Servicios secretos en tiempos de guerra. Jaime Rocha

Hay que empezar por decir que los servicios secretos no se movilizan exclusivamente cuando se dan estas situaciones, sino que su actividad, la búsqueda de información de la máxima garantía para su gobierno, que le ayude a tomar las decisiones más acertadas, es más valiosa en el tiempo previo al inicio del conflicto armado.
Una parte de la información se centra en la operatividad y capacidades defensivas y  ofensivas de las Fuerzas Armadas del país objetivo, pero, aun siendo de importancia capital su conocimiento, lo es aún más las intenciones de quienes van a hacer uso de ellas, es decir los planes de operaciones que se estén proyectando. En cuanto a la primera información, operatividad y disposición de las FAS, hay una buena parte que puede adquirirse por medios técnicos, la inteligencia de señales (SIGINT), aunque es deseable la confirmación de esa información mediante agentes desplazados a la zona (HUMINT), o adquisición por medios humanos.
Los planes operativos están lo suficientemente protegidos, no solo por su clasificación de ALTO SECRETO, sino por encriptación y resguardo, de modo que solo sean accesibles a las personas autorizadas para ello. Este tipo de información se hace prácticamente imposible de adquirir por la inteligencia de señales y queda exclusivamente en manos de agentes infiltrados en los órganos políticos de decisión.
Así las cosas y por las declaraciones previas al conflicto hechas por el presidente norteamericano Joe Biden sobre los planes rusos de atacar Ucrania, es evidente que la CIA ha vuelto a acertar en sus previsiones. Sin ninguna duda, como pasaba en Praga en el 1989, todos los servicios de inteligencia tienen agentes en la zona y a su vez, los servicios de contrainteligencia rusos trataran de neutralizarlos.
Una vez iniciada la invasión militar entra en juego un nuevo factor, que los militares sabemos primordial: la moral de las Fuerzas Armadas cuando empiezan a producirse miles de muertes entre sus filas. Uno de los trabajos a realizar por los servicios de inteligencia seria contribuir, mediante desinformación, al deterioro de esa moral de victoria imprescindible para jugarte la vida. No entro en acciones de sabotaje en las retaguardias, mucho más complejo y difícil de realizar si no se cuenta con una infraestructura suficiente.

 

 

 

La leyenda negra. Jaime Rocha. I.

Discurso de ingreso en la Real Academia Hispanoamericana de Ciencias Artes y Letras

Comienzo mi intervención agradeciendo a esta Real Academia, y a sus ilustres miembros, el honor de su acogida y en especial a su directora por el trabajo y dedicación a esta institución cuyos frutos son bien palpables y reconocidos en toda Hispanoamérica.
Y, ¿cómo no? A mi querido amigo e ilustre académico D. Rafael Sánchez Saus por sus cariñosas palabras e inmerecidos elogios.
No ha sido fácil para mí elegir un solo tema del que hablar hoy en este solemne acto. Mi condición de marino me inclinó, en un principio, hacia los muchos y heroicos hechos llevados a cabo en tierras hispanas del Nuevo Continente, como se le llamó durante un  tiempo, por nuestra Armada y algunos de los más ilustres marinos como Jorge Juan o Blas de Lezo, por citar únicamente dos ejemplos, aunque destacables por sus actividades bien diferenciadas como la misión geodésica llevada a cabo por Jorge Juan en El Ecuador para medir la longitud de un arco de meridiano terrestre, cuyo propósito fundamental era comprobar la forma achatada de la tierra según la teoría de Isaac Newton, o la heroica defensa de la Cartagena colombiana de “Medio Hombre” como llamaban al guipuzcoano  Blas de Lezo por  sus numerosas heridas de guerra.
Abandoné pronto este propósito por ser hechos y personajes bien conocidos por los miembros de esta Real Academia.
Pensé más tarde en una cuestión de más actualidad a cuyo desempeño he dedicado buena parte de mi vida profesional: Los Servicios de Inteligencia. Su existencia se remonta a la más remota antigüedad, siendo citadas en la Biblia algunas acciones de inteligencia y espionaje, pero sin llegar tan lejos, recomiendo a quien esté interesado en el tema, el espléndido libro de mi buen amigo Fernando Martínez Láinez, titulado “Espías del Imperio”, que es la historia de los Servicios Secretos Españoles en la época de los Austrias.
Sobre este mismo tema he dado numerosas conferencias en muchas universidades españolas, unas con el título “Inteligencia y Seguridad” y otras con el de “Servicios de Inteligencia: Historia y Mitos” en la que cito a don Juan Velázquez de Velasco, militar, noble y Caballero de la Orden de Santiago, nombrado “Espía Mayor del Reino” por Felipe III o el magnífico y extenso Servicio de Inteligencia con que contaba el Rey Felipe II, del que se decía que obtenía mejor información que cualquier otro monarca europeo, lo que le permitía tomar las decisiones más acertadas.
En esas dudas estaba cuando empezaron a llegar a mis manos, algunos libros de distintos autores y nacionalidades sobre un tema que, sinceramente, creo que será del interés general: “La Leyenda Negra Española”
La Real Academia de la Legua Española lo define así: “Una leyenda es una narración de sucesos fantásticos que se transmite por tradición” y refiriéndose a la “leyenda negra”, dice: “Relato desfavorable y generalmente infundado sobre alguien o algo” y en nuestro caso ese alguien es España y su historia, fundamentalmente su actuación tanto en el territorio peninsular como en Europa y América.
Con anterioridad me he referido a lo que en términos muy genérales lamamos “inteligencia” que es de un valor incalculable en tiempos de guerra es, esencialmente, la información o la “desinformación” entre contendientes.
Decía el famoso estratega militar chino Sun Tzu en su conocido libro “El Arte de la Guerra”, escrito en el siglo V antes de Cristo, en el Capítulo XIII titulado “Sobre el uso de espías”: “Un ejército sin agentes secretos es como un hombre sin ojos y sin oídos”, es la batalla de la desinformación que consiste en escoger textos, noticias o cualquier información y exagerar los aspectos negativos del enemigo o se inventan con el único objetivo de menospreciarlo y descalificarlo entre los suyos, y, por supuesto, de que la verdad y la justicia está de nuestro lado y por lo tanto estaría justificada la lucha hasta conseguir su derrota.
Es en tiempos de guerra donde la información o desinformación tienen sus objetivos estratégicos para alcanzar la victoria, pero ¿Qué decir? o ¿Cómo calificar? Cuando estas leyendas y desinformaciones se producen en épocas de paz y normalidad y se repiten, amplían y documentan con nuevas y más graves mentiras, incluso entre países supuestamente aliados.
La Leyenda Negra antiespañola, en su narrativa contra la obra de España en Europa y América es pura invención, mentiras absolutas rodeadas de algunas verdades o medias verdades, una habilidad frecuente en este tipo de acciones: una gran mentira rodeada o ilustrada con medias verdades que introduzcan un elemento que dé idea de seriedad y corrección, aunque bien se ocupan en exagerar los aspectos más negativos, ocultando los méritos y hechos positivos realizados por los españoles.
La Leyenda Negra Española responde con asombrosa exactitud a lo que hemos definido como desinformación sobre el enemigo.
Nuestra Leyenda Negra tiene una característica diferencial a la que han sufrido o sufren otros países o “Imperios”, como muy bien narra en su obra “Imperiofobia y Leyenda Negra” la escritora española Elvira Roca. La escritora se refiere a los imperios romano, ruso, norteamericano y, naturalmente al español, cuya Leyenda Negra perdura tras más de cinco siglos de existencia.
Decía que la Leyenda Negra española tienen una característica diferencial muy importante y que es en gran medida la causa de su perdurabilidad: nace y se desarrolla fuera de nuestras fronteras, pero es, a partir de la guerra de la Independencia española a principios del siglo XIX con el enfrentamiento entre liberales y partidarios del Antiguo Régimen, cuando se instala para quedarse, dentro de nuestras propias fronteras, alimentada y ampliada por una de las dos partes en litigio.
Las dos Españas”, el poema de Antonio Machado, define con exactitud las causas de que, en poco más de un siglo, exactamente, ciento dos años, los que van desde 1834 a 1936, hubo cuatro guerras civiles, las tres carlistas de 1833, 1846 y 1872 para terminar ese periodo con la guerra civil de 1936, a las que se suman numerosos pronunciamientos.

 “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. 

Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.

 

En este marco de continuos y graves enfrentamientos entre españoles peninsulares la Leyenda Negra encuentra un caldo de cultivo muy apropiado para el desarrollo de bulos, mentiras y “desinformación”, que ya vimos que constituyen una poderosa arma para destruir al enemigo, solo que en este caso los enemigos eran los propios compatriotas. Ese factor tan importante y diferencial es la causa de que la Leyenda Negra española dure más de cinco siglos.
Viene aquí al caso el conocido verso del poeta catalán del siglo XIX, Joaquim Bartrina:

Oyendo hablar a un hombre, fácil es

Saber dónde primero vio la luz del sol

Si os alaba a Inglaterra, será inglés

Si habla mal de Prusia en un francés

Y si habla mal de España…es español

 

La Leyenda Negra antiespañola atribuye a nuestro país, no solo en el pasado, sino que perduran, injustos calificativos como la ignorancia, el fanatismo, genocida o enemiga del progreso y la modernidad.

Existe una pequeña controversia sobre quien acuñó con este nombre al conjunto de términos e historias negativas sobre nuestro país. Julián Juderías publicó a principios del siglo XX su obra: “La Leyenda Negra y la verdad histórica”, pero ya antes, Emilia Pardo Bazán en 1899 empleó este mismo término en una conferencia pronunciada en Paris.
El origen del término, tan apropiado, fue muy posterior al nacimiento de esa imagen y publicidad negativa cuyos comienzos se sitúan nada menos que a finales de la Baja Edad Media, cuando la hegemonía de Aragón en el Mediterráneo e Italia. En muchas ciudades italianas surgieron multitud de leyendas de todo tipo contra los españoles, acusándoles de ser una mezcla de judíos y moros, es decir, le daban la consideración de una raza inferior.
El mestizaje aparece ya a ojos de otros europeos como una lacra y no como una mejora de la raza, como defiende José Vasconcelos en su ensayo, publicado en Madrid en 1925, en inglés y español, con el título: “La Raza Cósmica”.

 El concepto de “raza cósmica” de Vasconcelos, merece mucho más que esta breve referencia, pero no quiero pasar por alto una cuestión tan importante.

Vasconcelos expresó la ideología de la “quinta raza” del continente americano como una aglomeración de todas las razas del mundo, sin distinción alguna, para construir una nueva civilización con aportaciones de conocimiento de personas procedentes del mundo entero constituyendo la

era universal de la humanidad”. 
La expresión “raza cósmica” engloba la noción según la cual los conceptos exclusivos de raza y nacionalidad deben ser superados. Junto con un grupo de intelectuales mejicanos en la década de 1920 declararon que los Iberoamericanos tienen sangre de las cuatro razas primigenias del mundo: roja de los amerindios, blanca de los europeos, negra de los africanos y amarilla de los asiáticos, creando así la “raza de bronce”, enriquecida por las aportaciones de distintos orígenes.
Se opone Vasconcelos a las ideas de Charles Darwin, calificándolas de meras teorías científicas, creadas con el único objetivo de validar y explicar la superioridad racial que justifica la represión de otras, ofreciendo, Vasconcelos, un optimista futuro para el desarrollo de la “raza cósmica
La aparición de la imprenta en el siglo XVI, en plena época de enfrentamientos entre España, Inglaterra y Holanda, facilita la divulgación y transmisión de noticias procedentes de América y la publicación de la primera edición del libro de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destrucción de las Indias”, ya de por si crítico con los primeros años de la colonización española, fue traducido a otros idiomas y convenientemente exageradas las críticas del fraile dominico.
No obstante, el carácter crítico de la obra, no fue censurado en España y circuló libremente hasta ciento ocho años después, en 1660, cuando la Inquisición española decretó su prohibición. Esta obra provocó una reunión en Valladolid en 1542 de una comisión nombrada por el Rey Carlos I para oír al padre Las Casas y estudiar el problema, dando lugar a la redacción de las Leyes Nuevas. Años más tarde estas leyes fueron reformadas en el sentido de integrar a los pobladores de las tierras americanas en las estructuras españolas y favoreciendo el mestizaje. Ya en 1514 se habían autorizado los matrimonios interraciales.
El hecho de la aparición de la imprenta fue fundamental y lo sigue siendo en la actualidad para la difusión de la Leyenda Negra. Son los libros los difusores de la leyenda, los que la llevan por todo el mundo, por tanto, fundamentalmente, de libros vamos a hablar. Existe mucha literatura en uno y otro sentido, como difusores de la leyenda o como defensores de la historia hispana.
Ya hemos dicho que la aparición de la imprenta en el siglo XVI fue un factor determinante para la rápida expansión de la Leyenda Negra, pero no en toda la geografía europea o americana tuvo los mismos componentes ni la misma aceptación.
En Italia la amenaza de la hegemonía aragonesa en el Mediterráneo a las ciudades – estado italianas, la llegada de la familia valenciana de los Borgia que dio dos Papas, Alejandro VI y Calixto III, el dominio militar de Nápoles y la atribución del saqueo de Roma exclusivamente a españoles, cuando habían participado un número muy superior de protestantes alemanes, alimentó la proliferación de leyendas negativas atribuyéndoles asesinatos y violaciones masivas.
En Alemania, surge un nacionalismo alemán, originado en las guerras religiosas del siglo XVI, que presentan a los españoles como colaboradores de judíos y musulmanes, pero defensores a ultranza del Papa. A Alemania llegan también numerosos holandeses expulsados de Flandes que contribuyen con su narración para nada favorable a los españoles.
En Francia, enfrentada con España en múltiples guerras desde finales del siglo XV, incluyendo las que tuvieron lugar sobre suelo de la península italiana, hasta finales del siglo XVI entre Felipe II y Enrique II, propiciaron las fuertes críticas a nuestros reyes a los que calificaban como crueles, avaros y violentos. Atacaban los franceses las represiones hispanas en Flandes. La obra más conocida es “Antiespañol” de Antoine Arnauld, publicado en 1590. Los aportes de algunas figuras destacadas como Montesquieu, Voltaire y Rousseau atacaron a la España “atrasada y clerical”, como un reflejo de la lucha entre los liberales y el Antiguo Régimen. Los ilustrados franceses asociaban a España con la intolerancia y el fanatismo.

 

Espías de novela

Lo cierto es que el personaje del espía ha fascinado a los novelistas y cineastas desde antiguo. Una fascinación que algunos atribuyen a que soluciona problemas fundamentales del entramado novelesco: un sujeto literario atrayente y la relación entre trama e intriga, que vienen dadas “per se” con el personaje.

 

El espía es un extraño, una personalidad que reúne en sí mismo los ingredientes de las mejores novelas de suspense: la falsa identidad, el engaño, la conspiración, el poder oculto y el riesgo que la acción del espía comporta.

 

Para lograr una buena novela de espías el tratamiento literario es esencial. Solo las historias de espías bien contadas consiguen pasar a la categoría de literatura. Lo importante no es el encasillamiento sino el contenido. No importa demasiado la catalogación sino la calidad, y en eso, como en todo, habrá obras buenas, malas y regulares. La literatura de espías es un género, de acuerdo, y podríamos añadir: a mucha honra, porque en realidad no existe literatura sin género.

Quizá lo más importante cuando hablamos de novela de espías sea remarcar la diferencia neta que existe entre la novela negra y la de espionaje. La literatura de espías siempre refleja la cara oculta de los intereses internacionales, políticos y económicos de los Estados. Es novela eminentemente política, una variante de la literatura de signo criminal aplicada a la Razón de Estado, teniendo en cuenta que el crimen y la política de Estado van a veces de la mano.

