Sobre Inteligencia y Espionaje

Carlos Javier Carnicer

En la actualidad se tiende a marcar una frontera entre los términos inteligencia y espionaje. Naturalmente, cuando se habla de servicios de inteligencia, popularmente se  continúa asociando la denominación Inteligencia a espionaje. Las palabras espía y espionaje cargan con una mala fama (probablemente, muy merecida) y una condena moral (o ética) también seguramente muy fundada. En nuestros días se intenta separar la inteligencia de lo que tradicionalmente se ha entendido por espionaje o servicios secretos. A grandes rasgos, la inteligencia se entendería ahora como el análisis de la información, base obvia de las decisiones políticas o empresariales. La obtención de dicha información en la que basar las decisiones sería, simplemente, el escalón inferior de lo que se llama el ciclo de inteligencia, en el que el análisis de esa información sería la cúspide (es decir, lo más importante).

El problema que presenta esta concepción de la inteligencia entendida fundamentalmente como análisis de la información para tomar decisiones es que parece querer desentenderse   (como si se tratara de algo menor) de la propia obtención de la información y cómo se accede a ella. Y aquí es evidente que, por muy primaria que se considere, la información es la base de todo. En asuntos trascendentes que afectan a cosas tales como la seguridad de un estado, disponer de la información necesaria no es un asunto precisamente baladí.  También está bastante claro que cualquier estado (o empresa) intentará mantener cierta reserva o secreto acerca de cuestiones que considera críticas para sus intereses. Luego disponer de esa información, para otro estado o empresa, resultará cuanto menos complicado. La información que es juzgada importante se reserva, no es de libre acceso, se procura mantener en secreto. Por tanto, es obvio que no se puede obtener sin alguna forma de espionaje. Del mismo modo, ¿alguien cree que los propios análisis de inteligencia que se hacen sobre la información de que se dispone, acerca de cada tema y en cada momento, andan rodando públicamente y al alcance de cualquiera? Obviamente, no. Nos topamos así con otro elemente clave en estas cuestiones, que es el secreto.

Nada nuevo bajo el sol, desde luego. Conocer los secretos del otro, de un posible rival, de un enemigo, e incluso de un aliado, es la materia en la que se han ocupado los servicios de espionaje, secretos o de inteligencia. En todos los lugares y en todos los momentos. ¿Es diferente hoy en día? Lo puede juzgar cualquiera. Cambian los medios de obtener esa información que se busca, y esos métodos se transforman siguiendo el paso de las variaciones en la tecnología. Pero no cambian los motivos, los objetivos. Siempre será conocer los secretos del otro. Y naturalmente, ocultar los propios.

Suele pensarse que el término inteligencia es reciente. A la vez que se olvida su origen, que lo emparenta, precisamente, con el espionaje. Inteligencia es una palabra que se empleaba, al menos, ya desde el siglo XVI. Se refería a la acepción de tener trato, estar en inteligencia con alguien. Ese alguien siempre es una persona con acceso a la información reservada. Tener inteligencias en ese sentido era el objetivo de los diplomáticos, de cualquier embajada. Precisamente las embajadas permanentes se establecen en ese siglo (aquí el modelo lo marcó, antes que ninguna otra gran monarquía, la monarquía española de la época, siguiendo el ejemplo de la santa sede y otros estados italianos).

Los embajadores trataban con los reyes  y sus ministros (señorías en el caso de las repúblicas italianas, o el papa y sus cardenales en el caso de Roma). La embajada era una representación ante otro príncipe o república (como Venecia y Génova), pero también un medio de información de primer rango para el monarca. Todas las embajadas buscaban establecer inteligencias con personalidades de la corte y entre los altos peldaños de la administración (a menudo una cosa y otra eran los mismo) del estado en que estaban establecidas, para conseguir información, a la vez que para influir en las propias decisiones del gobierno anfitrión. Nada sorprendente, desde luego.

Lo mismo podría decirse del espionaje militar. En todas las operaciones militares se procuraba establecer inteligenciascon personajes del otro bando. En uno de los episodios típicos de ese siglo XVI, el asedio de una ciudad, ¿a quién puede sorprenderle que los sitiadores buscaran información de algunos habitantes de la ciudad asediada, para conocer su capacidad de resistencia o sus planes de defensa, o anticiparse a alguna de las salidas de los sitiados contra el campo sitiador?

En una monarquía tan dilatada como la española de aquellos siglos, los mismos gobernadores y virreyes de cada territorio tenían funciones de inteligencia e inteligentes que procuraban captar para conocer todo lo posible acerca de enemigos directos, potenciales o aliados (que podían dejar de serlo y pasarse al campo enemigo). Obviamente, también se pretendía controlar a enemigos declarados que podían crear problemas bajo la protección de otros monarcas rivales (el fugado Antonio Pérez, ex ministro de Felipe II, o el pretendiente al trono portugués Don Antonio de Crato, serían el prototipo).

En todo caso, ese es el origen de inteligencia aplicado a los servicios de información y análisis de esa información. Como se ve, nada alejado de lo que se entiende por espionaje o servicios secretos. El análisis de la información para la toma de decisiones, por otro lado, no es nada novedoso (¿qué otra cosa se ha hecho en todo tiempo y lugar con la información que proporcionaban los espías y las inteligencias que se tenían en el otro campo?), lo único nuevo aquí es limitar el sentido de inteligencia a esta labor.

