José J. Sanmartín


El inicio como retorno permanente: “Celtic” vuelve a casa


El Secret Service asignó a Biden el nombre en clave “Celtic” tras incorporarse como candidato a Vicepresidentedel Partido Demócrata en las elecciones de 2008. Durante su etapa como Vicepresidente (2009-2017) extendió sus redes de influencia al objeto de conferir solidez a la Presidencia de Barack Obama. Lo aprendido en la tradición católica fue relevante para definir su posibilismo constructivo. Se previenen errores, porque se detectan antes. Si la acción es el núcleo dinamizador de la política, la prudencia es su núcleo estabilizador. Biden siempre ha procurado mantener un equilibrio entre ambos vectores; en caso de colisión, su elección ha sido nítidamente manifestada en público: la sensatez como activo institucional. No cabe libertad sin responsabilidad; y viceversa. Somos libres conforme asumimos nuestro deber. La obligación de ser nos impulsa a la ayuda al prójimo, al bien común. Los preceptos redentores del catolicismo han sido para Biden un firme asidero doctrinal y moral. A ello se añade su liberalismo social, profundamente influido por la doctrina social de la Iglesia, junto a un aristotelismo tamizado pero atento a la mesocracia, el equilibrio y el término medio.  

Al mismo tiempo, el origen irlandés de Biden ha sido un dividendo activado con su mesura habitual. He aquí la idea de comunidad nacional, la sensación de pertenencia a algo mejor y mayor, la constatación de un continente de hechos y sentimientos llamado Estados Unidos. Desde su concepción imbricadora de la política, consideraba que las herramientas son válidas en la medida que se aporten dividendos a todas las partes. Un corredor de fondo sabe que lo pertinente es disponer de puntos de apoyo a lo largo del recorrido. No se trata de ser el más rápido, ni siquiera el mejor preparado técnicamente; quien realmente perdura en una carrera es el que tiene recursos hábilmente distribuidos tramo a tramo. Esto es, la clave está en adaptar los recursos a los objetivos; y a la inversa. Biden buscaba conectores con los votantes de origen irlandés, con los católicos en general, pero también con aquellos de cualquier otra procedencia nacional y confesión religiosa (cristiana o no). Nadie quedaba fuera de su analísis por sus ancestros, creencias o valores. Se trataba de encontrar espacios de encuentro que facilitasen la interacción entre personas y comunidades. Lo individual y lo colectivo; la libertad y la sociedad, en definitiva.

El origen de Biden explica en parte las pulsiones que han gravitado sobre su vida. Trasladado de niño con su familia de un Estado de la Unión a otro, formado en universidades ajenas a la Ivy League, trabajó en la administración de propiedades para compensar sus moderados ingresos en un despacho de abogados. Su condición de joven esposo y padre de familia numerosa, le hizo multiplicarse a nivel laboral para atender las crecientes necesidades domésticas. 

De joven, Biden nunca pareció serlo. Se casó a una edad en que otros todavía están embarrancados con estudios varados, proyectos difusos y utopías inasibles. El peso del deber en el hogar católico de los Biden era una necesidad, y casi una urgencia. La suya fue una carrera donde se asumían responsabilidades y se tejían conexiones. Su entrada en política era el paso inevitable. A los 29 años logró su entrada en Capitol Hill, pero de forma peculiar: para quedarse. Biden ha sabido construir una imagen de eficiente servidor público.

Desde el primer momento de su carrera política en Washington, Biden enfatizó la voluntad de proyectarse como un representante del pueblo marcado por su corrección política. Él ha incorporado como ningún otro político de su generación la mesura y la idoneidad de las palabras en su discurso público. Las vulnerabilidades de Biden se ubican –mayormente- en ámbitos privados de variable interacción con intereses no conciliables (incluso entre sí). La máxima fortaleza del actual Presidente ha sido su capacidad de resistencia ante las adversidades. El hombre joven con prisa que a los 29 años logró su elección como Senador, pudo haber visto truncada su incipiente carrera política cuando el 18 de diciembre de 1972 su familia sufrió un terrible accidente automovilístico. Su esposa y su hija de 1 año fallecieron, pero sus dos hijos quedaron heridos y convalecientes. La figura de Biden quedó prácticamente mitificada alrededor de ese dolor sincero. Su juramento como Senador lo hizo en la habitación del hospital donde cuidaba de sus hijos.