Lo que entendemos por literatura de espías, algunos la remontan a los tiempos antiguos. Aparece en la Biblia, en el libro de Josué, en la historia de Sansón y Dalila, y en la de Judith y Holofernes. Aparece en la leyenda del Caballo de Troya, en Heródoto y en las campañas de Julio César, y se consolida con la aparición de los primeros servicios secretos modernos: la Monarquía Hispana, Inglaterra, Venecia y Rusia en tiempos de Iván el Terrible, el creador de la primera policía secreta política.

Poco a poco, el espionaje fue creciendo en los siglos XVII y XVIII y en el siglo XIX adquirió importancia hasta convertirse en una técnica subalterna del poder, y en ocasiones en la base del poder mismo.

En el siglo XX, además del espionaje militar, político y económico, se consolidó el espionaje industrial y tecnológico, y este último, a través de la informática, está determinando una nueva realidad: la realidad virtual, en la que el mundo ha quedado atrapado y contaminado por la falsa información que nos rodea permanentemente, y en la cual el espionaje se mueve como pez en el agua. Un fenómeno que suscita interrogantes sin resolver y revive la paradoja de considerar si los servicios secretos son el verdadero poder fáctico de la política, el guardián de los secretos de los gobiernos. Y en tal caso, quién vigilará a los vigilantes, a los manejadores de los espías que controlan la información que decide el destino de los países.

Se suele atribuir al norteamericano James Fenimore Cooper la primera novela de espías moderna, publicada en 1821, con un título que no deja lugar a dudas: El espía; pero el siglo XIX fue muy parco en novelas de espionaje. No es hasta 1901 cuando el británico Rudyard Kipling pública Kim, la historia de un complot ruso contra los intereses británicos en el norte de la India, el ámbito geográfico de lo que desde entonces se conoce como el Gran Juego geoestratégico en el corazón de Asia, la encrucijada continental donde tantas veces se han cruzado los destinos del mundo.

Además de algún episodio suelto de Sherlock Holmes que trata el espionaje, el polaco britanizado Joseph Conrad se erige como uno de los iniciadores del género con su obra El agente secreto. Casi al mismo tiempo Erskine Childers pública en 1903 El enigma de las arenas, una trama que descubre un plan alemán para invadir Inglaterra, dando arraigo en las novelas de espías a la fobia anti alemana que perduró durante largo tiempo en el tratamiento literario de muchas obras de corte semejante.

Finalizada la Primera Guerra Mundial se editan miles de testimonios escritos sobre la contienda que dejan poca literatura de espías de calidad, y casi toda ella englobada en lo que llamaríamos “literatura popular”, con un claro matiz partidista de buenos buenísimos y malos malísimos que hoy resulta demasiado convencional poco convincente. Destacan en esta etapa autores como John Buchan, con Los 39 escalones, novela llevada al cine por Alfred Hitchcock, y sobre todo Somerset Maugham, que trabajo en la realidad como agente secreto inglés en Suiza y Rusia durante el tiempo de la Gran Guerra y la Revolución Bolchevique , y publicó Ashenden, una de las cumbres del relato corto de espías.

Dos escritores famosos que tratan de los turbios asuntos políticos y de agentes secretos del período de Stalin y la Internacional Comunista ( la Komintern) son el francés André Malraux y el húngaro nacionalizado británico Arthur Koestler.

Malraux tiene dos novelas clásicas sobre agentes de la Internacional Comunista : Los conquistadores y La condición humana. En cuanto a Koestler, trabajó clandestinamente para la Komintern en el Partido Comunista alemán y, descubierto como espía, fue condenado a muerte en España por el bando de Franco. Koessler salvó la vida de milagro, canjeado por un rehén, y es autor de unas memorias muy interesantes para entender lo que fue el espionaje en Europa, cuando ya se presagiaba la Segunda Guerra Mundial.

A grandes rasgos, después de esta contienda, aparecen novelas de espionaje que en muchos casos sirvieron de argumento cinematográfico. Mencionemos por ejemplo La noche de los generales, del alemán Hans Kirst, Ha llegado el águila, de Jack Higgins, o La isla de las tormentas, de Ken Follet. La lista en este sentido es muy larga.

Los norteamericanos, pese a su papel decisivo en la contienda mundial, y aunque son los mayores consumidores de novelas de espionaje, tienen pocas obras de calidad sobre el tema, aunque cuentan con novelas tan excepcionales como El fantasma de Harlot, de Norman Mailer ; y lo mismo ocurre con los soviéticos, que solo han dejado para el lector hispano, antes del derrumbe de Telón de Acero, algunos nombres como Julián Semiónov, creador de una serie sobre el agente secreto Stirlitz, y el escritor y coronel Vladimir Bogomólov, con una novela titulada En agosto del 44.

En la época de entreguerras adquirió gran difusión la novela de espionaje popular y de entretenimiento, puramente comercial, que en la mayoría de los países adquirió un tono marcadamente chovinista. La reacción a esta tendencia vendría de autores como el ya citado Somerset Maugham; Eric Ambler, con la novela La máscara de Dimitrios, o Graham Green, con novelas que reflejan el escepticismo y la ruina moral de unos espías que no son ni heroicos ni audaces, sino personas corrientes envueltas en situaciones que les superan, con dilemas y planteamientos alejados de la literatura de simple entretenimiento.

Títulos como El tercer hombreEl americano impasibleNuestro hombre en La Habana o- más tardíamente- El factor humano, son novelas de espionaje de gran calidad, muy críticas con el sistema político-social imperante, y con el propio engranaje de los servicios secretos. Están en una línea muy opuesta a otros autores como Ian Fleming (que sirvió durante la guerra en la inteligencia naval) y sus millones de lectores, con historias llevadas al cine convertidas en mito colectivo y fenómeno extraliterario encarnado en el personaje James Bond. Una fantasía sin apenas conexión con el espionaje real, apoyada por un aparato publicitario y mediático de alcance mundial que termina derivando en planteamientos extravagantes, alejados de cualquier atisbo realista bajo la fórmula de las tres eses: sexo, sadismo y esnobismo.

La reacción a esta escuela de violencia descabellada, con imitadores de bajo nivel, se produce hacia 1960 con dos autores fundamentales: Len Deighton y sobre todo David Cornwell, más conocido por el seudónimo de John le Carré.

Len Deighton pasó por diversos empleos de poca monta hasta alcanzar de golpe la notoriedad con la novela El archivo de Ipcress, popularizada en el cine con el personaje Harry Palmer, una especie de anarquista observador y solitarioEs un relato bien construido, a base de monólogos elípticos y sarcásticos que alcanzó gran éxito, y al que siguieron otras novelas como Funeral en BerlínJuegos de guerra y la trilogía El juego de BerlínEl set de México y El partido de Londres, donde los conceptos y valores de la Guerra Fría aparecen desdibujados en un juego de sombras y antihéroes perdedores.

Llegamos por fin, en este brevísimo recorrido de la narrativa de espionaje, al maestro de la novela de espías y patrón que da nombre al Club organizador de este Congreso. Hablamos, claro está, de John le Carré, erigido en guía y modelo de la novela de espías contemporánea.

A Le Carré le sobrevino la fama de golpe con la novela El espía que llegó del frío, cuyo protagonista- Alec Leamas- es un individuo decepcionado que se hace matar cuando cruza el muro de Berlín.

Hay una frase de Le Carré en esta novela que revela fielmente la visión desengañada y ácida del espionaje en el tiempo de la Guerra Fría: “¿Qué cree usted qué son los espías? (se pregunta el protagonista de la novela): ¿sacerdotes, santos, mártires? en realidad forman una sórdida profesión de tontos vanidosos, de traidores… gentes que juegan a los policías y ladrones para amenizar en algo su vida miserable”.

John le Carré trabajó para la inteligencia británica hasta que triunfó como escritor. y su actividad secreta quedó al descubierto con las revelaciones del famoso agente doble Kim Philby, cuando este dio por terminado su disfraz y se pasó públicamente al bando de Moscú.

La lista de las obras de Le Carré, con títulos tan imperecederos como El topoLa gente de SmileyLa casa Rusia o El honorable colegial, aportan un panorama necesario para el entendimiento del submundo del espionaje, en el que se manejan altas dosis de burocracia, cinismo y amoralidad política. Un ambiente de señuelos y simulaciones que Le Carré conoce de primera mano, aunque ha repetido muchas veces que básicamente él se considera escritor y que su actividad en el espionaje fue accidental. “El mundo del espionaje- declaró en una entrevista- es para mí solo la extensión del mundo en que vivo. Por eso lo he poblado con mis propios personajes. Pues en definitiva soy un novelista. Yo produzco obras de imaginación. Relató historias.»

El más famoso de los personajes de Le Carré es George Smiley. Un hombre próximo a los 60 años dedicado al contraespionaje, bajo, regordete, apacible y miope, que ha estudiado en Oxford y a quien su mujer engaña con frecuencia sin que él parezca darse por aludido.

En resumidas cuentas, la moderna literatura de espías (que no debe ser confundida ni con el thriller ni con la novela negra) tiene hoy acreditada su identidad como género con una larga tradición. Nació en el siglo XIX con escritores de primera fila, y alcanzó su etapa más brillante el tiempo de la guerra fría tras la Segunda Guerra Mundial.

El espionaje, como instrumento de poder, ha sabido amoldarse a todos los cambios históricos y es una herramienta necesaria en el juegos político, militar y económico de los gobiernos y los Estados.

En el ámbito de la ficción, el espía sigue siendo un personaje cuya relevancia permanece inalterable. Los espías de novela ejercen, además, una especie de atracción que alcanza a todos los públicos, no solo en el terreno literario sino en el periodismo, el cine o la televisión, porque suscita un mundo de secretos, engaños e intrigas de amplia aceptación popular, y permite atisbar verdades casi siempre ocultas en las versiones oficiales.

Los secretos constituyen siempre un material de interés humano de primera clase. Todo el mundo se muere por conocerlos, aunque sean de ficción, y – además- la realidad y la ficción van muchas veces entremezcladas, como en la vida misma, y en algunos casos es imposible distinguirlas.

En el caso de España, a pesar de haber dispuesto de un servicio de inteligencia de primer orden en los siglos XVI y XVII, acorde con la época de su apogeo histórico, la novelística dedicada al mundo de los espías, no ha tenido hasta ahora demasiado recorrido, pero se han publicado ya bastantes obras que entran de lleno en el género, con escritores destacados, aunque algunos de ellos no reivindiquen el género como tal.

Lo que algunos autores han denominado la “escuela española del espionaje” es un concepto abierto a la creación de una narrativa de personajes y situaciones vinculados a España, y en líneas generales se trata de un territorio literario todavía poco explorado.

Figuras del espionaje hispano como el gallego Diego Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar, o el vasco Juan Idiaquez, jefe de espionaje de Felipe II, son nombres prácticamente desconocidos para muchos lectores españoles. Y lo mismo cabe decir de las actividades secretas de escritores como Cervantes o Francisco de Quevedo, cuyas vidas aventureras tendrían que haberse popularizado en novelas, películas y series de calidad desde una visión hispana, lo que por desgracia no sucede.

Quizá el autor que más ha incidido en estos temas desde una perspectiva popular es Manuel Fernández y González, cuyas novelas decimonónicas, hoy casi olvidadas, vienen a ser equivalentes a las de Alejandro Dumas en Francia, con títulos como El cocinero del Rey o El pastelero de Madrigal, que tratan argumentos relacionados con los servicios secretos y asuntos de Estado en épocas históricas de la España de los Austrias.

El primero en introducir la guerra secreta en la contienda civil española de 1936 fue Graham Greene, en la novela El agente confidencial, que trata de la misión de un profesor español encargado de conseguir en Inglaterra carbón para la causa republicana. Pero sobre otra guerra civil, la carlista de 1833, tenemos la magnífica saga histórica de Pío Baroja con el personaje del conspirador y espía Eugenio de Aviraneta. Se trata de un conjunto de novelas que ofrecen uno de los testimonios literarios más importantes de la primera mitad del siglo XIX español.

En conclusión, aunque haya excepciones notables, la novela de espías española se ha movido con el lastre editorial de tener que imitar modelos literarios ajenos (sobre todo procedentes del mundo anglosajón) antes que intentar reflejar con argumentos y personajes propios el pasado histórico o la realidad actual que directamente nos concierne, como sí ocurre con otros géneros novelísticos.

El caso es que tenemos temas literarios de sobra, pero faltan oportunidades y medios para desarrollar un género como la novela de espías, que debería aportar muchas de las claves político-estratégicas del caótico mundo actual, con decisiones secretas tomadas desde las alturas gobernantes, a las que el gran público casi siempre permanece ajeno, que deciden la suerte de millones de personas.

Por todo ello vemos en este primer Congreso de Andorra que ahora empieza una gran oportunidad de relanzar la narrativa de espías española, fomentando así la cultura de inteligencia como una pieza básica del conocimiento que permita acercar los problemas geopolíticos de nuestro tiempo al gran público, al ciudadano de a pie, al lector corriente deseoso de conocer el entramado oculto que protege las verdaderas razones del poder.

Por último, quisiera terminar estas palabras agradeciendo a todos los presentes su participación en este Congreso andorrano. Espero que este encuentro, en cuyo futuro confiamos, se mantenga a partir de ahora como un punto de referencia permanente de la literatura de espías en España y Andorra.

Apuntes sobre la teocracia talibán.

Rafael Fraguas.

La teocracia es un tipo de sistema sociopolítico en el cual el poder se justifica y ejerce mediante la invocación a la divinidad. Dios sería el origen y el fin último de toda teocracia. No es patrimonio exclusivo de ninguna religión, pues se configura entorno a muchas de ellas. Este sistema salta hoy al primer plano de la actualidad, encarnado en los estudiantes coránicos afgano-pastunes, talibán, que tratan de aplicarlo, a golpe de fusil ametrallador, tras haber recuperado el poder en Afganistán. Después de veinte años de ocupación militar y presencia política estadounidense, su retirada ha precipitado el acceso fulminante de los enturbantados combatientes islamistas al poder en Kabul, la capital del país. El rasgo diferencial que les caracteriza es que entienden y aplican el Islam como una religión teocrática, plenamente politizada. La fe proclamada en un Dios único se sitúa en el arco de bóveda de sus creencias.

La teocracia islámica que los talibanes se proponen aplicar no debiera extrañar mucho a quienes, desde Occidente, saben de qué trataban los regímenes confesionales en los que el poder político era considerado, asimismo, de origen divino. Recordemos la inscripción estampada en las monedas españolas: “Francisco Franco, Caudillo de España por la gracia de Dios”, vigente aquí hasta años después de la muerte del dictador en 1975. 

La teocracia talibán presenta, sin embargo, singularidades aún más específicas. En su aplicación a la vida social, la característica más llamativa y sangrante consiste en una estricta feminofobia que aparta, segrega e invisibiliza totalmente a la mujer de la vida social, laboral y académica, para recluirla en el hogar. Además, las mujeres así excluidas, se ven sometidas a una sospecha incesante que lleva asociado un régimen punitivo desde el que se escrutan y fiscalizan todos los aspectos de su conducta. El atuendo, obligadamente velado, es todo un símbolo de esta humillante percepción machista. Los castigos abarcan todo un repertorio que incluye desde los latigazos hasta la lapidación a muerte. 