Una última consideración al respecto. Por mucho que avance la tecnología, los medios (ahora ingentes) de recopilar información (a menudo, en nuestra época, casi de dominio público) y la eficacia de los análisis, los fallos de inteligencia seguirán existiendo. En primer lugar, porque, por mucho esfuerzo que se ponga, la información probablemente siempre será incompleta. En segundo lugar, porque quien debe interpretar la información se equivocará alguna vez. Como pasa en la vida corriente, para conseguir las respuestas correctas a lo que nos preocupa, rara vez hacemos las preguntas adecuadas.

Servicios secretos en tiempos de guerra. Jaime Rocha

Hay que empezar por decir que los servicios secretos no se movilizan exclusivamente cuando se dan estas situaciones, sino que su actividad, la búsqueda de información de la máxima garantía para su gobierno, que le ayude a tomar las decisiones más acertadas, es más valiosa en el tiempo previo al inicio del conflicto armado.
Una parte de la información se centra en la operatividad y capacidades defensivas y  ofensivas de las Fuerzas Armadas del país objetivo, pero, aun siendo de importancia capital su conocimiento, lo es aún más las intenciones de quienes van a hacer uso de ellas, es decir los planes de operaciones que se estén proyectando. En cuanto a la primera información, operatividad y disposición de las FAS, hay una buena parte que puede adquirirse por medios técnicos, la inteligencia de señales (SIGINT), aunque es deseable la confirmación de esa información mediante agentes desplazados a la zona (HUMINT), o adquisición por medios humanos.
Los planes operativos están lo suficientemente protegidos, no solo por su clasificación de ALTO SECRETO, sino por encriptación y resguardo, de modo que solo sean accesibles a las personas autorizadas para ello. Este tipo de información se hace prácticamente imposible de adquirir por la inteligencia de señales y queda exclusivamente en manos de agentes infiltrados en los órganos políticos de decisión.
Así las cosas y por las declaraciones previas al conflicto hechas por el presidente norteamericano Joe Biden sobre los planes rusos de atacar Ucrania, es evidente que la CIA ha vuelto a acertar en sus previsiones. Sin ninguna duda, como pasaba en Praga en el 1989, todos los servicios de inteligencia tienen agentes en la zona y a su vez, los servicios de contrainteligencia rusos trataran de neutralizarlos.
Una vez iniciada la invasión militar entra en juego un nuevo factor, que los militares sabemos primordial: la moral de las Fuerzas Armadas cuando empiezan a producirse miles de muertes entre sus filas. Uno de los trabajos a realizar por los servicios de inteligencia seria contribuir, mediante desinformación, al deterioro de esa moral de victoria imprescindible para jugarte la vida. No entro en acciones de sabotaje en las retaguardias, mucho más complejo y difícil de realizar si no se cuenta con una infraestructura suficiente.

 

 

 

Espías de novela

Fernando Martínez Laínez

 Podríamos empezar haciéndonos la pregunta de ¿quién y por qué se leen novelas de espías?, y la respuesta parece evidente: La gente lee ficción de espionaje porque a millones de personas les apasionan los temas relacionados con los secretos y el mundo de los espías.

Lo cierto es que el personaje del espía ha fascinado a los novelistas y cineastas desde antiguo. Una fascinación que algunos atribuyen a que soluciona problemas fundamentales del entramado novelesco: un sujeto literario atrayente y la relación entre trama e intriga, que vienen dadas “per se” con el personaje.

El espía es un extraño, una personalidad que reúne en sí mismo los ingredientes de las mejores novelas de suspense: la falsa identidad, el engaño, la conspiración, el poder oculto y el riesgo que la acción del espía comporta.

Para lograr una buena novela de espías el tratamiento literario es esencial. Solo las historias de espías bien contadas consiguen pasar a la categoría de literatura. Lo importante no es el encasillamiento sino el contenido. No importa demasiado la catalogación sino la calidad, y en eso, como en todo, habrá obras buenas, malas y regulares. La literatura de espías es un género, de acuerdo, y podríamos añadir: a mucha honra, porque en realidad no existe literatura sin género.

Quizá lo más importante cuando hablamos de novela de espías sea remarcar la diferencia neta que existe entre la novela negra y la de espionaje. La literatura de espías siempre refleja la cara oculta de los intereses internacionales, políticos y económicos de los Estados. Es novela eminentemente política, una variante de la literatura de signo criminal aplicada a la Razón de Estado, teniendo en cuenta que el crimen y la política de Estado van a veces de la mano.

Lo que entendemos por literatura de espías, algunos la remontan a los tiempos antiguos. Aparece en la Biblia, en el libro de Josué, en la historia de Sansón y Dalila, y en la de Judith y Holofernes. Aparece en la leyenda del Caballo de Troya, en Heródoto y en las campañas de Julio César, y se consolida con la aparición de los primeros servicios secretos modernos: la Monarquía Hispana, Inglaterra, Venecia y Rusia en tiempos de Iván el Terrible, el creador de la primera policía secreta política.

Poco a poco, el espionaje fue creciendo en los siglos XVII y XVIII y en el siglo XIX adquirió importancia hasta convertirse en una técnica subalterna del poder, y en ocasiones en la base del poder mismo.