La historia personal de Joseph Robinette Biden Jr. ha sido una lucha para afirmarse frente a los imponderables e, incluso, los imposibles. La suya es una carrera de obstáculos, a veces puestos por él mismo. El clásico senador personifica la doctrina del escalador en política: entrenar, preparar, avanzar, consolidar… Porque tan importante o más que alcanzar metas, para Biden ha sido misión fundamental el aseguramiento de cada status institucional logrado. Esa pauta de crecimiento calculado puede ser verificada en su desarrollo electoral. El 7 de noviembre de 1972 consiguió una victoria mínima sobre el candidato republicano, pero ganó el escaño de Representante por Delaware. Del 50`5 % de votos entonces (frente al 49’1 % de su antagonista conservador Boggs), ya el 7 de noviembre de 1978 logró la reelección con una notable ventaja: Biden obtuvo el 58 % frente al 41 % de votos conseguidos por su contendiente republicano,  Baxter.

Esa tendencia se amplió en las siguientes dos reelecciones de Biden comprendidas en un período de 12 años. Sin embargo, el ciclo posterior de reelecciones manifestó un estancamiento de apoyo al senador demócrata en 1996; incluso con un ligero retroceso porcentual en 2002 (aquí sus votos sumaron el 58’2 % del total frente al 40’8 % del candidato republicano). Mas, una vez desplegadas al máximo sus capacidades políticas (resiliencia, reacción, regeneración), en su última reelección como Senador, Biden logró una victoria contundente: el 64’7 % frente al 35’3 % conseguido por la candidata republicana O’Donnell. Ese triunfo estratégico el 4 de noviembre de 2008 marcó su poder político en la inmediatamente posterior elección de Barack Obama como Presidente de Estados Unidos.

            La sanación de la sociedad.

Las palabras curan; las soluciones alivian. El tono educado del actual Presidente, su calculado ejercicio de la empatía, le genera herramientas de alta rentabilidad política. Aunque carente del grado superlativo de destreza ejercido por Clinton durante sus dos mandatos, Biden ha demostrado un nivel medianamente aceptable en comunicación política. Sin embargo, un punto fuerte reside en sus habilidades para alcanzar acuerdos, lograr ententes y mejorar relaciones. La agenda de Biden ha crecido imparable durante sus años en el Senado y en la Vicepresidencia, nutrida de contactos valiosos. Negociaciones que llevan a la amistad (real o tangencial), vínculos sellados con el intercambio de favores (hipostasiadamente dentro de la legalidad y/o moralidad).

Biden elude las colisiones frontales, evita el descarrilamiento de trenes, neutraliza el radicalismo excluyente; su visión (negociadora, transaccional, elástica) reposa sobre la necesidad de aportar algo a todas las partes, a las que hace protagonistas de su propia política, pero –a cambio- asume lo máximo que puede de ellas. Biden nunca deja a nadie con las manos vacías, pero tampoco llenas a rebosar. Su objetivo es apuntalar y vivificar los objetivos de cada programa electoral. El contrato suscrito con el pueblo debe cumplirse en la mayor parte del mandato. Sus postulados nunca colisionan con el planteamiento oficial del Democratic Party, pero el senador supo expandir la frontera. La socialización del ideario demócrata requería la apertura hacia otros ámbitos de la sociedad. La conformación de una posición pública por parte de Biden comporta un proceso minucioso de estudio. El análisis ponderado de opciones se basa en correlaciones de fuerza, consecuencias previsibles (no siempre deseables), efectos concomitantes, presunción de beneficios y perjuicios, etc. Así, Biden puede defender políticas a favor de la familia, la libre elección ante el aborto, y recibir en 2016 el más prestigioso reconocimiento para un católico en Estados Unidos: la Laetare Medal (junto al republicano John Boehner).