En cuanto a la proyección social del discurso talibán, este queda fijado hacia una proyección de ultratumba. Se trata de una especie de predestinación, que remite al Paraíso el premio por las penalidades y los sufrimientos vividos por el creyente en este mundo terrenal. Por otra parte, sitúa en un Infierno a los réprobos y transgresores de un código de conducta basado en la observancia escrupulosa y, sobre todo, obsesiva, de normas interpretadas, generalmente, de forma leonina por quienes disponen del poder, asociado a las armas. El inmovilismo social sería el correlato del islamismo en clave talibán. El progreso mundano es irrelevante y solo cobra sentido si está referido a la grandeza de Dios, al que no se le pueden aplicar categorías o atributos humanos de ningún tipo por adquirir en el islam talibán una dimensión cósmica, suprahumana. La iconofobia islámica, la inexistencia de imágenes de Alá y de Mahoma, consideradas blasfemas, explicaría esta particularidad.

Hierocracia

Comoquiera que cada teocracia es aplicada por distintos supuestos intérpretes de los designios divinos -a saber, reyes, dictadores, sátrapas o espadones de todo pelaje, siempre varones-, en Afganistán cabe afirmar que estamos en presencia de una hierocracia, es decir, un Gobierno teocrático de los sacerdotes y sus pupilos. Es una casta de hombres de religión, solo varones, sin otra cultura que la derivada de los estudios coránicos seguidos en las madrasas, a la que añaden cierta instrucción en el manejo de armas automáticas. 

Se trata de estudios cuyo origen y sustancia, incambiados, se sitúan en el siglo VII de nuestra era, en una codificación del contenido del libro sagrado, el Corán, realizada por el califa Otman en torno al año 650, es decir, décadas después de las revelaciones recibidas directamente por el árabe quraysí Abulkasem, más conocido con el nombre de Mahoma, por boca del ángel Gabriel en una gruta cercana a La Meca. Allí, el futuro profeta del Islam había asumido la condición de hanif, eremita, antes de extender combativamente por la península arábiga, a partir del año 632 de nuestra era, la nueva religión monoteísta a él revelada y enfrentada a quemarropa contra el politeísmo idólatra hasta entonces allí imperante. El islamismo considera Profetas a Abraham y a Jesús de Nazareth –Mahoma sería el último de los Profetas de las religiones del Libro, Islam, Cristianismo y Judaísmo- y rinde reverencia a la Virgen María. El término “musulmán” significa hijo de Salomón, otro dato más de algunos de los sincretismos procedentes de otras religiones que el Islam incluye en su acerbo.

Los cuatro inmediatos sucesores de Mahoma implantarían el denominado Califato Perfecto, hasta su escisión entre sunníes y chiíes. Posteriormente, el Islam, merced a la caballería, se expandiría por Siria y Persia -país éste no árabe-, desde donde irradiaría al resto del mundo, sobre todo a lo largo de la arabidad, por África del Norte y Central, más Asia Central y meridional e, incluso, por el Extremo Oriente, con total implantación en Indonesia y potente asentamiento en Filipinas. Según distintas estimaciones, el Islam cuenta hoy con unos 1100 millones de creyentes distribuidos en cincuenta países.

El modelo chií

De la estirpe de Mahoma, que casó en distintas nupcias, solo sobrevivió una hija, Fátima, esposa de su primo y yerno Alí, padres asimismo de Husein y Hassan, considerados mártires y ser asesinados en distintas conjuras. Por descender de Alí, los clérigos de una rama del Islam, principal minoría de esta creencia, el chiísmo, se reclaman del linaje del Profeta. El chiísmo es la religión mayoritaria en Irán y en la costa oriental saudí. Ayatollahs, hoyatoleslamajunds, respectivamente grado máximo, medio y bajo del clero chií, pertenecientes a este linaje, se tocan la cabeza con turbantes negros, emamé shía, a diferencia de quienes, de distintas estirpes, lucen turbantes blancos, emamé safid

Religión victimista, singularizada por una resiliencia muy acentuada, el chiísmo permite la práctica de la ocultación, taquiya, con objeto de preservarlo. La revolución inicialmente progresista y antiimperialista iraní, que derrocó la monarquía pro-estadounidense del sha Reza Pahlevi en 1979, sería ulteriormente hegemonizada y monopolizada por el clero chií, que estableció en Irán una República Islámica que ha servido de modelo pionero al surgimiento del Islam más politizado en distintos escenarios como el de Afganistán y desde diferentes corrientes doctrinales no solo chiíes.

La corriente islámica mayoritaria en el mundo es la sunní. El clero sunní -y también el chií, gestionan y aplican de modo inmediato la sharia, prolija legislación islámica, ya que el Islam es una de las religiones más judicializadas del mundo pues posee un repertorio exhaustivo de normas para regir la vida social, familiar e, incluso, la intimidad personal de cada fiel. La creencia y declamación monoteísta de la unicidad de Dios; el rezo, en prosternación, de la oración cinco veces al día; la peregrinación, hajj, a La Meca una vez al año; más el zakat, el diezmo o impuesto, son algunos de los principios básicos del islamismo en todas sus corrientes y sectas. Su simplicidad facilitó su expansión.

Lo fundamental de la religión islámica es la centralidad que Dios ocupa en la vida, social, política, económica…en todos sus aspectos. No es que los islámicos desdeñen el progreso social, ni el bienestar y el avance de los pueblos sino que, si estos no comparecen en la escena versados hacia Dios, merecen ser plenamente descartado. Ese teocentrismo, vertebrado en torno a un orden divino, es el componente fundamental de la teocracia en clave islámica. Por ello, el anarquismo es considerado por el Islam como consustancial al ateísmo y principal pecado en términos sociopolítico-religiosos.

Claves de la Yihad

El clero chií y el talibán sunní, pese a ciertas distinciones doctrinales, despliegan una militancia política muy comprometida y perpetua. Pero el clero no media entre el creyente y la divinidad, ya que entre ambos se establecen lazos comunicativos individualizados. La denominada Guerra Santa o Yihad, no consiste, como solemos creer, en algo similar a aquellas escenas de las películas del Lejano Oeste cuando cientos de jinetes pieles rojas, alineados sobre la arista de una loma, recibían la orden del cabecilla y descendían en tropel sobre el llano para cercar y atacar a los colonos. No. La Yihad es una llamada individualizada que experimenta el musulmán cuando cree ver en peligro el Islam. Y es entonces cuando asume el compromiso individual de propagar, ideológicamente, con la enseñanza incluida en el Libro Sagrado, el mensaje coránico. El Corán es considerado palabra misma de Dios.

Según algunos analistas, aquí reside el verdadero nudo desde el cual se desencadena la beligerante violencia de quienes se reclaman de la Yihad: al no existir mediación alguna entre el individuo y la divinidad, puesto que el clero gestiona tan solo aspectos normativos, no propiamente teológicos, de la vida comunitaria cotidiana, cualquier deformación psicopatológica del creyente, de cuño esquizoide o psicótico, puede llevarle a interpretar esa llamada interior, esa especie de vocación, como una incitación a tomar las armas para defender al Islam en peligro. Esto daría lugar a una aberración criminal, de origen psicopatológico, por cuanto que las religiones, y el Islam no es una excepción, son estrategias de supervivencia colectiva; incluso raramente legitiman el tiranicidio. 

Hay sin embargo factores no estrictamente doctrinales, sino sociales y subculturales, que fortalecen ciertas formas de conductas esquizoides en entornos culturales árabes, al igual que en entornos occidentales, estadounidenses o europeos, existen determinantes psicosociales de conductas patológicas derivadas, por ejemplo, de frecuentes neurosis obsesivas o paranoides. Pero tales desviaciones conductuales en clave criminal no tienen fundamento doctrinal ni en el Cristianismo ni en el Islam.

Los talibanes practican pues un Islam rigorista, de cuño sunní, que conciben como un sistema de creencias y de prácticas que configuran una religión política. No obstante, muestran influencias doctrinales, políticas pues, y apoyos económicos enjundiosos de otras corrientes islámicas, señaladamente la wahabita establecida por la monarquía de Arabia Saudí. 

Ruralismo feudal

El sunnismo talibán tiene una poderosa base social en el campesinado afgano. Los campesinos viven allí bajo un régimen feudal, con grandes propietarios de tierras, cultivos de opiáceos y regadíos, que son a la vez señores de la guerra, prebostes etno-tribales potentemente armados y con huestes dotadas de experiencia en guerra de guerrillas. Como sucede en tantas otras latitudes, por la condición rural de su estructura social, cada campesino afgano está sometido en buena medida a las imprevisibles modificaciones meteorológicas; tanto, que sus efectos sobre las cosechas, de las cuales pagan cuotas al señor feudal que les arrienda las tierras, determinan la vida propia y la de sus familias. Ello aproxima a su equipaje cultural y doctrinal niveles elevados de superstición. Es precisamente esta cercanía a la superstición la que lleva a algunos tratadistas a considerar que los talibanes aplican un tipo de islamismo deformado, caracterizado por una aplicación no solo estricta, sino desproporcionadamente rigurosa y supersticiosa, fetichizada, de los preceptos coránicos enunciados e inmutables desde hace quince siglos. 

Eminentemente rural, Afganistán posee una extraordinaria relevancia geoestratégica por hallarse incrustado en el corazón del Asia Central. Acreditan su relevancia geopolítica sus fronteras de origen colonial con China, Pakistán e Irán, no lejos de la Federación Rusa y de la India. Sin embargo, las fronteras auténticas existen entre las más de veinte etnias distintas –la hegemónica es la pastún, de religión sunní-, que junto con hazaras, de lengua persa y religión islámica chií, más takiyos, uzbekos, aymaq y baluchis, entre otras, pueblan tan montañoso territorio. Las etnias mayoritarias se extienden asimismo por países vecinos, destacadamente Pakistán, con importante presencia pastún, e Irán, que cuenta con al menos dos millones de refugiados afganos, señaladamente hazaras, tocados con el famoso gorro al modo de tarro invertido, pakol.

El poder interno real talibán -sus aliados exteriores son poderosos, como Arabia Saudí y, sobre todo, Pakistán- se basa en una alianza entre el campesinado pobre del extenso medio rural y los señores de la tierra y de la guerra; a ellos se asocia el lumpen-campesinado emigrado a las ciudades que no ha logrado integrarse en el medio urbano, cuyas periferias habitan.

Represión, repliegue y retorno

La ocupación militar estadounidense y británica, junto con la de otros aliados de la OTAN, a partir de 2002, desencadenó una represión feroz contra comunidades talibanes, inicialmente apoyadas por y aliadas de Washington, entre 1979 y 1989, para expulsar a los ocupantes soviéticos; posteriormente el régimen talibán, vigente entre 1996 y 2002, sería acusados de dar apoyo y refugio a Al Qaeda de Osama Ben Laden, al que se atribuyeron los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington. Replegados sobre las montañas del interior del país y gozando del santuario de retaguardia merced a la osmótica frontera meridional afgana con Pakistán, el movimiento talibán resistió aquellos embates. Hoy, ya con el poder en la mano, los talibanes ven una oportunidad de desquite y venganza

Con extrema sutileza, los estudiantes coránicos se han apropiado del relato ancestral y potencialmente nacional de un país atribulado por la guerra y la codicia foránea, que carece de historia nacional escrita y propia. En un salto de quince siglos, ellos, los talibanes, conectan nuestra actualidad con los cuatro primeros Califas, que establecieron el Emirato Perfecto que ellos aspiran hoy a reeditar, tras distintas experiencias como la emprendida –y a la postre fallida y militarmente derrotada en Siria y el Norte de Irak- por el Daesh, el Califato Islámico.

La duda suspendida hoy en el aire concierne al destino de millones de afganos y afganas que no sintonizan con esa forma desvirtuada de la religión islámica. Pero hoy, para su desgracia, se encuentran en manos de un belicoso colectivo, hasta ayer armado con meros fusiles ametralladores y a partir de hoy, ya en poder de un gigantesco arsenal desplegado irresponsablemente en Afganistán por los mercaderes de armas más codiciosos del mundo. La materia prima de los opiáceos, que se cultiva extensivamente en el país afgano, también permanece ya en poder talibán. Las armas del dogma se ven ahora pertrechadas por las armas de guerra, por la irresponsabilidad de los jugadores de un Gran Juego geoestratégico, que desde hace siglos pivota erráticamente sobre los desolados y escabrosos parajes de un país atribulado por la opresión social, la ambición y el atraso a los que sus pueblos se ven cruelmente sometidos.  

Biden superviviente de sí mismo (y 2)

José Sanmartín

¿Un futuro sin porvenir?

Donald Trump, con su carga atrabiliaria de prejuicios, agravios y creencias, transformó a la derecha estadounidense de manera más profunda de lo que parece. En un tiempo record, el que fue primer Presidente de adscripción paleoconservadora impulsó la emotividad como palanca decisiva para expandir su ideología. El paleoconservadurismo trumpista marcó un catálogo de prioridades: a la creación de empleo dentro del país, contra la deslocalización de empresas estadounidenses, a favor de comerciar preferentemente con países desarrollados, a dedicar el dinero norteamericano para favorecer a sus propios ciudadanos, etc. La asertividad del trumpismo contra la industria política le hizo ganar adeptos en una parte de la sociedad, harta de fastos y lujos por parte de la clase dirigente. Clases medias y trabajadoras agotadas de pagar impuestos al tiempo que perciben un decreciente nivel de vida.

El aumento del empleo durante la Presidencia Trump fue un éxito indiscutible, entre otros. De ahí su ascendiente entre amplias capas sociales de cuello azul; los cinturores industriales, los barrios populares, los empleados y los asalariados que refrendaron a Trump lo hicieron –mayormente- por su gestión de la economía, su discurso patriótico y populista, además de su proyección de un antielitismo que afirmaba la preeminencia de los que realmente hacen frente a los viven de ellos. Estados Unidos y sus laboriosos ciudadanos, primero; dentro y fuera del país. Con esa divisa en el frontispicio de su pensamiento, Trump realizó acciones encaminadas a ponerlas en práctica. Hechos, soluciones; respuestas a las demandas populares. Además, el Presidente republicano confirió a las clases medias y populares un status de protagonismo exacerbado. Para quienes se sentían –y se sienten- abandonados por Washington (eufemismo maníqueo focalizador de toda malignidad procedente de las elites) ese reconocimiento de su Presidente era –y es- irrenunciable alimento espíritual. La causa aparece en el malestar profundo -larvado durante más de una generación- contra lo que se percibe como política de elites ejecutada por las sucesivas castas gobernantes en el Capitolio y la Casa Blanca. Trump explotó ese intenso dolor entre las clases medias -también de condición humilde- que trabajan y pagan impuestos, pero que se sienten marginadas de su propio “American Dream”. 

El sentimiento compungido entre amplios sectores de la sociedad civil es la de haber sido expulsados del paraíso, sin culpa ninguna. Convertidos en parias dentro de su nación, degradados a empleos precarios y cada vez peor remunerados, sin acceso a servicios médicos o educativos de calidad, no pocos trabajadores norteamericanos votaron –a través de Trump- contra las multinacionales y las corporaciones de Estados Unidos que externalizaban sus factorías e industrias en el extranjero, precarizaban la situación laboral de los obreros y profesionales en su país, etc. Las medidas fiscales de Trump contra los productos de empresas norteamericanas fabricados en el exterior, fueron inmensamente populares entre esas colectividades de trabajadores –incluyendo a los desempleados por el cierre de fábricas en el país-. Si Biden no es capaz de recuperar empleo dentro de Estados Unidos, los profesionales, obreros y empleados –fabriles o no- que apoyaron tácticamente al Partido Republicano, considerarán al Presidente demócrata como una ratificación del elitismo que ignora y desprecia a la mayoría social. En ese contexto, todos los escenarios –también los peores- quedan abiertos. Biden está obligado a realizar una política inclusiva, no sólo en el plano retórico, sino sobre todo en su dimensión material.