En el siglo XX, además del espionaje militar, político y económico, se consolidó el espionaje industrial y tecnológico, y este último, a través de la informática, está determinando una nueva realidad: la realidad virtual, en la que el mundo ha quedado atrapado y contaminado por la falsa información que nos rodea permanentemente, y en la cual el espionaje se mueve como pez en el agua. Un fenómeno que suscita interrogantes sin resolver y revive la paradoja de considerar si los servicios secretos son el verdadero poder fáctico de la política, el guardián de los secretos de los gobiernos. Y en tal caso, quién vigilará a los vigilantes, a los manejadores de los espías que controlan la información que decide el destino de los países.

Se suele atribuir al norteamericano James Fenimore Cooper la primera novela de espías moderna, publicada en 1821, con un título que no deja lugar a dudas: El espía; pero el siglo XIX fue muy parco en novelas de espionaje. No es hasta 1901 cuando el británico Rudyard Kipling pública Kim, la historia de un complot ruso contra los intereses británicos en el norte de la India, el ámbito geográfico de lo que desde entonces se conoce como el Gran Juego geoestratégico en el corazón de Asia, la encrucijada continental donde tantas veces se han cruzado los destinos del mundo.

Además de algún episodio suelto de Sherlock Holmes que trata el espionaje, el polaco britanizado Joseph Conrad se erige como uno de los iniciadores del género con su obra El agente secreto. Casi al mismo tiempo Erskine Childers pública en 1903 El enigma de las arenas, una trama que descubre un plan alemán para invadir Inglaterra, dando arraigo en las novelas de espías a la fobia anti alemana que perduró durante largo tiempo en el tratamiento literario de muchas obras de corte semejante.

Finalizada la Primera Guerra Mundial se editan miles de testimonios escritos sobre la contienda que dejan poca literatura de espías de calidad, y casi toda ella englobada en lo que llamaríamos “literatura popular”, con un claro matiz partidista de buenos buenísimos y malos malísimos que hoy resulta demasiado convencional poco convincente. Destacan en esta etapa autores como John Buchan, con Los 39 escalones, novela llevada al cine por Alfred Hitchcock, y sobre todo Somerset Maugham, que trabajo en la realidad como agente secreto inglés en Suiza y Rusia durante el tiempo de la Gran Guerra y la Revolución Bolchevique , y publicó Ashenden, una de las cumbres del relato corto de espías.

Dos escritores famosos que tratan de los turbios asuntos políticos y de agentes secretos del período de Stalin y la Internacional Comunista ( la Komintern) son el francés André Malraux y el húngaro nacionalizado británico Arthur Koestler.

Malraux tiene dos novelas clásicas sobre agentes de la Internacional Comunista : Los conquistadores y La condición humana. En cuanto a Koestler, trabajó clandestinamente para la Komintern en el Partido Comunista alemán y, descubierto como espía, fue condenado a muerte en España por el bando de Franco. Koessler salvó la vida de milagro, canjeado por un rehén, y es autor de unas memorias muy interesantes para entender lo que fue el espionaje en Europa, cuando ya se presagiaba la Segunda Guerra Mundial.

A grandes rasgos, después de esta contienda, aparecen novelas de espionaje que en muchos casos sirvieron de argumento cinematográfico. Mencionemos por ejemplo La noche de los generales, del alemán Hans Kirst, Ha llegado el águila, de Jack Higgins, o La isla de las tormentas, de Ken Follet. La lista en este sentido es muy larga.

Los norteamericanos, pese a su papel decisivo en la contienda mundial, y aunque son los mayores consumidores de novelas de espionaje, tienen pocas obras de calidad sobre el tema, aunque cuentan con novelas tan excepcionales como El fantasma de Harlot, de Norman Mailer ; y lo mismo ocurre con los soviéticos, que solo han dejado para el lector hispano, antes del derrumbe de Telón de Acero, algunos nombres como Julián Semiónov, creador de una serie sobre el agente secreto Stirlitz, y el escritor y coronel Vladimir Bogomólov, con una novela titulada En agosto del 44.

En la época de entreguerras adquirió gran difusión la novela de espionaje popular y de entretenimiento, puramente comercial, que en la mayoría de los países adquirió un tono marcadamente chovinista. La reacción a esta tendencia vendría de autores como el ya citado Somerset Maugham; Eric Ambler, con la novela La máscara de Dimitrios, o Graham Green, con novelas que reflejan el escepticismo y la ruina moral de unos espías que no son ni heroicos ni audaces, sino personas corrientes envueltas en situaciones que les superan, con dilemas y planteamientos alejados de la literatura de simple entretenimiento.

Títulos como El tercer hombreEl americano impasibleNuestro hombre en La Habana o- más tardíamente- El factor humano, son novelas de espionaje de gran calidad, muy críticas con el sistema político-social imperante, y con el propio engranaje de los servicios secretos. Están en una línea muy opuesta a otros autores como Ian Fleming (que sirvió durante la guerra en la inteligencia naval) y sus millones de lectores, con historias llevadas al cine convertidas en mito colectivo y fenómeno extraliterario encarnado en el personaje James Bond. Una fantasía sin apenas conexión con el espionaje real, apoyada por un aparato publicitario y mediático de alcance mundial que termina derivando en planteamientos extravagantes, alejados de cualquier atisbo realista bajo la fórmula de las tres eses: sexo, sadismo y esnobismo.

La reacción a esta escuela de violencia descabellada, con imitadores de bajo nivel, se produce hacia 1960 con dos autores fundamentales: Len Deighton y sobre todo David Cornwell, más conocido por el seudónimo de John le Carré.