Conviene reconocer que Biden no cierra puertas de tránsito variable como suelen hacer los dogmáticos. Tampoco asume compromisos de imposible cumplimiento como suelen hacer los temerarios. Biden fundamenta su acción institucional en la negociación entre bastidores, y en la fructificación en público. Es un político, no un estadista; pero un mandatario que ha aprendido de las equivocaciones propias y ajenas. La identificación de activos ha sido una fortaleza en su actividad como legislador. Nadie como Biden sabía avanzar cuando el campo de batalla lo permitía, o detenerse ante dificultades manifiestamente insoslayables.

La clave está en permanecer a resguardo cuando las inclemencias arrecian, evitar el desgaste en batallas imposibles, tender puentes con los contendientes no tanto para atraerles a su favor, sino para eludir convertirse en objetivo prioritario de sus ataques. Durar en el tiempo; a tal efecto, resulta necesaria limitar la erosión política. No saber (o no querer) desactivar las fuentes debilitadoras de un dirigente político, comporta incurrir en un proceso inexorable de decadencia del propio poder. He aquí la muerte escalonada de una carrera profesional. Biden nunca ha aceptado un cargo ni asumido una alta responsabilidad (por tentadoras que fuesen) que potencialmente le pudiese crear más restas que sumas, más divisiones que adhesiones. Un político que dice sí a todo, es un político que dice no a sí mismo.    

Status frente a idealismo.

La cultivada imagen de prudencia –asumida desde el imaginario público- ha sido una constante en su actividad política. Biden ha preferido retraerse o inhibirse antes que dar pasos donde no estaba asegurado ni el resultado inmediato, ni el rédito final. La conservación de su propio status ha constituido su objetivo prioritario. Se trata de un dirigente cauto, inmune a la imprevisión y a la temeridad. Su búsqueda de soluciones transaccionales le ha conducido al sincretismo ideológico, con la pretensión de sumar y no restar.  

En buena lógica, apenas existen declaraciones o manifestaciones suyas que comporten ataques furibundos, insultos personales o descalificaciones exacerbadas. Una habilidad del Senador Biden fue no clausurar rutas que pudiera ser necesario transitar a medio o largo plazo. La astucia política le conducía a atemperar el tono, a proveer un vocabulario atento a las partes concernidas en cada caso o votación; invertir en futuro mediante la compra de tiempo presente. En el Senado, Biden procuraba desmontar sólo los argumentos contrarios a su propuesta, pero era exquisitamente cuidadoso de no herir en lo personal a sus antagonistas parlamentarios. El cálculo del francotirador.

Los puentes, siempre tendidos. Las posiciones, nunca tensionadas. Su discurso jugaba la carta institucional, más allá de lo puramente partidista. Biden era consciente que lo perentorio en política, no perdura. En cambio, aquello a lo que se confiere un status elevado, resulta positivamente motivador. Por tanto, la disposición de Biden requería neutralizar todo sesgo –por mínimo que fuese- de contenido, o apariencia, excluyente. La inclusión de los otros, la incorporación de ideas y propuestas que pudiesen galvanizar la inteligencia emocional de los votantes de aquellos líderes con los que Biden tuviese que negociar, era su forma de presionarles. Sin la habilidad retórica de Clinton, pero sincopado a la capacidad comunicadora de Obama, su Vicepresidente jugó de forma variable con una ventaja cualitativa: la conciencia de sus vulnerabilidades y fortalezas.