La exposición de los resultados, la explicación de los hechos, es el mejor argumentario. Recuperar la deslocalización de empresas norteamericanas fuera del país, e intentar a la vez la recuperación del empleo, será imposible. La estructura productiva de Estados Unidos no soportará esa contradicción. Lo cual repercutirá negativamente sobre las cifras de empleo. Aunque el paro se pudiese mitigar (o camuflar) mediante draconianas reformas laborales, la calidad de los puestos de trabajo será campo de batalla donde se producirán la mayor parte de heridas y bajas. El American Dream inoculado en la psicología nacional jamás aceptará –en modo alguno- el fracaso que supone para una generación posterior disponer de menos recursos y posibilidades que la generación anterior.

Biden se enfrenta a esa coyuntura histórica; debe aportar soluciones e ideales, al unísono. Él es parte constitutiva de esa casta de políticos profesionales que –desde la formulación trumpista- encarna el parasitismo solidificado en la democracia, a la que vampirizaría. La victoria de Biden puede malograrse en su gestión, si la Administración Federal no atiende el deseo de la mayoría social, que exige transparencia plena, meritocracia absoluta, igualdad de oportunidades, políticas de recuperación de empleo, entre otras medidas. La rabia, la desesperación, el agravio, también son fuentes de combustión electoral para ciudadanos que se sienten desamparados. Éstas personas apoyarán a quien aporte soluciones reales a sus problemas acuciantes. Joseph Biden y Kamala Harris tienen su oportunidad; aquí y ahora. Si la malogran, el pueblo buscará la solución en otro espacio, de otra manera. 

Ni los éxitos de Trump, ni sus fracasos, fueron tales. De forma no sólo  intuitiva, Trump logró identificar deficiencias del sistema político… y los aprovechó a su favor (con burda asertividad y teatralizada agresividad en ocasiones). Se presentó como un “outsider”, asumió las peticiones largamente reclamadas por ciudadanos (pero tradicionalmente ignoradas por los dirigentes convencionales, tanto demócratas como republicanos), revistió esas exigencias sociales de un halo asertivo de populismo y electoralismo, hizo sentirse protagonistas a los marginados por la alta política, entre otras medidas. Pero también tuvo la inteligencia práctica de fundir su pensamiento paleoconservador con los objetivos de esa mayoría social. Eso le hizo ganar las primarias republicanas y, luego, la elección presidencial.

A Trump le perjudicó más su déficit de urbanidad y su superávit de exposición. Su hiriente expresividad política le causó más efectos contraproducentes que los contenidos de lo que transmitía. Su escasez de espíritu constructivo, su exceso de dogmatismo maníqueo, además de su impulsividad y agresividad, condujeron a Trump a un callejón sin salida. Sus alineamientos demagógicos fueron estridentes en el ruido, pero su decantación hacia lo divisorio y lo segmentador dentro de la sociedad, generó una ruptura y, ésta, un conflicto todavía irreductible. El proceso autodestructivo desde la alta política estadounidense podría ir a peor, si Biden y los siguientes Presidentes no restañan las heridas sociales. La hiper-politización de la sociedad estadounidense ha producido daños sociales irreparables. Los populistas de toda especie e ideología recurren obscenamente a la apelación de las emociones para ganar adhesiones irredentas.

El irracionalismo se expande –e impone- en una cultura política tradicionalmente admirada por el legado del “common sense”, por ejemplo. Pero el nuevo acervo de sentido común exige altura de miras, sentido de Estado, atención hacia lo social, respeto a lo individual, soluciones para la inmensa mayoría de ciudadanos, etc. Se trata de un proceso, no de un sofisma. Una cultura política donde las ideologías excluyentes –con sus inevitables maniqueísmos y sectarismos- queden reemplazadas por un “approach” basado en el gradualismo sincrético. Vuelta a la formulación –y ejecución- de políticas que incorporen medidas transversales y positivas. Ello requiere de estadistas, no sólo de jefes de facciones en partidos. Lo que pierde Thomas Paine, lo gana James Bryce. Sin embargo, se trata de un problema afectante a todo Occidente, no sólo a Estados Unidos. La aplicación de la lógica, del análisis equilibrado, de la ponderación de hechos, quedaron aparcados como un trasto inservible por parte de demagogos populistas. Fobias y filias; he aquí las rudimentarias (primitivas, casi salvajes, pero efectivas) coordenadas sobre las que los nuevos radicales -retóricos- asientan su creciente poder.

La democracia como mecano.

El apoyo a Biden lo ha sido también para racionalizar la política en Estados Unidos. No se trata de una inversión en su partido como proveedor de una ideología monolítica. Lo que se buscaba –incluso por los conservadores moderados que votaron a Biden- era una reconducción hacia la normalidad institucional. Los excesos del anterior Presidente debían superarse, pero los déficits identificados y explotados por Trump siguen sin resolverse. La Historia siempre vuelve; de hecho, la Historia nunca se evade. Biden se juega todo en esa encrucijada. Si no logra rebajar el divisionismo existente en el país, se malogrará una oportunidad única. Ante ese fracaso para la reunificación de la sociedad, el sistema político también podrá activar el relevo del actual Presidente. Ello requeriría que la Vicepresidenta Harris disponga del tempus político necesario para erigirse como una líder natural de la conciliación. Lo consiga o no, el reloj ya está en marcha. 

La conmoción que supuso la revuelta contra Capitol Hill en enero de 2021, dejó otra fractura abierta en la sociedad norteamericana. Esa herida sigue supurando. Resulta inquietante que masas fanatizadas (mayormente a través de internet) emprendiesen una marcha hacia la sede parlamentaria para “recuperar” su democracia, que rebasasen las líneas policiales, y accediesen a los edificios nobles. La violencia acaecida allí retrata una situación grave en tanto hay ciudadanos (demasiados) realmente convencidos de que les han “robado” las elecciones presidenciales. Las teorías conspirativas –hasta paranoicas- campan a su aire a causa del desarraigo social y la orfandad institucional sufrida por numerosos norteamericanos. Parece harto difícil razonar con hechos y argumentos con quienes ven agravios y persecuciones pues ellos las padecen en primera persona (o así lo interiorizan). Lo que se percibe como hecho, aunque no lo sea, se acaba convirtiendo en parte de la realidad (por inmaterial que fuere).

A día de hoy, no existen pruebas documentales fehacientes de fraude electoral deliberado. Los errores detectados en varios recuentos no afectan al resultado final. Sin embargo, el cúmulo de validaciones y demostraciones nunca serán suficientes para una extensa parte de la población (no se trata de minorías fanáticas e iluminadas). El asentamiento en la psicología popular de la existencia de una conspiración masivamente orquestada para dominar al Gobierno Federal y controlar a la sociedad, permanecerá como nutriente –activo, no pasivo- de la política nacional.

Una inextricable dificultad acaece cuando los rumores se imponen a los hechos, las efectivas hipótesis conformadas (por delirantes que sean) se convierten en inefectivos “resultados confirmados” (por indemostrables que sean). Esta disfunción tiene un poderoso efecto atractor. Si el equipo de Biden incurriese en esa vía fácil -que aporta votos a costes mínimos-, sería el principio de un final anunciado. El populismo no se combate con más populismo. El único sendero transitable para rebajar el irracionalismo y recuperar la cultura serenamente democrática, requiere –para la Adminitración Biden y las siguientes- de un esfuerzo añadido en resolver los problemas sin dogmas políticos, ni jactancia humillatoria o divisoria de unos contra otros.

Una habilidad demostrada en Biden es su resiliencia. El Presidente tiene capacidad para esperar. El cálculo de los tiempos políticos ha sido un punto fuerte en su desempeño institucional. Sabe cuando dar un paso atrás, incluso retirarse, antes que exponerse a una erosión grave. Merced a esa visión estratégica, Biden ha eludido escándalos que a otros políticos les habría acarreado su fin. Aguantar es vencer; irse ahora para regresar después al mismo escenario… del que Biden nunca ha faltado. No obstante, la Presidencia será su útlima etapa institucional. Toda retirada aquí sería definitiva. El Presidente se juega su lugar en la Historia y en la sociedad estadounidense.

 Biden ha sido un producto del statu quo en Washington. Para bien y para mal. Durante años, el actual Presidente ha cimentado su prestigio en los pasillos del poder. Bien conocido entre los lobbies asentados en Capitol Hill, Biden ha sido muñidor de su propia carrera política. A tal objeto, ha pulsado todas y cada una de las teclas (familia, austeridad, solidaridad, probidad, entre otras) que proyectasen su figura como modelo simbólicamente poderoso. En el universo político estadounidense, la ejemplaridad debe ejercerse y manifestarse. El componente ético es alimento permanente de esa cosmovisión de valores y creencias.

En la conformación de su imagen pública, Biden ha sido consciente de su falta de naturalidad. Los calculados gestos de espontaneidad delatan su propia conciencia al respecto. Envarado en ocasiones, demasiado circunspecto en situaciones emocionales ajenas, Biden es el prototipo de la pulcritud política; a veces, hasta un extremo exasperante. Le falta la empatía de Clinton o la retórica de Obama. Pero es titular de una frialdad analítica que le permite trascender las coyunturas. Su capacidad negociadora ha sido un atributo de hondo calado senatorial. De ahí su habilidad para la autocontención, así como para desconectar de hechos enervantes y disgregadores que a otro interlocutor podrían superarle. Verbalizar sólo aquello que uno debe expresar en cada momento, no permitiendo ser arrastrado por terceros (políticos, periodistas, particulares) hacia aguas retóricamente pantanosas. Biden es reconocido como persona influyente más por lo que calla que por lo que dice. Incluso ha aplicado -en momentos tácticamente poderosos- adaptaciones propias a la regla del silencio incómodo.

La destreza de Biden para manejar situaciones potencialmente conflictivas es proverbial. Su astucia consiste en nunca dejarse arrinconar, aislar, manipular, usar, irritar, etc. No permitir que la otra parte marque su discurso institucional…pero que tampoco dirija su acción política. Biden se ha manifestado con contundencia en cuestiones acotadas (jamás de manera generalista), pero lo hace por sí mismo, no a remolque de nadie. Un político sin iniciativa propia es un lastre del presente y un olvido para el futuro. Sentido común aplicado mediante un cálculo de proporcionalidad política. Entre la luz y la oscuridad; en medio, el silencio o la palabra. El maestro Tagore. 

El final: un paso adelante y dos atrás.

El posicionamiento político de Biden ha sido funcionalmente ecléctico. Su alineamiento ha procurado ubicarse en la centralidad ideológica, donde pudiese captar votos y adhesiones tanto del progresismo como del conservadurismo. Biden tiene un olfato político de alta percepción. Su transversalidad busca sumar distintos adherentes, sin molestar a quienes no le apoyen en una convocatoria electoral singular…pero si pudieran hacerlo en la siguiente. Se trata de no cerrar puertas, ni generar exclusiones que, a la postre, se vuelvan contra él mismo.

El centrismo ha sido para Biden la solución basculante para contentar a unos y a otros. Sí a la vida, pero también sí al derecho a decidir en casos determinados de aborto. Sí a los programas sociales, pero sí también a medidas que incentiven la economía y favorezcan la creación de empresas. En Biden, aún cuando el discurso público es importante, su prioridad la tienen los acuerdos. Su  mensaje final procura ser una suma constructiva de elementos de origen diverso pero naturaleza complementaria. Hechos y resultados que ofrecer como rendición de cuentas a la sociedad por su gestión. Un enfoque positivista de la política que le granjeó dividendos empíricamente viables. Biden no dispone de una capacidad diplomática sinuosa, pero sí tiene la habilidad de aplicar a las relaciones internacionales la posibilista táctica posibilista del día a día. Fijación de posiciones, presión y negociación, identificación de fortalezas y vulnerabilidades, localización de límites mínimos y máximos para las contrapartes, aproximación en el entorno de esos itinerarios, entendimiento mediante cesiones y aceptaciones mutuas, táctica circular, acuerdo.

Biden es un dirigente hábil, un mandatario práctico, pero es improbable que pueda aposentarse como estadista plenamente institucionalizado. Carece del carisma, la asertividad, la visión, el talento analítico, el sentido de la Historia, y demás rasgos que determinan esa categoría. La prognosis de Stephen Skowronek es del todo pertinente también para desentrañar la Presidencia Biden. El tránsito entre poder y autoridad, por ejemplo, explica la coyuntura tanto del propio Biden como la de Trump. La pérdida de impulso que tiene la primera institución del país, es un hecho. La capacidad unificadora proyectada desde la Casa Blanca ha quedado ásperamente castigada.

Entre los errores de Biden aparece el rebasamiento de los límites en las relaciones con los grupos de poder e influencia. Los intereses –de toda especie- emergen; siempre. En Ucrania, Rusia, Estados Unidos, entre otros países, se conservan potenciales datos controvertidos que afectan a elites, particulares y dirigentes, empresas y corporaciones. El factor determinante para concluir su Presidencia dependerá de revelaciones que puedan afectarle, incluso indirectamente. La peritación que la Inteligencia norteamericana realice será decisiva: el control de daños sobre posibles implosiones de casos. Si la previsión fuese crecientemente peligrosa para la estabilidad institucional, los directivos de Inteligencia –en base a la práctica real, no a la doctrina formal, de Seguridad Nacional- deberán recomendar una salida lo más inocua posible. En ese supuesto, se aducirían los motivos elegantemente convencionales para vestir el escenario. La renuncia, la no continuidad, como solución tangencial. De alcanzarse un acuerdo con las contrapartes, quizá se pueda concluir la Presidencia. Quizá.

Biden, superviviente de sí mismo (1)


José J. Sanmartín


El inicio como retorno permanente: “Celtic” vuelve a casa


El Secret Service asignó a Biden el nombre en clave “Celtic” tras incorporarse como candidato a Vicepresidentedel Partido Demócrata en las elecciones de 2008. Durante su etapa como Vicepresidente (2009-2017) extendió sus redes de influencia al objeto de conferir solidez a la Presidencia de Barack Obama. Lo aprendido en la tradición católica fue relevante para definir su posibilismo constructivo. Se previenen errores, porque se detectan antes. Si la acción es el núcleo dinamizador de la política, la prudencia es su núcleo estabilizador. Biden siempre ha procurado mantener un equilibrio entre ambos vectores; en caso de colisión, su elección ha sido nítidamente manifestada en público: la sensatez como activo institucional. No cabe libertad sin responsabilidad; y viceversa. Somos libres conforme asumimos nuestro deber. La obligación de ser nos impulsa a la ayuda al prójimo, al bien común. Los preceptos redentores del catolicismo han sido para Biden un firme asidero doctrinal y moral. A ello se añade su liberalismo social, profundamente influido por la doctrina social de la Iglesia, junto a un aristotelismo tamizado pero atento a la mesocracia, el equilibrio y el término medio.  

Al mismo tiempo, el origen irlandés de Biden ha sido un dividendo activado con su mesura habitual. He aquí la idea de comunidad nacional, la sensación de pertenencia a algo mejor y mayor, la constatación de un continente de hechos y sentimientos llamado Estados Unidos. Desde su concepción imbricadora de la política, consideraba que las herramientas son válidas en la medida que se aporten dividendos a todas las partes. Un corredor de fondo sabe que lo pertinente es disponer de puntos de apoyo a lo largo del recorrido. No se trata de ser el más rápido, ni siquiera el mejor preparado técnicamente; quien realmente perdura en una carrera es el que tiene recursos hábilmente distribuidos tramo a tramo. Esto es, la clave está en adaptar los recursos a los objetivos; y a la inversa. Biden buscaba conectores con los votantes de origen irlandés, con los católicos en general, pero también con aquellos de cualquier otra procedencia nacional y confesión religiosa (cristiana o no). Nadie quedaba fuera de su analísis por sus ancestros, creencias o valores. Se trataba de encontrar espacios de encuentro que facilitasen la interacción entre personas y comunidades. Lo individual y lo colectivo; la libertad y la sociedad, en definitiva.

