José Sanmartín

¿Un futuro sin porvenir?

Donald Trump, con su carga atrabiliaria de prejuicios, agravios y creencias, transformó a la derecha estadounidense de manera más profunda de lo que parece. En un tiempo record, el que fue primer Presidente de adscripción paleoconservadora impulsó la emotividad como palanca decisiva para expandir su ideología. El paleoconservadurismo trumpista marcó un catálogo de prioridades: a la creación de empleo dentro del país, contra la deslocalización de empresas estadounidenses, a favor de comerciar preferentemente con países desarrollados, a dedicar el dinero norteamericano para favorecer a sus propios ciudadanos, etc. La asertividad del trumpismo contra la industria política le hizo ganar adeptos en una parte de la sociedad, harta de fastos y lujos por parte de la clase dirigente. Clases medias y trabajadoras agotadas de pagar impuestos al tiempo que perciben un decreciente nivel de vida.

El aumento del empleo durante la Presidencia Trump fue un éxito indiscutible, entre otros. De ahí su ascendiente entre amplias capas sociales de cuello azul; los cinturores industriales, los barrios populares, los empleados y los asalariados que refrendaron a Trump lo hicieron –mayormente- por su gestión de la economía, su discurso patriótico y populista, además de su proyección de un antielitismo que afirmaba la preeminencia de los que realmente hacen frente a los viven de ellos. Estados Unidos y sus laboriosos ciudadanos, primero; dentro y fuera del país. Con esa divisa en el frontispicio de su pensamiento, Trump realizó acciones encaminadas a ponerlas en práctica. Hechos, soluciones; respuestas a las demandas populares. Además, el Presidente republicano confirió a las clases medias y populares un status de protagonismo exacerbado. Para quienes se sentían –y se sienten- abandonados por Washington (eufemismo maníqueo focalizador de toda malignidad procedente de las elites) ese reconocimiento de su Presidente era –y es- irrenunciable alimento espíritual. La causa aparece en el malestar profundo -larvado durante más de una generación- contra lo que se percibe como política de elites ejecutada por las sucesivas castas gobernantes en el Capitolio y la Casa Blanca. Trump explotó ese intenso dolor entre las clases medias -también de condición humilde- que trabajan y pagan impuestos, pero que se sienten marginadas de su propio “American Dream”. 

El sentimiento compungido entre amplios sectores de la sociedad civil es la de haber sido expulsados del paraíso, sin culpa ninguna. Convertidos en parias dentro de su nación, degradados a empleos precarios y cada vez peor remunerados, sin acceso a servicios médicos o educativos de calidad, no pocos trabajadores norteamericanos votaron –a través de Trump- contra las multinacionales y las corporaciones de Estados Unidos que externalizaban sus factorías e industrias en el extranjero, precarizaban la situación laboral de los obreros y profesionales en su país, etc. Las medidas fiscales de Trump contra los productos de empresas norteamericanas fabricados en el exterior, fueron inmensamente populares entre esas colectividades de trabajadores –incluyendo a los desempleados por el cierre de fábricas en el país-. Si Biden no es capaz de recuperar empleo dentro de Estados Unidos, los profesionales, obreros y empleados –fabriles o no- que apoyaron tácticamente al Partido Republicano, considerarán al Presidente demócrata como una ratificación del elitismo que ignora y desprecia a la mayoría social. En ese contexto, todos los escenarios –también los peores- quedan abiertos. Biden está obligado a realizar una política inclusiva, no sólo en el plano retórico, sino sobre todo en su dimensión material.

La exposición de los resultados, la explicación de los hechos, es el mejor argumentario. Recuperar la deslocalización de empresas norteamericanas fuera del país, e intentar a la vez la recuperación del empleo, será imposible. La estructura productiva de Estados Unidos no soportará esa contradicción. Lo cual repercutirá negativamente sobre las cifras de empleo. Aunque el paro se pudiese mitigar (o camuflar) mediante draconianas reformas laborales, la calidad de los puestos de trabajo será campo de batalla donde se producirán la mayor parte de heridas y bajas. El American Dream inoculado en la psicología nacional jamás aceptará –en modo alguno- el fracaso que supone para una generación posterior disponer de menos recursos y posibilidades que la generación anterior.