En ese contexto, Biden impulsaba el posibilismo como paso necesario para la superación de disparidades excluyentes; el programa electoral estaba por encima de la ideología política. De esta manera, la doctrina y sus inevitables dogmas cedían ante una visión integradora, incluso potencialmente dispersa, de lo que debía auspiciarse. El precio a pagar se tradujo en ocasiones a través de una difuminación del grado de compromiso en materias decisivas. Con la rebaja ideológica en los preceptos del Partido Demócrata, Biden se sumó al grupo que reactivó el pragmatismo para mejor conseguir los objetivos de los demócratas. El Estado del Binestar, el apoyo a sectores vulnerables por parte del Federal Government mediante políticas sociales, una cobertura sanitaria más amplia, entre otras medidas, fueron impulsadas durante la Presidencia de Bill Clinton. Además, se reforzó la economía, las empresas dispusieron de un apoyo fundamental, se incentivó la prosperidad también entre las clases medias, etc. En definitiva, se trataba de aunar el idealismo tradicional con los resultados empíricos; quedaba demostrada la eficacia de la nueva fórmula demócrata, donde la fiscalidad se mantenía en unos parámetros racionales. Al mismo tiempo, se actuaba enérgicamente para ayudar a quienes sufrían desamparo, pero se fomentaba un desarrollo económico e industrial importante.

Entre las vulnerabilidades de Biden aparecen aspectos que podrían generar una crisis. La construcción de redes con determinados apoyos internacionales puede generar disfunciones en el futuro de Biden. De darse ese escenario, lo previsible es que Biden abandone el escenario con la creíble excusa de la edad, la verosimilitud del deber cumplido, o la apelación a una causa de fuerza mayor (la salud, u otra). Conforme a su tradición, el sistema político norteamericano protegerá sus valores máximos, elevados a la categoría de sacralidad laica. La figura presidencial interactúa como un Sumo Pontífice de la religión política –y patriótica- que vertebra al país. Si Biden no incurre en errores graves durante su etapa presidencial, el sistema le evitará un escarnio público. Pero si el actual Presidente no es capaz de proyectar un discurso integrador y positivo para el conjunto de la sociedad, es altamente probable que reciba un correctivo; de ser así, los medios de comunicación ejercerán como heraldos de la fatalidad.

La realidad vigente hasta el momento es que Biden difunde un mensaje de conciliación entre los norteamericanos, pero no tanto de reconciliación. El acutal Presidente adopta una posición ambiciosa en los medios pero conformista en los objetivos. Falta una apelación inclusiva a los valores clásicos del país, falla el reconocimiento a los problemas que sufre una parte sustancial de la población. La tercera vía buscada por el Presidente Biden reposa en un momentum precario entre las hipotecas que tiene con las elites y los deberes hacia el pueblo soberano. Un término medio aristotélico que permita el equilibrio entre creencias y credos, valores objetivos y percepciones subjetivas, no aparece definido. El Presidente emerge alineado a una orientación clásica –livianamente ortodoxa, aunque no extrema- del Partido Demócrata. Tras el mandato sañudamente politizado de Donald Trump, lo que el país necesita es un líder más moral que ideológico, más pragmático que dogmático. La desradicalización en la sociedad se impone como tarea indispensable. La exclusión de unos contra otros, el lacerante maniqueísmo que elimina todo debate sana y educadamente racional -entre otros hechos graves- lastran hoy lo que en tiempos pretéritos fue ejemplo de mentalidad democrática y sociedad abierta.

En la medida en la que Biden sea eficiente para trascender la politización e reintroducir elementos de racionalidad democrática, logrará sostener la estabilidad institucional. La hoja de ruta en esa dirección exige gestos compasivos, integradores y despolitizados. La inclusión de todos en un mismo universo de valores compartidos: la democracia constitucional como hogar común de todos los estadounidenses; lo cual debe transmutarse en hechos, logros y soluciones de plástica concreción en la vida de sus conciudadanos. Todo lo que sean generalidades, perecerá. Por tanto, se impone la cultura del diálogo constructivo, de la rendición de cuentas, de la responsabilidad, etc. En definitiva, el ejercicio del Buen Gobierno como encuentro entre el pueblo soberano que se siente escuchado y las instituciones que gestionan la provisión de soluciones. Si esa reconciliación se realiza, Biden habrá triunfado. Pero la sustitución de un maniqueísmo por otro -de un irracionalismo por otro- generaría una inevitable pérdida y una irreversible derrota para la sociedad; todo ello se cobraría una implacable factura.