El origen de Biden explica en parte las pulsiones que han gravitado sobre su vida. Trasladado de niño con su familia de un Estado de la Unión a otro, formado en universidades ajenas a la Ivy League, trabajó en la administración de propiedades para compensar sus moderados ingresos en un despacho de abogados. Su condición de joven esposo y padre de familia numerosa, le hizo multiplicarse a nivel laboral para atender las crecientes necesidades domésticas. 

De joven, Biden nunca pareció serlo. Se casó a una edad en que otros todavía están embarrancados con estudios varados, proyectos difusos y utopías inasibles. El peso del deber en el hogar católico de los Biden era una necesidad, y casi una urgencia. La suya fue una carrera donde se asumían responsabilidades y se tejían conexiones. Su entrada en política era el paso inevitable. A los 29 años logró su entrada en Capitol Hill, pero de forma peculiar: para quedarse. Biden ha sabido construir una imagen de eficiente servidor público.

Desde el primer momento de su carrera política en Washington, Biden enfatizó la voluntad de proyectarse como un representante del pueblo marcado por su corrección política. Él ha incorporado como ningún otro político de su generación la mesura y la idoneidad de las palabras en su discurso público. Las vulnerabilidades de Biden se ubican –mayormente- en ámbitos privados de variable interacción con intereses no conciliables (incluso entre sí). La máxima fortaleza del actual Presidente ha sido su capacidad de resistencia ante las adversidades. El hombre joven con prisa que a los 29 años logró su elección como Senador, pudo haber visto truncada su incipiente carrera política cuando el 18 de diciembre de 1972 su familia sufrió un terrible accidente automovilístico. Su esposa y su hija de 1 año fallecieron, pero sus dos hijos quedaron heridos y convalecientes. La figura de Biden quedó prácticamente mitificada alrededor de ese dolor sincero. Su juramento como Senador lo hizo en la habitación del hospital donde cuidaba de sus hijos.

La historia personal de Joseph Robinette Biden Jr. ha sido una lucha para afirmarse frente a los imponderables e, incluso, los imposibles. La suya es una carrera de obstáculos, a veces puestos por él mismo. El clásico senador personifica la doctrina del escalador en política: entrenar, preparar, avanzar, consolidar… Porque tan importante o más que alcanzar metas, para Biden ha sido misión fundamental el aseguramiento de cada status institucional logrado. Esa pauta de crecimiento calculado puede ser verificada en su desarrollo electoral. El 7 de noviembre de 1972 consiguió una victoria mínima sobre el candidato republicano, pero ganó el escaño de Representante por Delaware. Del 50`5 % de votos entonces (frente al 49’1 % de su antagonista conservador Boggs), ya el 7 de noviembre de 1978 logró la reelección con una notable ventaja: Biden obtuvo el 58 % frente al 41 % de votos conseguidos por su contendiente republicano,  Baxter.

Esa tendencia se amplió en las siguientes dos reelecciones de Biden comprendidas en un período de 12 años. Sin embargo, el ciclo posterior de reelecciones manifestó un estancamiento de apoyo al senador demócrata en 1996; incluso con un ligero retroceso porcentual en 2002 (aquí sus votos sumaron el 58’2 % del total frente al 40’8 % del candidato republicano). Mas, una vez desplegadas al máximo sus capacidades políticas (resiliencia, reacción, regeneración), en su última reelección como Senador, Biden logró una victoria contundente: el 64’7 % frente al 35’3 % conseguido por la candidata republicana O’Donnell. Ese triunfo estratégico el 4 de noviembre de 2008 marcó su poder político en la inmediatamente posterior elección de Barack Obama como Presidente de Estados Unidos.

            La sanación de la sociedad.

Las palabras curan; las soluciones alivian. El tono educado del actual Presidente, su calculado ejercicio de la empatía, le genera herramientas de alta rentabilidad política. Aunque carente del grado superlativo de destreza ejercido por Clinton durante sus dos mandatos, Biden ha demostrado un nivel medianamente aceptable en comunicación política. Sin embargo, un punto fuerte reside en sus habilidades para alcanzar acuerdos, lograr ententes y mejorar relaciones. La agenda de Biden ha crecido imparable durante sus años en el Senado y en la Vicepresidencia, nutrida de contactos valiosos. Negociaciones que llevan a la amistad (real o tangencial), vínculos sellados con el intercambio de favores (hipostasiadamente dentro de la legalidad y/o moralidad).

Biden elude las colisiones frontales, evita el descarrilamiento de trenes, neutraliza el radicalismo excluyente; su visión (negociadora, transaccional, elástica) reposa sobre la necesidad de aportar algo a todas las partes, a las que hace protagonistas de su propia política, pero –a cambio- asume lo máximo que puede de ellas. Biden nunca deja a nadie con las manos vacías, pero tampoco llenas a rebosar. Su objetivo es apuntalar y vivificar los objetivos de cada programa electoral. El contrato suscrito con el pueblo debe cumplirse en la mayor parte del mandato. Sus postulados nunca colisionan con el planteamiento oficial del Democratic Party, pero el senador supo expandir la frontera. La socialización del ideario demócrata requería la apertura hacia otros ámbitos de la sociedad. La conformación de una posición pública por parte de Biden comporta un proceso minucioso de estudio. El análisis ponderado de opciones se basa en correlaciones de fuerza, consecuencias previsibles (no siempre deseables), efectos concomitantes, presunción de beneficios y perjuicios, etc. Así, Biden puede defender políticas a favor de la familia, la libre elección ante el aborto, y recibir en 2016 el más prestigioso reconocimiento para un católico en Estados Unidos: la Laetare Medal (junto al republicano John Boehner).

Conviene reconocer que Biden no cierra puertas de tránsito variable como suelen hacer los dogmáticos. Tampoco asume compromisos de imposible cumplimiento como suelen hacer los temerarios. Biden fundamenta su acción institucional en la negociación entre bastidores, y en la fructificación en público. Es un político, no un estadista; pero un mandatario que ha aprendido de las equivocaciones propias y ajenas. La identificación de activos ha sido una fortaleza en su actividad como legislador. Nadie como Biden sabía avanzar cuando el campo de batalla lo permitía, o detenerse ante dificultades manifiestamente insoslayables.

La clave está en permanecer a resguardo cuando las inclemencias arrecian, evitar el desgaste en batallas imposibles, tender puentes con los contendientes no tanto para atraerles a su favor, sino para eludir convertirse en objetivo prioritario de sus ataques. Durar en el tiempo; a tal efecto, resulta necesaria limitar la erosión política. No saber (o no querer) desactivar las fuentes debilitadoras de un dirigente político, comporta incurrir en un proceso inexorable de decadencia del propio poder. He aquí la muerte escalonada de una carrera profesional. Biden nunca ha aceptado un cargo ni asumido una alta responsabilidad (por tentadoras que fuesen) que potencialmente le pudiese crear más restas que sumas, más divisiones que adhesiones. Un político que dice sí a todo, es un político que dice no a sí mismo.    

Status frente a idealismo.

La cultivada imagen de prudencia –asumida desde el imaginario público- ha sido una constante en su actividad política. Biden ha preferido retraerse o inhibirse antes que dar pasos donde no estaba asegurado ni el resultado inmediato, ni el rédito final. La conservación de su propio status ha constituido su objetivo prioritario. Se trata de un dirigente cauto, inmune a la imprevisión y a la temeridad. Su búsqueda de soluciones transaccionales le ha conducido al sincretismo ideológico, con la pretensión de sumar y no restar.  

En buena lógica, apenas existen declaraciones o manifestaciones suyas que comporten ataques furibundos, insultos personales o descalificaciones exacerbadas. Una habilidad del Senador Biden fue no clausurar rutas que pudiera ser necesario transitar a medio o largo plazo. La astucia política le conducía a atemperar el tono, a proveer un vocabulario atento a las partes concernidas en cada caso o votación; invertir en futuro mediante la compra de tiempo presente. En el Senado, Biden procuraba desmontar sólo los argumentos contrarios a su propuesta, pero era exquisitamente cuidadoso de no herir en lo personal a sus antagonistas parlamentarios. El cálculo del francotirador.

Los puentes, siempre tendidos. Las posiciones, nunca tensionadas. Su discurso jugaba la carta institucional, más allá de lo puramente partidista. Biden era consciente que lo perentorio en política, no perdura. En cambio, aquello a lo que se confiere un status elevado, resulta positivamente motivador. Por tanto, la disposición de Biden requería neutralizar todo sesgo –por mínimo que fuese- de contenido, o apariencia, excluyente. La inclusión de los otros, la incorporación de ideas y propuestas que pudiesen galvanizar la inteligencia emocional de los votantes de aquellos líderes con los que Biden tuviese que negociar, era su forma de presionarles. Sin la habilidad retórica de Clinton, pero sincopado a la capacidad comunicadora de Obama, su Vicepresidente jugó de forma variable con una ventaja cualitativa: la conciencia de sus vulnerabilidades y fortalezas.

En ese contexto, Biden impulsaba el posibilismo como paso necesario para la superación de disparidades excluyentes; el programa electoral estaba por encima de la ideología política. De esta manera, la doctrina y sus inevitables dogmas cedían ante una visión integradora, incluso potencialmente dispersa, de lo que debía auspiciarse. El precio a pagar se tradujo en ocasiones a través de una difuminación del grado de compromiso en materias decisivas. Con la rebaja ideológica en los preceptos del Partido Demócrata, Biden se sumó al grupo que reactivó el pragmatismo para mejor conseguir los objetivos de los demócratas. El Estado del Binestar, el apoyo a sectores vulnerables por parte del Federal Government mediante políticas sociales, una cobertura sanitaria más amplia, entre otras medidas, fueron impulsadas durante la Presidencia de Bill Clinton. Además, se reforzó la economía, las empresas dispusieron de un apoyo fundamental, se incentivó la prosperidad también entre las clases medias, etc. En definitiva, se trataba de aunar el idealismo tradicional con los resultados empíricos; quedaba demostrada la eficacia de la nueva fórmula demócrata, donde la fiscalidad se mantenía en unos parámetros racionales. Al mismo tiempo, se actuaba enérgicamente para ayudar a quienes sufrían desamparo, pero se fomentaba un desarrollo económico e industrial importante.

Entre las vulnerabilidades de Biden aparecen aspectos que podrían generar una crisis. La construcción de redes con determinados apoyos internacionales puede generar disfunciones en el futuro de Biden. De darse ese escenario, lo previsible es que Biden abandone el escenario con la creíble excusa de la edad, la verosimilitud del deber cumplido, o la apelación a una causa de fuerza mayor (la salud, u otra). Conforme a su tradición, el sistema político norteamericano protegerá sus valores máximos, elevados a la categoría de sacralidad laica. La figura presidencial interactúa como un Sumo Pontífice de la religión política –y patriótica- que vertebra al país. Si Biden no incurre en errores graves durante su etapa presidencial, el sistema le evitará un escarnio público. Pero si el actual Presidente no es capaz de proyectar un discurso integrador y positivo para el conjunto de la sociedad, es altamente probable que reciba un correctivo; de ser así, los medios de comunicación ejercerán como heraldos de la fatalidad.

La realidad vigente hasta el momento es que Biden difunde un mensaje de conciliación entre los norteamericanos, pero no tanto de reconciliación. El acutal Presidente adopta una posición ambiciosa en los medios pero conformista en los objetivos. Falta una apelación inclusiva a los valores clásicos del país, falla el reconocimiento a los problemas que sufre una parte sustancial de la población. La tercera vía buscada por el Presidente Biden reposa en un momentum precario entre las hipotecas que tiene con las elites y los deberes hacia el pueblo soberano. Un término medio aristotélico que permita el equilibrio entre creencias y credos, valores objetivos y percepciones subjetivas, no aparece definido. El Presidente emerge alineado a una orientación clásica –livianamente ortodoxa, aunque no extrema- del Partido Demócrata. Tras el mandato sañudamente politizado de Donald Trump, lo que el país necesita es un líder más moral que ideológico, más pragmático que dogmático. La desradicalización en la sociedad se impone como tarea indispensable. La exclusión de unos contra otros, el lacerante maniqueísmo que elimina todo debate sana y educadamente racional -entre otros hechos graves- lastran hoy lo que en tiempos pretéritos fue ejemplo de mentalidad democrática y sociedad abierta.

En la medida en la que Biden sea eficiente para trascender la politización e reintroducir elementos de racionalidad democrática, logrará sostener la estabilidad institucional. La hoja de ruta en esa dirección exige gestos compasivos, integradores y despolitizados. La inclusión de todos en un mismo universo de valores compartidos: la democracia constitucional como hogar común de todos los estadounidenses; lo cual debe transmutarse en hechos, logros y soluciones de plástica concreción en la vida de sus conciudadanos. Todo lo que sean generalidades, perecerá. Por tanto, se impone la cultura del diálogo constructivo, de la rendición de cuentas, de la responsabilidad, etc. En definitiva, el ejercicio del Buen Gobierno como encuentro entre el pueblo soberano que se siente escuchado y las instituciones que gestionan la provisión de soluciones. Si esa reconciliación se realiza, Biden habrá triunfado. Pero la sustitución de un maniqueísmo por otro -de un irracionalismo por otro- generaría una inevitable pérdida y una irreversible derrota para la sociedad; todo ello se cobraría una implacable factura.  

La conspiración de Babington y España. (I)

Carlos Carnicer.

María Estuardo, reina de Escocia y durante un breve período también de Francia por su matrimonio con Francisco II, era hija de Jacobo V de Escocia y de María de Guisa. A la muerte prematura de su padre, María de Guisa decidió enviarla a la corte francesa, donde en aquel momento sus parientes, la poderosa familia de los Guisa, procedentes de Lorena, había alcanzado gran ascendiente sobre el rey de Francia Enrique II. Criada entre las hijas de este monarca francés, fue prometida y se casó finalmente con el primogénito de Enrique II y Catalina de Médicis, Francisco, en 1558. La inesperada muerte de Enrique II en 1559 convirtió a María Estuardo repentinamente en reina de Francia junto a su esposo Francisco II. En su escudo se presentaría como reina a un tiempo de Francia, de Escocia y de Inglaterra también. Esta provocación nunca sería olvidada por su prima Isabel I, que había ascendido al trono inglés en 1558.

La clave de las difíciles relaciones entre estas dos reinas estaría siempre complicada por la sangre y la religión. Isabel, hija de Enrique VIII y María Bolena, había devuelto a Inglaterra al protestantismo después de la restauración católica emprendida durante su reinado por su hermanastra María Tudor. La escocesa María Estuardo era católica y tenía derechos legítimos a la corona inglesa. Para los católicos de toda Europa, los únicos derechos que contaban. Una combinación amenazante para Isabel I y todos los protestantes de la isla.

Tras la muerte de Francisco II en 1560, María Estuardo se trasladó a su reino escocés y vivió un turbulento reinado. Acosada por las rebeliones nobiliarias, la división entre católicos y protestantes (estos apoyados desde la vecina Inglaterra) y la propia vida accidentada de la joven reina, que terminó en 1568. Huyendo de la derrota de sus partidarios en la batalla de Langside, se refugió en la vecina Inglaterra solicitando el amparo de Isabel. Pero solo consiguió convertirse en su prisionera durante los siguientes casi veinte años, hasta su muerte. Detrás dejó a un hijo de apenas dos años al que nunca más volvería a ver, Jacobo VI, quien años más tarde se convertiría en el sucesor de Isabel I con el nombre de Jacobo I, rey de Inglaterra y Escocia.