Len Deighton pasó por diversos empleos de poca monta hasta alcanzar de golpe la notoriedad con la novela El archivo de Ipcress, popularizada en el cine con el personaje Harry Palmer, una especie de anarquista observador y solitarioEs un relato bien construido, a base de monólogos elípticos y sarcásticos que alcanzó gran éxito, y al que siguieron otras novelas como Funeral en BerlínJuegos de guerra y la trilogía El juego de BerlínEl set de México y El partido de Londres, donde los conceptos y valores de la Guerra Fría aparecen desdibujados en un juego de sombras y antihéroes perdedores.

Llegamos por fin, en este brevísimo recorrido de la narrativa de espionaje, al maestro de la novela de espías y patrón que da nombre al Club organizador de este Congreso. Hablamos, claro está, de John le Carré, erigido en guía y modelo de la novela de espías contemporánea.

A Le Carré le sobrevino la fama de golpe con la novela El espía que llegó del frío, cuyo protagonista- Alec Leamas- es un individuo decepcionado que se hace matar cuando cruza el muro de Berlín.

Hay una frase de Le Carré en esta novela que revela fielmente la visión desengañada y ácida del espionaje en el tiempo de la Guerra Fría: “¿Qué cree usted qué son los espías? (se pregunta el protagonista de la novela): ¿sacerdotes, santos, mártires? en realidad forman una sórdida profesión de tontos vanidosos, de traidores… gentes que juegan a los policías y ladrones para amenizar en algo su vida miserable”.

John le Carré trabajó para la inteligencia británica hasta que triunfó como escritor. y su actividad secreta quedó al descubierto con las revelaciones del famoso agente doble Kim Philby, cuando este dio por terminado su disfraz y se pasó públicamente al bando de Moscú.

La lista de las obras de Le Carré, con títulos tan imperecederos como El topoLa gente de SmileyLa casa Rusia o El honorable colegial, aportan un panorama necesario para el entendimiento del submundo del espionaje, en el que se manejan altas dosis de burocracia, cinismo y amoralidad política. Un ambiente de señuelos y simulaciones que Le Carré conoce de primera mano, aunque ha repetido muchas veces que básicamente él se considera escritor y que su actividad en el espionaje fue accidental. “El mundo del espionaje- declaró en una entrevista- es para mí solo la extensión del mundo en que vivo. Por eso lo he poblado con mis propios personajes. Pues en definitiva soy un novelista. Yo produzco obras de imaginación. Relató historias.»

El más famoso de los personajes de Le Carré es George Smiley. Un hombre próximo a los 60 años dedicado al contraespionaje, bajo, regordete, apacible y miope, que ha estudiado en Oxford y a quien su mujer engaña con frecuencia sin que él parezca darse por aludido.

En resumidas cuentas, la moderna literatura de espías (que no debe ser confundida ni con el thriller ni con la novela negra) tiene hoy acreditada su identidad como género con una larga tradición. Nació en el siglo XIX con escritores de primera fila, y alcanzó su etapa más brillante el tiempo de la guerra fría tras la Segunda Guerra Mundial.

El espionaje, como instrumento de poder, ha sabido amoldarse a todos los cambios históricos y es una herramienta necesaria en el juegos político, militar y económico de los gobiernos y los Estados.

En el ámbito de la ficción, el espía sigue siendo un personaje cuya relevancia permanece inalterable. Los espías de novela ejercen, además, una especie de atracción que alcanza a todos los públicos, no solo en el terreno literario sino en el periodismo, el cine o la televisión, porque suscita un mundo de secretos, engaños e intrigas de amplia aceptación popular, y permite atisbar verdades casi siempre ocultas en las versiones oficiales.

Los secretos constituyen siempre un material de interés humano de primera clase. Todo el mundo se muere por conocerlos, aunque sean de ficción, y – además- la realidad y la ficción van muchas veces entremezcladas, como en la vida misma, y en algunos casos es imposible distinguirlas.

En el caso de España, a pesar de haber dispuesto de un servicio de inteligencia de primer orden en los siglos XVI y XVII, acorde con la época de su apogeo histórico, la novelística dedicada al mundo de los espías, no ha tenido hasta ahora demasiado recorrido, pero se han publicado ya bastantes obras que entran de lleno en el género, con escritores destacados, aunque algunos de ellos no reivindiquen el género como tal.

Lo que algunos autores han denominado la “escuela española del espionaje” es un concepto abierto a la creación de una narrativa de personajes y situaciones vinculados a España, y en líneas generales se trata de un territorio literario todavía poco explorado.

Figuras del espionaje hispano como el gallego Diego Sarmiento de Acuña, Conde de Gondomar, o el vasco Juan Idiaquez, jefe de espionaje de Felipe II, son nombres prácticamente desconocidos para muchos lectores españoles. Y lo mismo cabe decir de las actividades secretas de escritores como Cervantes o Francisco de Quevedo, cuyas vidas aventureras tendrían que haberse popularizado en novelas, películas y series de calidad desde una visión hispana, lo que por desgracia no sucede.

Quizá el autor que más ha incidido en estos temas desde una perspectiva popular es Manuel Fernández y González, cuyas novelas decimonónicas, hoy casi olvidadas, vienen a ser equivalentes a las de Alejandro Dumas en Francia, con títulos como El cocinero del Rey o El pastelero de Madrigal, que tratan argumentos relacionados con los servicios secretos y asuntos de Estado en épocas históricas de la España de los Austrias.