Biden se enfrenta a esa coyuntura histórica; debe aportar soluciones e ideales, al unísono. Él es parte constitutiva de esa casta de políticos profesionales que –desde la formulación trumpista- encarna el parasitismo solidificado en la democracia, a la que vampirizaría. La victoria de Biden puede malograrse en su gestión, si la Administración Federal no atiende el deseo de la mayoría social, que exige transparencia plena, meritocracia absoluta, igualdad de oportunidades, políticas de recuperación de empleo, entre otras medidas. La rabia, la desesperación, el agravio, también son fuentes de combustión electoral para ciudadanos que se sienten desamparados. Éstas personas apoyarán a quien aporte soluciones reales a sus problemas acuciantes. Joseph Biden y Kamala Harris tienen su oportunidad; aquí y ahora. Si la malogran, el pueblo buscará la solución en otro espacio, de otra manera. 

Ni los éxitos de Trump, ni sus fracasos, fueron tales. De forma no sólo  intuitiva, Trump logró identificar deficiencias del sistema político… y los aprovechó a su favor (con burda asertividad y teatralizada agresividad en ocasiones). Se presentó como un “outsider”, asumió las peticiones largamente reclamadas por ciudadanos (pero tradicionalmente ignoradas por los dirigentes convencionales, tanto demócratas como republicanos), revistió esas exigencias sociales de un halo asertivo de populismo y electoralismo, hizo sentirse protagonistas a los marginados por la alta política, entre otras medidas. Pero también tuvo la inteligencia práctica de fundir su pensamiento paleoconservador con los objetivos de esa mayoría social. Eso le hizo ganar las primarias republicanas y, luego, la elección presidencial.

A Trump le perjudicó más su déficit de urbanidad y su superávit de exposición. Su hiriente expresividad política le causó más efectos contraproducentes que los contenidos de lo que transmitía. Su escasez de espíritu constructivo, su exceso de dogmatismo maníqueo, además de su impulsividad y agresividad, condujeron a Trump a un callejón sin salida. Sus alineamientos demagógicos fueron estridentes en el ruido, pero su decantación hacia lo divisorio y lo segmentador dentro de la sociedad, generó una ruptura y, ésta, un conflicto todavía irreductible. El proceso autodestructivo desde la alta política estadounidense podría ir a peor, si Biden y los siguientes Presidentes no restañan las heridas sociales. La hiper-politización de la sociedad estadounidense ha producido daños sociales irreparables. Los populistas de toda especie e ideología recurren obscenamente a la apelación de las emociones para ganar adhesiones irredentas.

El irracionalismo se expande –e impone- en una cultura política tradicionalmente admirada por el legado del “common sense”, por ejemplo. Pero el nuevo acervo de sentido común exige altura de miras, sentido de Estado, atención hacia lo social, respeto a lo individual, soluciones para la inmensa mayoría de ciudadanos, etc. Se trata de un proceso, no de un sofisma. Una cultura política donde las ideologías excluyentes –con sus inevitables maniqueísmos y sectarismos- queden reemplazadas por un “approach” basado en el gradualismo sincrético. Vuelta a la formulación –y ejecución- de políticas que incorporen medidas transversales y positivas. Ello requiere de estadistas, no sólo de jefes de facciones en partidos. Lo que pierde Thomas Paine, lo gana James Bryce. Sin embargo, se trata de un problema afectante a todo Occidente, no sólo a Estados Unidos. La aplicación de la lógica, del análisis equilibrado, de la ponderación de hechos, quedaron aparcados como un trasto inservible por parte de demagogos populistas. Fobias y filias; he aquí las rudimentarias (primitivas, casi salvajes, pero efectivas) coordenadas sobre las que los nuevos radicales -retóricos- asientan su creciente poder.

La democracia como mecano.

El apoyo a Biden lo ha sido también para racionalizar la política en Estados Unidos. No se trata de una inversión en su partido como proveedor de una ideología monolítica. Lo que se buscaba –incluso por los conservadores moderados que votaron a Biden- era una reconducción hacia la normalidad institucional. Los excesos del anterior Presidente debían superarse, pero los déficits identificados y explotados por Trump siguen sin resolverse. La Historia siempre vuelve; de hecho, la Historia nunca se evade. Biden se juega todo en esa encrucijada. Si no logra rebajar el divisionismo existente en el país, se malogrará una oportunidad única. Ante ese fracaso para la reunificación de la sociedad, el sistema político también podrá activar el relevo del actual Presidente. Ello requeriría que la Vicepresidenta Harris disponga del tempus político necesario para erigirse como una líder natural de la conciliación. Lo consiga o no, el reloj ya está en marcha. 