La España de Felipe II tuvo que dar un giro completo a su política heredada de los reinados de los Reyes Católicos y Carlos V. El enemigo prioritario de España era Francia. Escocia era el aliado tradicional de Francia, mientras que Inglaterra había sido un socio de España frente a los franceses. Hasta 1568, por difíciles que se hicieran las relaciones con la protestante Isabel I, Felipe II estaba interesado en mantener una Inglaterra fuerte que dominara a Escocia, cabeza de puente de la presencia francesa en las islas británicas. Pero todo eso cambió por múltiples y coincidentes razones en torno a 1568.

Los problemas de Felipe II en Flandes, las campañas piráticas inglesas en América, la ruptura diplomática y la guerra no declarada que se desarrolla entre ambos reinos de 1568 y 1571 cambian la perspectiva con la que se contempla a María Estuardo y a Escocia desde Madrid. La católica y cautiva reina escocesa es ahora un valioso peón en la estrategia de España en el norte, vital a causa de la guerra en los Países Bajos. Desde ese momento y hasta  su ejecución en 1587, María Estuardo va a estar en el centro de todos los planes católicos para destronar a Isabel I y reimplantar el catolicismo en las islas. Directa o indirectamente, España se va a ver implicada en todos los proyectos que buscan lograr este objetivo ya desde 1568, en los que están implicados el papa y los Guisa.

En la década de 1580 España comienza a superar el bache de la bancarrota de la bancarrota de 1575 y del hundimiento de la autoridad real en los Países Bajos. Con las treguas con el imperio turco en el Mediterráneo desde 1578, se produce un desplazamiento de las urgencias de la monarquía hispánica hacia el Atlántico y hacia el norte. La unión dinástica con Portugal, la alianza con los Guisa y la liga católica en Francia y las victorias del príncipe de Parma en los Países Bajos reconstruyen el poder militar español. Todo ello hace aún más tensas las relaciones con la Inglaterra de Isabel I, y más relevante el papel de María Estuardo como opción deseable para España.   

El último acto de las relaciones entre Felipe II y María Estuardo va a ser la llamada conspiración de Babington, el postrer complot que tiene como centro a la católica reina cautiva y que terminará provocando el enjuiciamiento y condena a muerte de María. El asunto es complejo y enmarañado y tiene todos los visos de haber sido en buena parte —como las anteriores conspiraciones para destronar a la reina de Inglaterra Isabel I— diseñado o, cuanto menos, controlado (si no dirigido) por el propio gobierno isabelino. Así que intentaremos explicar con claridad todas las circunstancias que lo rodean.

La sombra del asesino de Orange.

En 1583, gracias a la ingenuidad del embajador francés en Inglaterra, Castelnau, que no se había enterado de que toda su correspondencia con María Estuardo llegaba a la mesa del secretario de estado inglés Francis Walsingham por la traición  de su secretario Courcelles, Isabel I pudo indignarse con la doblez de su prima, que a un tiempo animaba a Castelnau a apoyar al conspirador Throckmorton en su designio de eliminarla, mientras a la vez negociaba con ella para que le permitiera recuperar el trono escocés por un acuerdo de asociación para reinar conjuntamente en Escocia con su hijo Jacobo VI. Por supuesto, esta asociación, que significaba la liberación de María y la vuelta al trono escocés, debía ir acompañada del compromiso de no reclamar los derechos a la corona inglesa hasta la muerte de Isabel. De esta manera, la fracasada conspiración de Throckmorton tuvo la fatal consecuencia de romper definitivamente las negociaciones entre María e Isabel y, sobre todo, de que ésta jamás volviera a confiar en la buena voluntad de su prima cautiva. También repercutió en las relaciones con España: el último embajador español en Londres, Bernardino de Mendoza fue expulsado de Inglaterra.

La alarma de Isabel y su gobierno llegó hasta la histeria cuando unos meses después, en julio de 1584, el líder de la revuelta neerlandesa contra Felipe II, Guillermo de Orange, caía abatido en su propia casa en Delft por los disparos de un agente al servicio de España, Balthasar Gérard. El paralelismo con lo que podía sucederle a Isabel I en cualquier momento era evidente. Como en el caso de Isabel, Guillermo de Orange había sido objeto de conspiraciones contra su vida casi desde el principio de su rebelión, que hasta entonces habían fracasado. Pero finalmente, la sentencia de muerte contra él se había por fin ejecutado. Daba la impresión de que solo era una cuestión de tiempo que los servicios secretos españoles encontraran la persona, el momento y los apoyos necesarios para acabar también con la reina de Inglaterra.

La personalidad impasible del asesino también se conoció en Inglaterra. Gérard era un joven de 27 años absolutamente convencido de la santidad de su causa, que resistió con paciente valor la tortura a la que fue sometido tras el atentado y redactó su confesión sin el menor arrepentimiento. Uno de los testigos de los tormentos a los que fue sometido declaró sobre Gérard: “en mi vida he visto un hombre con mayor resolución y constancia”. Su ejecución en el mercado de Delft fue tan deliberadamente cruel como la que se venía aplicando en Inglaterra a los misioneros jesuitas y conspiradores católicos, pero ello no parecía que fuera suficiente para disuadir a algún otro joven católico fanatizado hasta el límite de poner en juego su vida a cambio de eliminar a la “usurpadora” Isabel y abrir así el camino a la restauración católica en Inglaterra.

El gobierno inglés estaba viendo cómo, por más esfuerzos que hiciera, por más tramas que penetrara y desarticulara, por más católicos que encarcelara, siempre parecía haber nuevos candidatos, particularmente entre la juventud católica, para tomar el relevo de los que iban cayendo en prisión y en las horcas de Tyburn. Los años 1580 son una época en la que el catolicismo reverdece en Inglaterra, animado por la llegada clandestina de sacerdotes jesuitas formados en los seminarios del continente, dispuestos a desafiar la persecución y el martirio. Por otro lado, para la nueva generación de católicos ingleses, María Estuardo ha quedado depurada ya de las sombras de su actuación política y privada en los años en que fue reina de Escocia. Ahora es una suerte de princesa romántica, encerrada en una cruel prisión a causa de su inquebrantable lealtad a la fe católica, aguardando un salvador que la libere y la restituya en sus legítimos derechos como reina de Inglaterra y Escocia, y que de paso restaure la verdadera religión en toda la isla.

Apenas liquidado el asunto Throckmorton, se produce un nuevo sobresalto. A primeros de septiembre de 1584 una nave española que navega hacia Escocia es abordada por navíos holandeses. A bordo del barco viaja el sacerdote jesuita escocés Creighton, que es un activo urdidor de planes para dar un vuelco a la situación política en Escocia e Inglaterra, y que ya había estado dos años en Escocia, en la época de privanza del duque de Lennox, intentando la conversión al catolicismo de Jacobo VI y su reino. Creighton transporta precisamente documentos muy comprometedores, de los que inmediatamente intenta deshacerse arrojándolos por la borda del barco. La mala fortuna quiere que un cambio repentino de viento haga regresar los papeles al navío y que se esparzan por la cubierta. Los holandeses los recogen cuidadosamente y se los remiten al secretario de Estado de Isabel I, Francis Walsingham, junto a la persona del propio padre Creighton.

El 16 de septiembre, el jesuita está ya encarcelado en la Torre de Londres y comienza a sufrir la inevitable serie de torturas e interrogatorios. Los papeles y confesiones del sacerdote muestran toda una trama que une a los Guisa, España y el Papa para desembarcar tropas en Inglaterra y derrocar al gobierno de Isabel I. Es muy probable que el jesuita, tras la tortura, se mostrara muy colaborador con Walsingham; o tal vez se temía enturbiar más las relaciones con Escocia, porque lo cierto es que en vez de ser inmediatamente ejecutado se le liberó y expulsó de Inglaterra. En su caso, con sorprendente miramiento, se tuvo en consideración —según se hizo público— el hecho de que, como escocés, no era súbdito de la reina de Inglaterra, y que su captura se había producido, además, fuera de suelo inglés.

El bando de Asociación.

El caso Creighton impresionó a la reina Isabel y vino a reforzar el efecto acumulado de la conspiración recién desarticulada y del asesinato de Orange. No han pasado ni dos meses desde la ejecución de Throckmorton y el consejo de la reina de Inglaterra comprueba a través de Creighton cómo la maquinaria conspiradora católica no se ha detenido ni un solo segundo en urdir nuevos planes de subversión. En respuesta a la interminable amenaza, en octubre de 1584, los grandes hombres del régimen isabelino, Leicester, Cecil y Walsingham redactan el Bando de Asociación. Al principio se trata solo de una declaración de los “súbditos leales” de la reina que puede ser firmada voluntariamente por quien lo desee. En poco tiempo, solo en el condado de Yorkshire, el bando tiene ya siete mil adherentes. Pero para darle forma más legal, debía ser aprobado como ley para la defensa de la reina por un parlamento convocado al efecto y compuesto exclusivamente por protestantes (los católicos habían sido excluidos del parlamento ya en 1571). En el bando original no solo se proclamaba la lealtad hacia Isabel y la negativa a admitir un sucesor católico en el trono de Inglaterra, sino que se apuntaba directamente contra María Estuardo. En el caso de que Isabel muriera víctima de un atentado, el beneficiario de su muerte (que no podía ser otro que la propia María), no solo quedaba excluido de la sucesión, sino que sería ejecutado en venganza por el asesinato de Isabel, incluso aunque no hubiera participado en la conspiración para asesinarla.   

El extremismo del Bando muestra el grado de exasperación alcanzado por la clase política que rige la Inglaterra isabelina, de la que son buena muestra algunos de los impulsores como William Cecil (ahora titulado lord Burghley) y Francis Walsingham, viejos aliados, pero no siempre coincidentes en materias de Estado, e incluso a estas alturas del reinado, en algunos momentos, rivales. La nueva clase dirigente surgida con Isabel ha escalado desde rincones bastante oscuros de la nobleza hasta lo más alto del poder gracias a la propia dudosa legitimidad (desde el punto de vista católico) de esta hija de María Bolena y a su apuesta por consolidar el protestantismo como religión del estado. Es un grupo ante todo protestante, ligado a la nueva religión, y cuya peor pesadilla sería la vuelta a una reina equivalente a lo que fue en su día (y todos ellos la conocieron) María Tudor, con la que saben que lo perderían todo, incluida, probablemente, la propia vida.

La reacción al asesinato de Guillermo de Orange y a la posibilidad de que Isabel siguiera la misma suerte, les daba la oportunidad de resolver de manera tajante el problema de la sucesión dentro de un marco protestante. En 1584 la reina de Inglaterra contaba ya cincuenta y un años y no tenía ni tendría nunca hijos que la heredasen directamente. Su padre, Enrique VIII, había fallecido a los cincuenta y cinco, y su hermanastra María Tudor a los cuarenta y dos. Muriera asesinada o por la edad, William Cecil se proponía despejar cualquier incertidumbre sobre la continuidad de un régimen protestante que —sobra decirlo— debía quedar sólidamente controlado por él mismo. Porque el Bando, en su original redacción, no solo excluía y condenaba a muerte a María, sino también a su hijo Jacobo VI, el candidato más evidente a la sucesión y cuya sincera adhesión al protestantismo no estaba nada clara. Según el proyecto de Cecil, a la muerte de Isabel, un gran consejo formaría una regencia, que sometería al parlamento (protestante) la elección de un nuevo rey, por supuesto, también protestante.     

El otro aspecto del Bando de Asociación es que, de ser aprobado tal cual, eliminaba de un plumazo cualquier posibilidad de que María Estuardo se les escapara de las manos. Ahora ya no era necesario tener pruebas que la implicaran directamente en una conspiración, ni hacía falta convencer a Isabel de la culpabilidad de su prima. Ni siquiera sería necesario un juicio público. Todos estos obstáculos desaparecían de golpe y dejaban a la reina de Escocia literalmente en manos de sus enemigos. No ocurriría esta vez como en 1572, cuando tras la cuidadosa orquestación de la conspiración de Ridolfi realizada por Cecil y Walsingham, estos solo consiguieron la condena a muerte del duque de Norfolk, pero no la tan deseada de María Estuardo.

Pero Isabel no estaba por la labor de permitir que Cecil y un parlamento controlado por él designaran a su sucesor, humillando a sus ojos, sus propios derechos reales a designar a su heredero. Así que, inmediatamente, Isabel obligó a Burghley a abandonar este proyecto. También moderó la condena absoluta contra los beneficiarios de su muerte violenta, ya que una cosa era excluir a María Estuardo, y otra bien diferente hacerlo con su hijo Jacobo VI. El joven y protestante Jacobo era el heredero más obvio al trono de Inglaterra una vez Isabel desapareciera, pacífica o violentamente. Solo en el caso de que se demostrara fehacientemente la participación de Jacobo en una conspiración contra la reina de Inglaterra, podría ser excluido de la sucesión. Y precisamente, Isabel se proponía jugar con la promesa de sucesión para separar definitivamente a Jacobo de María y de cualquier veleidad de conseguir la herencia conspirando contra ella. Como en ese momento los éxitos de España en los Países Bajos parecían conducir a un colapso de la rebelión allí, iba tomando cuerpo la idea de una intervención militar directa inglesa para apuntalar la resistencia neerlandesa contra Felipe II. Esto supondría una práctica declaración de guerra contra España que hacía deseable tener completamente asegurada la frontera del norte con Escocia. En tales circunstancias, empujar a Jacobo a una situación desesperada en que tuviera más que ganar con la desaparición de Isabel que aguardando a heredarla, era una opción estúpida. De hecho, lo que va a hacer Isabel es entablar negaciones con Jacobo VI para asegurarse su lealtad.

La conspiración del doctor Parry.

Así, cuando el parlamento se reúne entre noviembre de 1584 y marzo de 1585, el Bando queda bastante moderado según las exigencias de la reina Isabel. La resultante Ley para la seguridad de la Reina, obligaba a un juicio previo y público para excluir y condenar a un posible sucesor que hubiera alentado una invasión del reino o conspirado para asesinar a la soberana, lo que salvaba las posibilidades de Jacobo de heredarla, siempre que se mantuviera al margen de cualquier intriga. El mismo parlamento aprobó una draconiana “ley contra los jesuitas, sacerdotes seminaristas y otras personas semejantes y desobedientes”, que amenazaba con la muerte a todos los sacerdotes ordenados en el extranjero a partir de 1559 y les daba un plazo de cuarenta días para abandonar el reino. Significativamente, el único parlamentario que osó protestar públicamente por esta ley fue el doctor William Parry, un universitario que en 1579 se había convertido secretamente al catolicismo.

Su protesta pública le costó a Parry la condena del parlamento, en medio de un gran escándalo, y un primer encarcelamiento. Isabel lo hizo liberar, pero su libertad apenas duró unas semanas. En enero de 1585, Parry fue oportunamente denunciado por Edmond Neville, un primo católico del conde de Westmorland, uno de los líderes de la rebelión del Norte en 1569 y huido al continente tras su fracaso. Neville confesó arrepentido haber participado en una conspiración para asesinar a la reina disparando contra ella cuando se desplazaba en carroza o en los jardines de Westminster. El instigador del proyecto no era otro —según Neville— que, precisamente, el doctor Parry.

Naturalmente, el ex parlamentario Parry fue inmediatamente arrestado de nuevo, interrogado y juzgado, mientras el caso se difundía por toda Inglaterra en medio de las acaloradas sesiones del parlamento para aprobar la ley contra los jesuitas y para la seguridad de la reina, que fueron aprobadas en un apropiado ambiente de apasionamiento anticatólico. El proceso conectó también muy oportunamente el supuesto intento de regicidio de Parry con el mundo de los refugiados católicos ingleses en el continente, con los líderes de la Liga católica francesa y parientes de María Estuardo, los Guisa, el representante de esta en Francia, el arzobispo de Glasgow, y por supuesto, con los españoles. El centro de toda la trama, según el gobierno inglés, era Thomas Morgan, el hombre que ejercía desde el exilio la función de secretario de estado de María e intentaba mantener abierta la comunicación entre la reina de Escocia y sus partidarios en el continente.