El primero en introducir la guerra secreta en la contienda civil española de 1936 fue Graham Greene, en la novela El agente confidencial, que trata de la misión de un profesor español encargado de conseguir en Inglaterra carbón para la causa republicana. Pero sobre otra guerra civil, la carlista de 1833, tenemos la magnífica saga histórica de Pío Baroja con el personaje del conspirador y espía Eugenio de Aviraneta. Se trata de un conjunto de novelas que ofrecen uno de los testimonios literarios más importantes de la primera mitad del siglo XIX español.

En conclusión, aunque haya excepciones notables, la novela de espías española se ha movido con el lastre editorial de tener que imitar modelos literarios ajenos (sobre todo procedentes del mundo anglosajón) antes que intentar reflejar con argumentos y personajes propios el pasado histórico o la realidad actual que directamente nos concierne, como sí ocurre con otros géneros novelísticos.

El caso es que tenemos temas literarios de sobra, pero faltan oportunidades y medios para desarrollar un género como la novela de espías, que debería aportar muchas de las claves político-estratégicas del caótico mundo actual, con decisiones secretas tomadas desde las alturas gobernantes, a las que el gran público casi siempre permanece ajeno, que deciden la suerte de millones de personas.

Por todo ello vemos en este primer Congreso de Andorra que ahora empieza una gran oportunidad de relanzar la narrativa de espías española, fomentando así la cultura de inteligencia como una pieza básica del conocimiento que permita acercar los problemas geopolíticos de nuestro tiempo al gran público, al ciudadano de a pie, al lector corriente deseoso de conocer el entramado oculto que protege las verdaderas razones del poder.

Por último, quisiera terminar estas palabras agradeciendo a todos los presentes su participación en este Congreso andorrano. Espero que este encuentro, en cuyo futuro confiamos, se mantenga a partir de ahora como un punto de referencia permanente de la literatura de espías en España y Andorra.

Biden superviviente de sí mismo (y 2)

José Sanmartín

¿Un futuro sin porvenir?

Donald Trump, con su carga atrabiliaria de prejuicios, agravios y creencias, transformó a la derecha estadounidense de manera más profunda de lo que parece. En un tiempo record, el que fue primer Presidente de adscripción paleoconservadora impulsó la emotividad como palanca decisiva para expandir su ideología. El paleoconservadurismo trumpista marcó un catálogo de prioridades: a la creación de empleo dentro del país, contra la deslocalización de empresas estadounidenses, a favor de comerciar preferentemente con países desarrollados, a dedicar el dinero norteamericano para favorecer a sus propios ciudadanos, etc. La asertividad del trumpismo contra la industria política le hizo ganar adeptos en una parte de la sociedad, harta de fastos y lujos por parte de la clase dirigente. Clases medias y trabajadoras agotadas de pagar impuestos al tiempo que perciben un decreciente nivel de vida.

El aumento del empleo durante la Presidencia Trump fue un éxito indiscutible, entre otros. De ahí su ascendiente entre amplias capas sociales de cuello azul; los cinturores industriales, los barrios populares, los empleados y los asalariados que refrendaron a Trump lo hicieron –mayormente- por su gestión de la economía, su discurso patriótico y populista, además de su proyección de un antielitismo que afirmaba la preeminencia de los que realmente hacen frente a los viven de ellos. Estados Unidos y sus laboriosos ciudadanos, primero; dentro y fuera del país. Con esa divisa en el frontispicio de su pensamiento, Trump realizó acciones encaminadas a ponerlas en práctica. Hechos, soluciones; respuestas a las demandas populares. Además, el Presidente republicano confirió a las clases medias y populares un status de protagonismo exacerbado. Para quienes se sentían –y se sienten- abandonados por Washington (eufemismo maníqueo focalizador de toda malignidad procedente de las elites) ese reconocimiento de su Presidente era –y es- irrenunciable alimento espíritual. La causa aparece en el malestar profundo -larvado durante más de una generación- contra lo que se percibe como política de elites ejecutada por las sucesivas castas gobernantes en el Capitolio y la Casa Blanca. Trump explotó ese intenso dolor entre las clases medias -también de condición humilde- que trabajan y pagan impuestos, pero que se sienten marginadas de su propio “American Dream”. 

El sentimiento compungido entre amplios sectores de la sociedad civil es la de haber sido expulsados del paraíso, sin culpa ninguna. Convertidos en parias dentro de su nación, degradados a empleos precarios y cada vez peor remunerados, sin acceso a servicios médicos o educativos de calidad, no pocos trabajadores norteamericanos votaron –a través de Trump- contra las multinacionales y las corporaciones de Estados Unidos que externalizaban sus factorías e industrias en el extranjero, precarizaban la situación laboral de los obreros y profesionales en su país, etc. Las medidas fiscales de Trump contra los productos de empresas norteamericanas fabricados en el exterior, fueron inmensamente populares entre esas colectividades de trabajadores –incluyendo a los desempleados por el cierre de fábricas en el país-. Si Biden no es capaz de recuperar empleo dentro de Estados Unidos, los profesionales, obreros y empleados –fabriles o no- que apoyaron tácticamente al Partido Republicano, considerarán al Presidente demócrata como una ratificación del elitismo que ignora y desprecia a la mayoría social. En ese contexto, todos los escenarios –también los peores- quedan abiertos. Biden está obligado a realizar una política inclusiva, no sólo en el plano retórico, sino sobre todo en su dimensión material.