La conmoción que supuso la revuelta contra Capitol Hill en enero de 2021, dejó otra fractura abierta en la sociedad norteamericana. Esa herida sigue supurando. Resulta inquietante que masas fanatizadas (mayormente a través de internet) emprendiesen una marcha hacia la sede parlamentaria para “recuperar” su democracia, que rebasasen las líneas policiales, y accediesen a los edificios nobles. La violencia acaecida allí retrata una situación grave en tanto hay ciudadanos (demasiados) realmente convencidos de que les han “robado” las elecciones presidenciales. Las teorías conspirativas –hasta paranoicas- campan a su aire a causa del desarraigo social y la orfandad institucional sufrida por numerosos norteamericanos. Parece harto difícil razonar con hechos y argumentos con quienes ven agravios y persecuciones pues ellos las padecen en primera persona (o así lo interiorizan). Lo que se percibe como hecho, aunque no lo sea, se acaba convirtiendo en parte de la realidad (por inmaterial que fuere).

A día de hoy, no existen pruebas documentales fehacientes de fraude electoral deliberado. Los errores detectados en varios recuentos no afectan al resultado final. Sin embargo, el cúmulo de validaciones y demostraciones nunca serán suficientes para una extensa parte de la población (no se trata de minorías fanáticas e iluminadas). El asentamiento en la psicología popular de la existencia de una conspiración masivamente orquestada para dominar al Gobierno Federal y controlar a la sociedad, permanecerá como nutriente –activo, no pasivo- de la política nacional.

Una inextricable dificultad acaece cuando los rumores se imponen a los hechos, las efectivas hipótesis conformadas (por delirantes que sean) se convierten en inefectivos “resultados confirmados” (por indemostrables que sean). Esta disfunción tiene un poderoso efecto atractor. Si el equipo de Biden incurriese en esa vía fácil -que aporta votos a costes mínimos-, sería el principio de un final anunciado. El populismo no se combate con más populismo. El único sendero transitable para rebajar el irracionalismo y recuperar la cultura serenamente democrática, requiere –para la Adminitración Biden y las siguientes- de un esfuerzo añadido en resolver los problemas sin dogmas políticos, ni jactancia humillatoria o divisoria de unos contra otros.

Una habilidad demostrada en Biden es su resiliencia. El Presidente tiene capacidad para esperar. El cálculo de los tiempos políticos ha sido un punto fuerte en su desempeño institucional. Sabe cuando dar un paso atrás, incluso retirarse, antes que exponerse a una erosión grave. Merced a esa visión estratégica, Biden ha eludido escándalos que a otros políticos les habría acarreado su fin. Aguantar es vencer; irse ahora para regresar después al mismo escenario… del que Biden nunca ha faltado. No obstante, la Presidencia será su útlima etapa institucional. Toda retirada aquí sería definitiva. El Presidente se juega su lugar en la Historia y en la sociedad estadounidense.

 Biden ha sido un producto del statu quo en Washington. Para bien y para mal. Durante años, el actual Presidente ha cimentado su prestigio en los pasillos del poder. Bien conocido entre los lobbies asentados en Capitol Hill, Biden ha sido muñidor de su propia carrera política. A tal objeto, ha pulsado todas y cada una de las teclas (familia, austeridad, solidaridad, probidad, entre otras) que proyectasen su figura como modelo simbólicamente poderoso. En el universo político estadounidense, la ejemplaridad debe ejercerse y manifestarse. El componente ético es alimento permanente de esa cosmovisión de valores y creencias.

En la conformación de su imagen pública, Biden ha sido consciente de su falta de naturalidad. Los calculados gestos de espontaneidad delatan su propia conciencia al respecto. Envarado en ocasiones, demasiado circunspecto en situaciones emocionales ajenas, Biden es el prototipo de la pulcritud política; a veces, hasta un extremo exasperante. Le falta la empatía de Clinton o la retórica de Obama. Pero es titular de una frialdad analítica que le permite trascender las coyunturas. Su capacidad negociadora ha sido un atributo de hondo calado senatorial. De ahí su habilidad para la autocontención, así como para desconectar de hechos enervantes y disgregadores que a otro interlocutor podrían superarle. Verbalizar sólo aquello que uno debe expresar en cada momento, no permitiendo ser arrastrado por terceros (políticos, periodistas, particulares) hacia aguas retóricamente pantanosas. Biden es reconocido como persona influyente más por lo que calla que por lo que dice. Incluso ha aplicado -en momentos tácticamente poderosos- adaptaciones propias a la regla del silencio incómodo.

