás olvidaron la afrenta de quedar apartados de aquellas negociaciones.

Coincidiendo con ese resentimiento de Morgan y Paget contra el triángulo formado por los jesuitas-España-Guisa, se produce un enfriamiento de estos mismos valedores de la causa de María Estuardo respecto a la propia reina escocesa en los años anteriores a la conspiración de Throckmorton. El intento de María de llegar a un acuerdo con su hijo Jacobo, con el beneplácito de Isabel, para reinar en asociación en Escocia garantizando a la reina inglesa su alianza, desconcierta, cuando no irrita, tanto a los Guisa como a sus aliados en Roma y en Madrid. Para los partidarios de una intervención católica extranjera en Inglaterra y Escocia era imposible asimilar la solución acomodaticia que pretendía ahora María con la hereje soberana inglesa, porque echaba por tierra todos sus planes de recatolización de la isla. Por eso, Morgan y Paget, que no se oponen a estas negociaciones con Jacobo VI, quedan convertidos a ojos de María en sus más fieles servidores.

Además, ellos son los únicos que parecen trabajar cada día para conseguir mantenerla en contacto con el exterior. María se queja de los silencios de su embajador oficial, el arzobispo de Glasgow, ignorando que sus cartas no llegan, precisamente, porque Morgan y Paget lo impiden. El resultado es que la pareja toma un control absoluto de la correspondencia, de todos los negocios y del mismo acceso a la reina cautiva. Cuando algún partidario de María intenta contactar con ella debe pasar por el filtro que establecen Morgan y Paget. Si alguien expresa dudas sobre la competencia o los métodos de estos dos servidores (y son muchos los que lo hacen), tal cuestionamiento no llega nunca a las manos de María.

La prisión de Morgan en la Bastilla desde marzo de 1585 hasta el otoño de 1587 complica todavía más las cosas. Aunque puede seguir recibiendo visitas y manteniendo contactos en un encarcelamiento bastante relajado, su situación no le permite hacer demasiadas averiguaciones respecto a los numerosos infiltrados, supuestos católicos, que van a ir desfilando por su celda en esos meses de prisión: gentes de las que tendremos que hablar a continuación como Poley, Berden y Gifford. Aunque también es muy posible que, desde años antes, y para cubrirse las espaldas, Morgan y Paget vinieran actuando ya como agentes dobles al servicio del mismísimo Walsingham. Esta posibilidad, cuadra muy bien con el hecho irrefutable de que serán ellos los que avalen ante María a personajes tan dudosos como los que van a tener enseguida un papel esencial en la destrucción de la reina de Escocia.