La exposición de los resultados, la explicación de los hechos, es el mejor argumentario. Recuperar la deslocalización de empresas norteamericanas fuera del país, e intentar a la vez la recuperación del empleo, será imposible. La estructura productiva de Estados Unidos no soportará esa contradicción. Lo cual repercutirá negativamente sobre las cifras de empleo. Aunque el paro se pudiese mitigar (o camuflar) mediante draconianas reformas laborales, la calidad de los puestos de trabajo será campo de batalla donde se producirán la mayor parte de heridas y bajas. El American Dream inoculado en la psicología nacional jamás aceptará –en modo alguno- el fracaso que supone para una generación posterior disponer de menos recursos y posibilidades que la generación anterior.

Biden se enfrenta a esa coyuntura histórica; debe aportar soluciones e ideales, al unísono. Él es parte constitutiva de esa casta de políticos profesionales que –desde la formulación trumpista- encarna el parasitismo solidificado en la democracia, a la que vampirizaría. La victoria de Biden puede malograrse en su gestión, si la Administración Federal no atiende el deseo de la mayoría social, que exige transparencia plena, meritocracia absoluta, igualdad de oportunidades, políticas de recuperación de empleo, entre otras medidas. La rabia, la desesperación, el agravio, también son fuentes de combustión electoral para ciudadanos que se sienten desamparados. Éstas personas apoyarán a quien aporte soluciones reales a sus problemas acuciantes. Joseph Biden y Kamala Harris tienen su oportunidad; aquí y ahora. Si la malogran, el pueblo buscará la solución en otro espacio, de otra manera. 

Ni los éxitos de Trump, ni sus fracasos, fueron tales. De forma no sólo  intuitiva, Trump logró identificar deficiencias del sistema político… y los aprovechó a su favor (con burda asertividad y teatralizada agresividad en ocasiones). Se presentó como un “outsider”, asumió las peticiones largamente reclamadas por ciudadanos (pero tradicionalmente ignoradas por los dirigentes convencionales, tanto demócratas como republicanos), revistió esas exigencias sociales de un halo asertivo de populismo y electoralismo, hizo sentirse protagonistas a los marginados por la alta política, entre otras medidas. Pero también tuvo la inteligencia práctica de fundir su pensamiento paleoconservador con los objetivos de esa mayoría social. Eso le hizo ganar las primarias republicanas y, luego, la elección presidencial.

A Trump le perjudicó más su déficit de urbanidad y su superávit de exposición. Su hiriente expresividad política le causó más efectos contraproducentes que los contenidos de lo que transmitía. Su escasez de espíritu constructivo, su exceso de dogmatismo maníqueo, además de su impulsividad y agresividad, condujeron a Trump a un callejón sin salida. Sus alineamientos demagógicos fueron estridentes en el ruido, pero su decantación hacia lo divisorio y lo segmentador dentro de la sociedad, generó una ruptura y, ésta, un conflicto todavía irreductible. El proceso autodestructivo desde la alta política estadounidense podría ir a peor, si Biden y los siguientes Presidentes no restañan las heridas sociales. La hiper-politización de la sociedad estadounidense ha producido daños sociales irreparables. Los populistas de toda especie e ideología recurren obscenamente a la apelación de las emociones para ganar adhesiones irredentas.

El irracionalismo se expande –e impone- en una cultura política tradicionalmente admirada por el legado del “common sense”, por ejemplo. Pero el nuevo acervo de sentido común exige altura de miras, sentido de Estado, atención hacia lo social, respeto a lo individual, soluciones para la inmensa mayoría de ciudadanos, etc. Se trata de un proceso, no de un sofisma. Una cultura política donde las ideologías excluyentes –con sus inevitables maniqueísmos y sectarismos- queden reemplazadas por un “approach” basado en el gradualismo sincrético. Vuelta a la formulación –y ejecución- de políticas que incorporen medidas transversales y positivas. Ello requiere de estadistas, no sólo de jefes de facciones en partidos. Lo que pierde Thomas Paine, lo gana James Bryce. Sin embargo, se trata de un problema afectante a todo Occidente, no sólo a Estados Unidos. La aplicación de la lógica, del análisis equilibrado, de la ponderación de hechos, quedaron aparcados como un trasto inservible por parte de demagogos populistas. Fobias y filias; he aquí las rudimentarias (primitivas, casi salvajes, pero efectivas) coordenadas sobre las que los nuevos radicales -retóricos- asientan su creciente poder.

La democracia como mecano.

El apoyo a Biden lo ha sido también para racionalizar la política en Estados Unidos. No se trata de una inversión en su partido como proveedor de una ideología monolítica. Lo que se buscaba –incluso por los conservadores moderados que votaron a Biden- era una reconducción hacia la normalidad institucional. Los excesos del anterior Presidente debían superarse, pero los déficits identificados y explotados por Trump siguen sin resolverse. La Historia siempre vuelve; de hecho, la Historia nunca se evade. Biden se juega todo en esa encrucijada. Si no logra rebajar el divisionismo existente en el país, se malogrará una oportunidad única. Ante ese fracaso para la reunificación de la sociedad, el sistema político también podrá activar el relevo del actual Presidente. Ello requeriría que la Vicepresidenta Harris disponga del tempus político necesario para erigirse como una líder natural de la conciliación. Lo consiga o no, el reloj ya está en marcha. 