La destreza de Biden para manejar situaciones potencialmente conflictivas es proverbial. Su astucia consiste en nunca dejarse arrinconar, aislar, manipular, usar, irritar, etc. No permitir que la otra parte marque su discurso institucional…pero que tampoco dirija su acción política. Biden se ha manifestado con contundencia en cuestiones acotadas (jamás de manera generalista), pero lo hace por sí mismo, no a remolque de nadie. Un político sin iniciativa propia es un lastre del presente y un olvido para el futuro. Sentido común aplicado mediante un cálculo de proporcionalidad política. Entre la luz y la oscuridad; en medio, el silencio o la palabra. El maestro Tagore. 

El final: un paso adelante y dos atrás.

El posicionamiento político de Biden ha sido funcionalmente ecléctico. Su alineamiento ha procurado ubicarse en la centralidad ideológica, donde pudiese captar votos y adhesiones tanto del progresismo como del conservadurismo. Biden tiene un olfato político de alta percepción. Su transversalidad busca sumar distintos adherentes, sin molestar a quienes no le apoyen en una convocatoria electoral singular…pero si pudieran hacerlo en la siguiente. Se trata de no cerrar puertas, ni generar exclusiones que, a la postre, se vuelvan contra él mismo.

El centrismo ha sido para Biden la solución basculante para contentar a unos y a otros. Sí a la vida, pero también sí al derecho a decidir en casos determinados de aborto. Sí a los programas sociales, pero sí también a medidas que incentiven la economía y favorezcan la creación de empresas. En Biden, aún cuando el discurso público es importante, su prioridad la tienen los acuerdos. Su  mensaje final procura ser una suma constructiva de elementos de origen diverso pero naturaleza complementaria. Hechos y resultados que ofrecer como rendición de cuentas a la sociedad por su gestión. Un enfoque positivista de la política que le granjeó dividendos empíricamente viables. Biden no dispone de una capacidad diplomática sinuosa, pero sí tiene la habilidad de aplicar a las relaciones internacionales la posibilista táctica posibilista del día a día. Fijación de posiciones, presión y negociación, identificación de fortalezas y vulnerabilidades, localización de límites mínimos y máximos para las contrapartes, aproximación en el entorno de esos itinerarios, entendimiento mediante cesiones y aceptaciones mutuas, táctica circular, acuerdo.

Biden es un dirigente hábil, un mandatario práctico, pero es improbable que pueda aposentarse como estadista plenamente institucionalizado. Carece del carisma, la asertividad, la visión, el talento analítico, el sentido de la Historia, y demás rasgos que determinan esa categoría. La prognosis de Stephen Skowronek es del todo pertinente también para desentrañar la Presidencia Biden. El tránsito entre poder y autoridad, por ejemplo, explica la coyuntura tanto del propio Biden como la de Trump. La pérdida de impulso que tiene la primera institución del país, es un hecho. La capacidad unificadora proyectada desde la Casa Blanca ha quedado ásperamente castigada.

Entre los errores de Biden aparece el rebasamiento de los límites en las relaciones con los grupos de poder e influencia. Los intereses –de toda especie- emergen; siempre. En Ucrania, Rusia, Estados Unidos, entre otros países, se conservan potenciales datos controvertidos que afectan a elites, particulares y dirigentes, empresas y corporaciones. El factor determinante para concluir su Presidencia dependerá de revelaciones que puedan afectarle, incluso indirectamente. La peritación que la Inteligencia norteamericana realice será decisiva: el control de daños sobre posibles implosiones de casos. Si la previsión fuese crecientemente peligrosa para la estabilidad institucional, los directivos de Inteligencia –en base a la práctica real, no a la doctrina formal, de Seguridad Nacional- deberán recomendar una salida lo más inocua posible. En ese supuesto, se aducirían los motivos elegantemente convencionales para vestir el escenario. La renuncia, la no continuidad, como solución tangencial. De alcanzarse un acuerdo con las contrapartes, quizá se pueda concluir la Presidencia. Quizá.