Ante tal acumulación de coincidencias tan oportunas para el gobierno inglés, parece poco dudoso que Edmond Neville no era más que una hechura o agente secreto de Walsingham. De hecho, incluso el propio Parry lo había sido ya en algún momento anterior, y no deja de ser curioso que, con sus antecedentes católicos, se le permitiera presentarse y ser elegido como diputado al parlamento de 1584. En cualquier caso, sirvió perfectamente de chivo expiatorio con su protesta contra la ley que condenaba a los jesuitas, pues la conclusión que pudo sacar la opinión protestante inglesa es que solo se podían oponer a la nueva legislación, justamente, los conspiradores y traidores como él. Una vez utilizado, Parry fue condenado y rápidamente ejecutado el 2 de marzo de 1585, incluso antes de que concluyeran las sesiones del parlamento. De nada le sirvió proclamar en el cadalso su inocencia y que era la víctima de una maquinación del gobierno. En cambio, su denunciante, Edmond Neville, fue pronto liberado de la prisión y pudo abandonar Inglaterra (algo difícil de conseguir si el gobierno hubiera decidido impedírselo), e instalarse en Roma, donde sobrevivió treinta y cuatro años al desdichado doctor Parry.  

Thomas Morgan en la Bastilla.

Una consecuencia —quizás también buscada— del caso Parry fue que Isabel I escribió al rey de Francia, Enrique III, solicitando oficialmente el arresto y extradición a Inglaterra de Thomas Morgan, quien residía en París. El embajador inglés en Francia, sir Edward Stafford fue encargado de mantenerlo vigilado hasta que, una semana después de la ejecución de Parry, el 9 de marzo de 1585, la guardia real francesa detuvo a Morgan y lo encerró en la Bastilla. Enrique III no accedió a extraditarlo a Inglaterra, pero sí lo mantuvo en prisión durante un período de dos años que va a resultar literalmente vital para la suerte de María Estuardo.

A propósito de Morgan conviene aclarar el papel que desempeñó en la tragedia que estaba tramándose. Thomas Morgan llevaba años formando un tándem con Charles Paget que había conseguido desplazar al embajador oficial de María Estuardo ante la corte de Francia, el arzobispo de Glasgow, James Beaton. Paradójicamente ambos habían comenzado su carrera como secretarios del propio Beaton, y gracias ello, tomado conocimiento de todos los tratos en Francia de la reina de Escocia. Sin embargo, con el tiempo, los dos secretarios y su antiguo patrón se habían distanciado considerablemente. Y lo que es más importante, habían conseguido que María Estuardo también se distanciara de su representante oficial y dejara en manos de la pareja la llave de sus comunicaciones y contactos con el exterior. 

Entre los exiliados católicos ingleses se había creado una fuerte división en estos años. Por un lado, gracias a la arriesgada labor de reconversión de Inglaterra por medio de misioneros clandestinos formados en los seminarios del continente, los jesuitas, que gozaban aparentemente del apoyo sin reservas del Papa, formaban un poderoso grupo en alianza con el duque de Guisa y con España, representada por los embajadores Juan Baptista de Tassis y luego por Bernardino de Mendoza. Este núcleo contaba con el apoyo del jesuita Robert Parsons y de William Allen, fundador de los colegios ingleses de Douai-Reims y de Roma, y que sería promovido al cardenalato en 1587 por el propio Felipe II. Pero en contra de la omnipresencia de los jesuitas, se revolvían los propios Morgan y Paget, que además de ejercer como una suerte de secretarios de Estado de María en el exilio, controlaban los recursos económicos de la reina y, ante todo, su correspondencia. Esta división se había ido profundizando desde que en 1582 el duque de Guisa había excluido a la pareja Morgan-Paget de sus tratos con el entonces embajador español Juan Baptista de Tassis, el nuncio papal y el representante oficial en Francia de María, el arzobispo de Glasgow para su gran proyecto de restauración católica en Escocia e Inglaterra. Thomas Morgan y Charles Paget jamás olvidaron la afrenta de quedar apartados de aquellas negociaciones.

Coincidiendo con ese resentimiento de Morgan y Paget contra el triángulo formado por los jesuitas-España-Guisa, se produce un enfriamiento de estos mismos valedores de la causa de María Estuardo respecto a la propia reina escocesa en los años anteriores a la conspiración de Throckmorton. El intento de María de llegar a un acuerdo con su hijo Jacobo, con el beneplácito de Isabel, para reinar en asociación en Escocia garantizando a la reina inglesa su alianza, desconcierta, cuando no irrita, tanto a los Guisa como a sus aliados en Roma y en Madrid. Para los partidarios de una intervención católica extranjera en Inglaterra y Escocia era imposible asimilar la solución acomodaticia que pretendía ahora María con la hereje soberana inglesa, porque echaba por tierra todos sus planes de recatolización de la isla. Por eso, Morgan y Paget, que no se oponen a estas negociaciones con Jacobo VI, quedan convertidos a ojos de María en sus más fieles servidores.

Además, ellos son los únicos que parecen trabajar cada día para conseguir mantenerla en contacto con el exterior. María se queja de los silencios de su embajador oficial, el arzobispo de Glasgow, ignorando que sus cartas no llegan, precisamente, porque Morgan y Paget lo impiden. El resultado es que la pareja toma un control absoluto de la correspondencia, de todos los negocios y del mismo acceso a la reina cautiva. Cuando algún partidario de María intenta contactar con ella debe pasar por el filtro que establecen Morgan y Paget. Si alguien expresa dudas sobre la competencia o los métodos de estos dos servidores (y son muchos los que lo hacen), tal cuestionamiento no llega nunca a las manos de María.

La prisión de Morgan en la Bastilla desde marzo de 1585 hasta el otoño de 1587 complica todavía más las cosas. Aunque puede seguir recibiendo visitas y manteniendo contactos en un encarcelamiento bastante relajado, su situación no le permite hacer demasiadas averiguaciones respecto a los numerosos infiltrados, supuestos católicos, que van a ir desfilando por su celda en esos meses de prisión: gentes de las que tendremos que hablar a continuación como Poley, Berden y Gifford. Aunque también es muy posible que, desde años antes, y para cubrirse las espaldas, Morgan y Paget vinieran actuando ya como agentes dobles al servicio del mismísimo Walsingham. Esta posibilidad, cuadra muy bien con el hecho irrefutable de que serán ellos los que avalen ante María a personajes tan dudosos como los que van a tener enseguida un papel esencial en la destrucción de la reina de Escocia.

Me llamo Bond, Fleming Bond

Fernando Martínez Laínez

Aunque a estas alturas escribir algo nuevo sobre James Bond parezca  misión imposible, me aventuraré a dejar constancia de algunas consideraciones al respecto, aun a riesgo de repetirme, lo cual tampoco sería tan malo. Al final son las repeticiones las que configuran los usos y creencias de la gran mayoría social, manipulada, desorientada y votante, y en esa burbuja vivimos. 

Advertencia primera, las novelas del espía (real) Ian Fleming sobre el espía (irreal) Bond son cualquier cosa menos auténticas novelas de espionaje. Por fortuna para los verdaderos agentes del espionaje  (gente seria, al fin y al cabo, que cobra a fin de mes), se trata más bien de detritus de thrillers malos, bodrios disparatados y personajes de encefalograma plano, cuya única realidad está fundada en el éxito visual y publicitario. Pero el éxito, como ya decía Borges, es un mecanismo social, y sus razones profundas, aunque contundentes, resultan indescifrables. “Éxito” es la palabra mágica de una cultura entregada al vacío existencial, idolatra sin dioses, deseosa solo de promesas que nadie en el fondo espera cumplidas, integrada en un ordenamiento de cáscara vacía, repleta de cuentos trileros de adiestramiento político. Nada es, decía hace muchos siglos el sofista griego Gorgias, y lo que es no puede ser conocido. O sea, nada nuevo bajo el sol.

Las novelas de Flemming tuvieron la inmensa suerte de pasar al cine y contar con un actor de lujo como Sean Connery, que dejó el modelo para pasto de imitadores, pero eso por sí solo no las hubiera elevado a la cumbre del espectáculo global, ni convertido en icono cultural y artificioso de una tramoya masiva en la que todos somos figurantes.

La primera novela de la saga, Casino Royale, en 1953, marcó un punto  de inflexión en la cultura popular de posguerra, al perpetuar las fantasías de influencia decisoria en el mundo del añejo imperio victoriano. En la trastienda del mañoso desaguisado literario creado por Ian Fleming había dosis ideológicas de alta toxicidad que se prolongaron durante mucho tiempo en la eterna lucha de los buenos (Occidente) contra los malos (el peligro ruso–amarillo). Digresiones aparte, son la expresión simplista, puro comic audiovisual, de un tiempo periclitado de guerra fría política y  emergente sociedad del espectáculo que pregonó Guy Debord. Las condiciones modernas de producción se manifiestan como una inmensa acumulación de espectáculos, y las películas de Bond son puro espectáculo, forman parte del circo, de las sombras chinescas para entretener el ocio banal de unas historias que nada tienen que ver con el espionaje real. Pero el espectáculo se impone, como el sol que nunca se pone en el imperio de la pasividad estupefaciente.

Lo mejor de las historietas de James Bond es que salta a la vista enseguida el sentido paródico del personaje y sus historias. En el mundo de la ficción bondiana popular, el espionaje adquiere la forma de una bufonada  políticamente correcta, sumida en el aluvión de películas y series televisivas emitidas durante las décadas de guerra fría que alimentaron los fantasmas de la “realpolitik”. Los tiempos ya no son lo que eran, pero la nostalgia imperial perdura en forma histriónica. La risa que no cesa. Incluyendo la caricatura en tecnicolor del enemigo y los indígenas que forman parte del decorado. Un pegote tecno-cultural que nadie dice tomarse en serio y que sin embargo ha alcanzado el dudoso honor de formar parte del imaginario colectivo. Lo principal es que la fiesta no decaiga, y no decaerá porque el negocio no lo permite. Mejor el ridículo que el aburrimiento, el gran pecado capital de una época, la nuestra, sin otra fe verdadera que el becerro de oro y su envoltura plástica de adorno.

Es curioso que fuese en el tiempo de hundimiento del imperio británico cuando surgiera el mito del súper espía, el agente 007 con licencia para matar, algo por otra parte bastante actual. Pero Fleming, el padre de la criatura Bond, todavía formaba parte de ese imperio como espía real, y eso es algo que imprime carácter. Nacido de familia rica y educado en Eton, le suspendieron el ingreso en el cuerpo diplomático y se pasó al servicio secreto verdadero, no sin antes dedicarse al periodismo en la agencia de prensa Reuters. Ya, seguramente, como reportero–espía cubrió en Moscú, en pleno apogeo estalinista, el juicio contra seis ingenieros británicos de la compañía eléctrica Metropolitan Vickers, acusados de espionaje por la OGPU, la policía secreta de seguridad soviética. La cosa acabó bien para Fleming, que volvió otra vez a Rusia en 1939, en esa ocasión con la tapadera de corresponsal en la capital soviética del muy respetado diario The Times (que también cobijó en la guerra civil española al superespía verdadero  Kim Philby)  hasta que acabó de ayudante personal del almirante John Godfrey, director de la Inteligencia Naval, que le sirvió de molde para el personaje “M” en las novelas del tremebundo 007.

Oficial de información durante la guerra, Fleming se ganó con creces el puesto, y en cuestiones de imaginación dio la talla de sobra. Se dedicó a inventar ingeniosas ideas y artilugios para operaciones especiales, y en organizar una unidad de asalto y reconocimiento que atrajo la atención del alto mando naval, aunque nunca le condecoraron por su trabajo secreto.

De vuelta al periodismo tras acabar la guerra, Fleming publicó una valiosa guía para uso de corresponsales extranjeros antes de casarse en Jamaica, y en esa isla compró una casa donde escribió varias de sus novelas. Allí dio vida a su personaje principal, cuyas peculiares aficiones (el juego, el dry martini y el caviar) coinciden con las del autor y dan fe de la maratoniana resistencia de Fleming al alcohol y al tabaco: se tomaba una botella de ginebra y fumaba setenta cigarrillos al día. En cuanto a las féminas, a Bond le iban las mujeres macizas, promiscuas y fatales pero manejables. Presas fáciles, aunque ese capítulo de su existencia no coincidiera con el del espía de la Royal Navy en la no-ficción, torturado en el infierno de su matrimonio con Ann Charteris. 

En el apogeo de su vida, Fleming– ya millonario por sus derechos de autor–quiso vivir a su aire lo mejor que pudo, que fue bastante, y probablemente lo consiguió. Conocía el truco a la perfección: “Si interrumpe una narración con demasiada introspección y autocrítica tendrá suerte si escribe 500 palabras al día”. Fleming escribía 2000 diarias y no tenía tiempo para bagatelas. Le gustaba más disfrutar de la caza de tesoros en el Caribe y el Índico, navegar en yate, seguir el rastro de viejos mapas y cuentos de piratas, esquiar, jugar al golf y continuar fumando y bebiendo sin pausa. Cuando murió tenía 56 años. 

A partir de su primera novela, Fleming sacó una por año, pero casi todas fueron calcadas. Siempre aparece un malo malísimo dispuesto a acabar con el “mundo libre” a base de drogas, gases neurotóxicos, naves espaciales o armas secretas sofisticadas. Al final, los buenos buenísimos siempre ganan y la maldad recibe su castigo después de que el héroe Bond se lo haya pasado de fábula con las bellezas despampanantes que le salen al paso, aunque a veces el guion exija que deba sufrir algún percance al ser capturado o estar amenazado de pasar a otra vida, no mejor pero, al menos, no tan agitada.

Desde el momento de apogeo de su fama mundial, las novelas y las películas de Fleming-Bond se confunden y se trasfunden para peor. Los relatos del escritor-espía acaban en un producto pastiche de celuloide de lujo, efectos especiales, ciencia ficción y acrobacias cirquenses con salpicaduras de humor británico. Cualquier conexión con el espionaje real ha quedado abolida, pero Fleming por lo menos se lo debió de pasar bien escribiendo y viendo mundo, que ya es más de lo que muchos escritores pueden decir. En este batiburrillo de dislates la maldad de los antagonistas se da por supuesta, sin referencias históricas o ideológicas precisas. El mal, encarnado en el enemigo de turno, se presenta como algo evidente a primera vista, y casi siempre viene del Este, de Oriente, con aborígenes exóticos ajustados al papel de sicarios o fanáticos de talento perverso. 