La conmoción que supuso la revuelta contra Capitol Hill en enero de 2021, dejó otra fractura abierta en la sociedad norteamericana. Esa herida sigue supurando. Resulta inquietante que masas fanatizadas (mayormente a través de internet) emprendiesen una marcha hacia la sede parlamentaria para “recuperar” su democracia, que rebasasen las líneas policiales, y accediesen a los edificios nobles. La violencia acaecida allí retrata una situación grave en tanto hay ciudadanos (demasiados) realmente convencidos de que les han “robado” las elecciones presidenciales. Las teorías conspirativas –hasta paranoicas- campan a su aire a causa del desarraigo social y la orfandad institucional sufrida por numerosos norteamericanos. Parece harto difícil razonar con hechos y argumentos con quienes ven agravios y persecuciones pues ellos las padecen en primera persona (o así lo interiorizan). Lo que se percibe como hecho, aunque no lo sea, se acaba convirtiendo en parte de la realidad (por inmaterial que fuere).

A día de hoy, no existen pruebas documentales fehacientes de fraude electoral deliberado. Los errores detectados en varios recuentos no afectan al resultado final. Sin embargo, el cúmulo de validaciones y demostraciones nunca serán suficientes para una extensa parte de la población (no se trata de minorías fanáticas e iluminadas). El asentamiento en la psicología popular de la existencia de una conspiración masivamente orquestada para dominar al Gobierno Federal y controlar a la sociedad, permanecerá como nutriente –activo, no pasivo- de la política nacional.

Una inextricable dificultad acaece cuando los rumores se imponen a los hechos, las efectivas hipótesis conformadas (por delirantes que sean) se convierten en inefectivos “resultados confirmados” (por indemostrables que sean). Esta disfunción tiene un poderoso efecto atractor. Si el equipo de Biden incurriese en esa vía fácil -que aporta votos a costes mínimos-, sería el principio de un final anunciado. El populismo no se combate con más populismo. El único sendero transitable para rebajar el irracionalismo y recuperar la cultura serenamente democrática, requiere –para la Adminitración Biden y las siguientes- de un esfuerzo añadido en resolver los problemas sin dogmas políticos, ni jactancia humillatoria o divisoria de unos contra otros.

Una habilidad demostrada en Biden es su resiliencia. El Presidente tiene capacidad para esperar. El cálculo de los tiempos políticos ha sido un punto fuerte en su desempeño institucional. Sabe cuando dar un paso atrás, incluso retirarse, antes que exponerse a una erosión grave. Merced a esa visión estratégica, Biden ha eludido escándalos que a otros políticos les habría acarreado su fin. Aguantar es vencer; irse ahora para regresar después al mismo escenario… del que Biden nunca ha faltado. No obstante, la Presidencia será su útlima etapa institucional. Toda retirada aquí sería definitiva. El Presidente se juega su lugar en la Historia y en la sociedad estadounidense.

 Biden ha sido un producto del statu quo en Washington. Para bien y para mal. Durante años, el actual Presidente ha cimentado su prestigio en los pasillos del poder. Bien conocido entre los lobbies asentados en Capitol Hill, Biden ha sido muñidor de su propia carrera política. A tal objeto, ha pulsado todas y cada una de las teclas (familia, austeridad, solidaridad, probidad, entre otras) que proyectasen su figura como modelo simbólicamente poderoso. En el universo político estadounidense, la ejemplaridad debe ejercerse y manifestarse. El componente ético es alimento permanente de esa cosmovisión de valores y creencias.

En la conformación de su imagen pública, Biden ha sido consciente de su falta de naturalidad. Los calculados gestos de espontaneidad delatan su propia conciencia al respecto. Envarado en ocasiones, demasiado circunspecto en situaciones emocionales ajenas, Biden es el prototipo de la pulcritud política; a veces, hasta un extremo exasperante. Le falta la empatía de Clinton o la retórica de Obama. Pero es titular de una frialdad analítica que le permite trascender las coyunturas. Su capacidad negociadora ha sido un atributo de hondo calado senatorial. De ahí su habilidad para la autocontención, así como para desconectar de hechos enervantes y disgregadores que a otro interlocutor podrían superarle. Verbalizar sólo aquello que uno debe expresar en cada momento, no permitiendo ser arrastrado por terceros (políticos, periodistas, particulares) hacia aguas retóricamente pantanosas. Biden es reconocido como persona influyente más por lo que calla que por lo que dice. Incluso ha aplicado -en momentos tácticamente poderosos- adaptaciones propias a la regla del silencio incómodo.

La destreza de Biden para manejar situaciones potencialmente conflictivas es proverbial. Su astucia consiste en nunca dejarse arrinconar, aislar, manipular, usar, irritar, etc. No permitir que la otra parte marque su discurso institucional…pero que tampoco dirija su acción política. Biden se ha manifestado con contundencia en cuestiones acotadas (jamás de manera generalista), pero lo hace por sí mismo, no a remolque de nadie. Un político sin iniciativa propia es un lastre del presente y un olvido para el futuro. Sentido común aplicado mediante un cálculo de proporcionalidad política. Entre la luz y la oscuridad; en medio, el silencio o la palabra. El maestro Tagore. 

El final: un paso adelante y dos atrás.

El posicionamiento político de Biden ha sido funcionalmente ecléctico. Su alineamiento ha procurado ubicarse en la centralidad ideológica, donde pudiese captar votos y adhesiones tanto del progresismo como del conservadurismo. Biden tiene un olfato político de alta percepción. Su transversalidad busca sumar distintos adherentes, sin molestar a quienes no le apoyen en una convocatoria electoral singular…pero si pudieran hacerlo en la siguiente. Se trata de no cerrar puertas, ni generar exclusiones que, a la postre, se vuelvan contra él mismo.