El núcleo argumental de las novelas/películas de Bond oscila entre el cine de efectos especiales y el videojuego, y corea con raras variaciones la misma canción: provocar el caos y la destrucción de Occidente (sea lo que eso signifique ahora). La ficción de este apocalipsis trivial es tan simplista y maniquea como una carga del 7º de Caballería contra los malvados pieles rojas que molestan a los invasores de la pradera. Los malos pretenden el dominio de un mundo que ya está dominado por los buenos, los defensores del orden y la estabilidad. Como corolario de las primeras novelas de Bond, en el esquema de estas coordenadas de bienhechores y protervos, el bloque soviético cargaba con la parte más siniestra del esperpento, vinculado          ( para más inri) a la siniestra organización Spectra, aunque después de la caída del Muro de Berlín el peligro del ogro ruso encerrado en el Kremlin haya perdido gran parte de su atractivo diabólico. Lo peor de las amenazas draculianas en sesión continua a la que Bond tiene que enfrentarse película a película, quizá sea que algún auténtico espía forofo de la pantalla y del personaje puede acabar en el loquero, creyéndose Napoleón, si le da por imitar a la criatura de Fleming. Mejor que no dejen volar demasiado la fantasía en este sentido. Aunque no lo parezca, detrás de James Bond no todo es divertimento. Hay mucho más. Una carga de profundidad “fake” para ocultar el simple dato de que la tradicional Spectra de Dr. No. y sus secuaces ha sido arrinconada en realidad a la categoría de ruinosa antigualla. La nueva está ya boyante entre nosotros, al servicio de psicópatas ansiosos de poder y dueños de un mundo cada vez más manipulado, bajo la vigilancia permanente de los metadatos, controles automáticos de comunicaciones, drones asesinos, inteligencias artificiales y demás parafernalia de última generación que lo ve y escucha todo en todo tiempo. Hormigas de un hormiguero teledirigido. La distopía futurista del imaginario bondiano no iguala el poderío del descontrolado binomio tecno-político y su monstruoso retoño atómico relleno de misiles, que convierten a Frankenstein en un cuento de hadas.Los monstruos ya no están fuera, están dentro, y James Bond solo es un viejo aprendiz de un juego que se mueve más rápido que la propia fantasía de Fleming y sus émulos. Siempre, eso sí, al servicio de su engañosa majestad, con licencia para matar, por supuesto. Y si la cosa se complica demasiado no hay más que apuntar por satélite y apretar el disparador hacia el lugar del mundo que se desee.

Artículo está publicado en el libro «Sean Connery: el hombre que dijo nunca jamás» , Sílex, 2020

Sean Connery, el actor y el mito

Dieciocho firmas se han unido para rendir un última homenaje al intérprete escocés Sean Connery, fallecido el pasado 31 de octubre a los noventa años: el resultado es el libro Sean Connery: el hombre que dijo nunca jamás,volumen coordinado por David Felipe Arranz, periodista y profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y que acaba de publicar Sílex. “Nos interesaba ofrecer las razones de por qué Connery, más allá de James Bond, fue un intérprete excepcional –comenta Arranz–, capaz de reinventarse a sí mismo, crear el mito y de ir mutando desde sus inolvidables interpretaciones como el agente 007 a su impresionante trilogía para la Columbia, donde dio vida a El Rasuni, Daniel Dravot y Robin Hood”. Trabajó con grandes cineastes, desde el final de la Edad de oro de Hollywood a grandes directores actuales, Terence Young, Alfred Hitchcock, Sidney Lumet, Irvin Kershner, Edward Dmytryk, Martin Ritt, John Boorman, John Milius, John Huston, Richard Lester, Terry Gilliam, Fred Zinnemann, Brian De Palma, Steven Spielberg o Jean-Jacques Annaud. En ese sentido, el coordinador destaca la versatilidad del escocés, su poderoso físico y su capacidad camaleónica para ofrecer al espectador verosimilitud: “todas nuestras madres se enamoraron de él, epígono de la masculinidad de, por ejemplo, Clark Gable, pero con ese toque británico tan moderno y que hizo furor a lo largo de cuatro décadas. Connery es sinónimo de taquillazo: las mujeres lo amaban y los hombres queríamos parecernos a él”, señala. El volumen contiene análisis de sus filmes, perfiles biográficos, revisiones de contexto cinematográfico, multitud de anécdotas, su fascinante vida y su estrecha relación con España, la visión de sus compañeros de reparto y un generoso despliegue de afiches y carteles de cine. Escriben en el libro, además de Arranz, Fernando Alonso Barahona, Carlos Arévalo, Guillermo Busutil, Lucía M. Cabanelas, Dolores Conquero, Juan Manuel Corral, Marisol Galdón, David González Álvarez, Rafael Gordon, Juan Carlos Laviana, Alberto Lena, Fernando Martínez Laínez, César Antonio Molina, Gerardo Sánchez, Sonia Sánchez Recio, Jaime Vicente Echagüe y Javier Zurro.

El asalto al Capitolio

José Luis Hernández Garvi

En el momento de escribir estas líneas todos tenemos todavía muy recientes las impactantes imágenes del asalto al Capitolio en Washington, símbolo de lo que hasta entonces creíamos que era el mejor ejemplo de democracia sólida. Al margen de cuestiones relacionadas con sus causas y efectos, lo cierto es que la noticia ha causado una gran conmoción que dejará una profunda huella en el pueblo norteamericano. Si queremos encontrar culpables, más allá de los estrafalarios personajes – muy propios de su sociedad – que protagonizaron los graves incidentes, tal vez se debería preguntar a la clase política norteamericana en conjunto, responsable en gran medida de esos lamentables hechos por activa y por pasiva.
Dicho esto, y sin entrar en profundidad en valoraciones que no son tema de este artículo, lo cierto es que desde la distancia que nos proporciona nuestra visión europea nos resulta inconcebible que los intentos de irrupción en la sede de la soberanía del pueblo norteamericano no encontrasen una respuesta contundente por parte de los cuerpos de seguridad de la capital federal. Analistas y profanos coinciden en afirmar que se trató de un grave fallo de seguridad de difícil justificación. Hablamos desde el convencimiento de que ante disturbios violentos de este tipo la policía de cualquier país del Viejo Continente habría sabido reaccionar con medios proporcionales para neutralizar la amenaza. Abundan los ejemplos en este sentido, como hemos tenido la ocasión de contemplar en estos turbulentos últimos años.
Ante los graves hechos inéditos que acapararon la atención mundial, los mal pensados ya han empezado a difundir teorías sobre la existencia de una supuesta mano negra que habría franqueado el paso a los manifestantes que irrumpieron en el Capitolio. Algunos señalan incluso a miembros de las fuerzas del orden encargados de custodiar el edificio, que inspirados por oscuros intereses serían culpables de haberlos dejado entrar. Incrédulos, se niegan a aceptar que un grupo heterogéneo de asaltantes hubieran sido capaces, por sí solos, de vulnerar los controles de seguridad de la institución, hasta el punto de poner en jaque un sistema político que con sus virtudes y defectos parecía estable.
Por mal que les pese a algunos, objetivamente los hechos no alcanzaron ni siquiera el grado de tentativa de golpe de estado; en todo caso, supuso un ejercicio de irresponsabilidad por parte del incitador que finalmente se le fue de las manos al no valorar las posibles consecuencias de sus palabras y actos, algo que no resulta excepcional en el último ocupante del Despacho Oval, figura política que irrumpió en el establishment de Washington como un elefante en una cacharrería. Superada la conmoción inicial, conviene centrar la atención en el fallo de seguridad que permitió en última instancia este desafío a la democracia del país más poderoso de la Tierra, aunque todo apunta a que no mantendrá ese estatus por mucho tiempo.
La cultura popular norteamericana se ha encargado de vender al resto del mundo una imagen de sus fuerzas del orden muy alejada de la realidad, como hemos tenido la oportunidad de comprobar los que hemos visitado los Estados Unidos. El cine, la televisión y la literatura nos han presentado a los representantes de la ley de ese país investidos de un aura digna de superhéroes infalibles y ejemplares defensores de la ley. De esta forma acrónimos como el FBI, la DEA o la menos conocida ATF, sin olvidar a los US Marshalls o al USSS, entre otras muchas, se han convertido en sinónimos de cuerpos policiales de élite capaces de hacer frente a cualquier amenaza delictiva; la sagacidad mostrada por sus agentes y los medios a su alcance eran más que suficientes para derrotar al más retorcido villano surgido de la imaginación de un escritor o guionista. Sin embargo, en el mundo real todo resulta muy diferente.
Como ocurrió con tantos otros temas, los atentados del 11-S pusieron las cosas en su sitio y abrió los ojos de muchos ciudadanos norteamericanos, hasta entonces cegados por una ingenuidad que a pesar de la gravedad tangible de unos hechos históricos sigue enturbiando el modo de vida y las mentalidades de muchos de ellos hasta un grado de infantilismo que sería enternecedor de no ser por las graves consecuencias que trae consigo. Las míticas agencias policiales de los Estados Unidos habían sido incapaces, con todo su poder y arsenal, de proteger a sus ciudadanos de un ataque procedente del exterior, evidenciando una incompetencia y unos errores de coordinación dignos de un país mucho menos desarrollado. La respuesta de la Administración federal fue aumentar los presupuestos dedicados a luchar contra la amenaza terrorista y multiplicar los efectivos humanos de la comunidad de inteligencia. Sin embargo, algunas de las carencias y defectos anteriores no fueron corregidos: si a nivel de los grandes departamentos policiales de las principales ciudades norteamericanas se crearon Task Forces para aunar esfuerzos y compartir información, en los escalones inferiores apenas se mejoró la formación de unos agentes ya de por si escasamente preparados para asumir con integridad y profesionalidad sus responsabilidades como garantes del orden, por más que los coches patrulla luzcan eslóganes en ese sentido. La creación del Departamento de Seguridad del Territorio de los Estados Unidos (DHS, United States Department of Homeland Security), una nueva agencia federal cuya misión se supone que es coordinar esfuerzos de otras ya existentes para garantizar la seguridad interna, no hizo más que añadir confusión en materia de competencias y jurisdicción.
En el nivel más bajo, la situación sigue siendo peor. Los departamentos policiales y las oficinas del sheriff de medianas y pequeñas localidades carecen de los medios humanos y materiales para resolver casos criminales de cierta complejidad o sofocar con garantías alteraciones del orden público, situaciones que las fuerzas estatales, escasas en número, tampoco pueden resolver con profesionalidad. Las plantillas de todos estos cuerpos se nutre con personal poco cualificado, en muchas ocasiones veteranos de las fuerzas armadas, que carecen de la formación policial necesaria para realizar el trabajo encomendado. Ante la falta de estímulos profesionales cuestiones que pueden parecer secundarias, como la forma física, la empatía con el ciudadano o el uso proporcional de la fuerza física y la respuesta armada, pero que resultan fundamentales a la hora de desempeñar su trabajo, no son asumidas con la competencia debida.
En su papel de policía federal, el FBI tampoco cubre los huecos que esta precaria situación genera, aunque hay que señalar que tampoco es su competencia. Lo mismo ocurre con el resto de agencias federales, cuyo excesivo número y supuesta especialización de nada sirve para paliar los problemas de base. A todas estas dificultades se añade un nuevo debate en la sociedad norteamericana: el de un exceso de militarización de los cuerpos policiales. En los últimos años se han aprobado varios programas federales dirigidos a la adquisición de excedentes de material de guerra y vehículos militares del Departamento de Defensa. Su propósito ha sido dotar a las fuerzas del orden de todo el país de los medios necesarios para hacer frente a los cada vez más numerosos incidentes con armas de fuego y a los disturbios violentos. En la mayoría de las ocasiones los beneficiarios de este arsenal han sido los diferentes equipos locales de los SWAT, las mediáticas unidades especiales encargadas de hacer frente a situaciones excepcionales como pueden ser el rescate de rehenes, neutralización de sospechosos armados o el apoyo en operaciones llevadas a cabo por otras divisiones. Aunque sus integrantes suelen ofrecer una imagen de tipos duros, su entrenamiento y preparación dista mucho de la de sus colegas europeos del GEO español, el RAID de la Policía Nacional francesa o el GSG 9 federal alemán, incurriendo en los mismos vicios que afectan al resto de los cuerpos de seguridad norteamericanos.
Ante la falta de unidades más específicas, a los agentes del SWAT se les encomiendan misiones de naturaleza antiterrorista y de intervención para sofocar disturbios, funciones que ponen en evidencia sus limitaciones. Este error de planteamiento no contribuye a mejorar las cosas y sí a empeorarlas: amplios sectores de la población ven con hostilidad a los policías que armados como si fueran a luchar en Afganistán se pasean por las calles de sus ciudades en vehículos blindados, lo que genera un rechazo que solo contribuye a aumentar la brecha entre los ciudadanos y los servidores públicos que supuestamente deben protegerles. Si a todo ello añadimos la execrable actitud y comportamiento de algunos de sus agentes a la hora de practicar detenciones o afrontar situaciones comprometidas de riesgo, el estallido social está servido.
En lo que se refiere al asalto del Capitolio, la protección de sus instalaciones está encomendada a la United States Capitol Police (USCP). Se trata de un cuerpo con competencias federales formado por algo más de 2.000 agentes que vela por la seguridad del complejo del National Mall, la extensa zona comprendida entre el Monumento a Washington y los edificios del Congreso. La USCP no tiene academia propia y sus cadetes reciben formación en las instalaciones de los Federal Law Enforcement Training Centers (“Centros Federales de Entrenamiento para el Cumplimiento de la Ley” FLETC) en Glynco, Georgia, una antigua estación aeronaval reconvertida donde reciben un curso de veinticinco semanas en técnicas policiales junto con los aspirantes de más de un centenar de cuerpos de seguridad locales, estatales, federales y tribales. Tras ese breve periodo se incorporan como agentes en prácticas.
Ante el desafío de los manifestantes que se concentraron frente al Capitolio, la USCP montó un perímetro de seguridad que se reveló insuficiente. Sus agentes, escasos en número y peor entrenados y equipados para hacer frente a una situación así, no tardaron en ser desbordados. La testimonial presencia del Departamento de Policía Metropolitana del Distrito de Columbia tampoco sirvió para frenar el asalto. La imagen que mejor refleja la incompetencia del USCP es la de un único agente del cuerpo intentando detener a los intrusos armado con una porra extensible que está a punto de perder mientras huye escaleras arriba buscando desesperadamente el apoyo de sus compañeros. La peor cara la ofreció otro oficial de paisano, que disparó a bocajarro contra una de las manifestantes que pretendía saltar por encima de una de las barricadas que la seguridad había levantado en los pasillos del edificio, procedimiento desgraciadamente demasiado habitual por parte de los policías norteamericanos, proclives al gatillo fácil.
Ante el asalto consumado y la falta de fuerzas y medios para desalojarlos se recurrió a la Guardia Nacional, reservistas conocidos como “soldados de fin de semana” que alcaldes y gobernadores suelen demandar para reinstaurar el orden público en las calles. Desde cualquier punto de vista el empleo de estos militares es completamente inadecuado y desaconsejable por los motivos ya aludidos. Su llegada ante la explanada del Capitolio a bordo de desvencijados autobuses que no se ven en Europa desde la década de los sesenta del siglo pasado, sin equipo antidisturbios adecuado y con un casco con visera y un escudo como única protección, da una fiel imagen de la precariedad con la que los responsables de velar por el orden público en las calles de los Estados Unidos, y en este caso ante sus más altas instituciones, asumen sus competencias, como ya tuvimos también la ocasión de comprobar con ocasión de los disturbios en varias ciudades norteamericanas en protesta por la muerte de George Floyd.
Al final tuvieron que ser los agentes del Hostage Rescue Team, el Equipo de Rescate de Rehenes del FBI, una de las escasas unidades policiales de los Estados Unidos bien entrenadas para responder ante amenazas terroristas, los que protegieron a los congresistas y expulsaron a los asaltantes del Capitolio. En los días siguientes, policías metropolitanos y refuerzos de otras agencias federales se han encargado de establecer un cordón de seguridad en torno a estas instituciones ante la posibilidad de nuevos ataques. La dimisión del jefe de la USCP y de otros responsables políticos no ha servido para lavar la mala imagen ofrecida durante los graves incidentes vividos en Washington, reflejo de una situación a nivel nacional que exige cambios en profundidad para que los cuerpos policiales de todo el país puedan cumplir su tarea con profesionalidad.