El centrismo ha sido para Biden la solución basculante para contentar a unos y a otros. Sí a la vida, pero también sí al derecho a decidir en casos determinados de aborto. Sí a los programas sociales, pero sí también a medidas que incentiven la economía y favorezcan la creación de empresas. En Biden, aún cuando el discurso público es importante, su prioridad la tienen los acuerdos. Su  mensaje final procura ser una suma constructiva de elementos de origen diverso pero naturaleza complementaria. Hechos y resultados que ofrecer como rendición de cuentas a la sociedad por su gestión. Un enfoque positivista de la política que le granjeó dividendos empíricamente viables. Biden no dispone de una capacidad diplomática sinuosa, pero sí tiene la habilidad de aplicar a las relaciones internacionales la posibilista táctica posibilista del día a día. Fijación de posiciones, presión y negociación, identificación de fortalezas y vulnerabilidades, localización de límites mínimos y máximos para las contrapartes, aproximación en el entorno de esos itinerarios, entendimiento mediante cesiones y aceptaciones mutuas, táctica circular, acuerdo.

Biden es un dirigente hábil, un mandatario práctico, pero es improbable que pueda aposentarse como estadista plenamente institucionalizado. Carece del carisma, la asertividad, la visión, el talento analítico, el sentido de la Historia, y demás rasgos que determinan esa categoría. La prognosis de Stephen Skowronek es del todo pertinente también para desentrañar la Presidencia Biden. El tránsito entre poder y autoridad, por ejemplo, explica la coyuntura tanto del propio Biden como la de Trump. La pérdida de impulso que tiene la primera institución del país, es un hecho. La capacidad unificadora proyectada desde la Casa Blanca ha quedado ásperamente castigada.

Entre los errores de Biden aparece el rebasamiento de los límites en las relaciones con los grupos de poder e influencia. Los intereses –de toda especie- emergen; siempre. En Ucrania, Rusia, Estados Unidos, entre otros países, se conservan potenciales datos controvertidos que afectan a elites, particulares y dirigentes, empresas y corporaciones. El factor determinante para concluir su Presidencia dependerá de revelaciones que puedan afectarle, incluso indirectamente. La peritación que la Inteligencia norteamericana realice será decisiva: el control de daños sobre posibles implosiones de casos. Si la previsión fuese crecientemente peligrosa para la estabilidad institucional, los directivos de Inteligencia –en base a la práctica real, no a la doctrina formal, de Seguridad Nacional- deberán recomendar una salida lo más inocua posible. En ese supuesto, se aducirían los motivos elegantemente convencionales para vestir el escenario. La renuncia, la no continuidad, como solución tangencial. De alcanzarse un acuerdo con las contrapartes, quizá se pueda concluir la Presidencia. Quizá.

Biden, superviviente de sí mismo (1)


José J. Sanmartín


El inicio como retorno permanente: “Celtic” vuelve a casa


El Secret Service asignó a Biden el nombre en clave “Celtic” tras incorporarse como candidato a Vicepresidentedel Partido Demócrata en las elecciones de 2008. Durante su etapa como Vicepresidente (2009-2017) extendió sus redes de influencia al objeto de conferir solidez a la Presidencia de Barack Obama. Lo aprendido en la tradición católica fue relevante para definir su posibilismo constructivo. Se previenen errores, porque se detectan antes. Si la acción es el núcleo dinamizador de la política, la prudencia es su núcleo estabilizador. Biden siempre ha procurado mantener un equilibrio entre ambos vectores; en caso de colisión, su elección ha sido nítidamente manifestada en público: la sensatez como activo institucional. No cabe libertad sin responsabilidad; y viceversa. Somos libres conforme asumimos nuestro deber. La obligación de ser nos impulsa a la ayuda al prójimo, al bien común. Los preceptos redentores del catolicismo han sido para Biden un firme asidero doctrinal y moral. A ello se añade su liberalismo social, profundamente influido por la doctrina social de la Iglesia, junto a un aristotelismo tamizado pero atento a la mesocracia, el equilibrio y el término medio.  

Al mismo tiempo, el origen irlandés de Biden ha sido un dividendo activado con su mesura habitual. He aquí la idea de comunidad nacional, la sensación de pertenencia a algo mejor y mayor, la constatación de un continente de hechos y sentimientos llamado Estados Unidos. Desde su concepción imbricadora de la política, consideraba que las herramientas son válidas en la medida que se aporten dividendos a todas las partes. Un corredor de fondo sabe que lo pertinente es disponer de puntos de apoyo a lo largo del recorrido. No se trata de ser el más rápido, ni siquiera el mejor preparado técnicamente; quien realmente perdura en una carrera es el que tiene recursos hábilmente distribuidos tramo a tramo. Esto es, la clave está en adaptar los recursos a los objetivos; y a la inversa. Biden buscaba conectores con los votantes de origen irlandés, con los católicos en general, pero también con aquellos de cualquier otra procedencia nacional y confesión religiosa (cristiana o no). Nadie quedaba fuera de su analísis por sus ancestros, creencias o valores. Se trataba de encontrar espacios de encuentro que facilitasen la interacción entre personas y comunidades. Lo individual y lo colectivo; la libertad y la sociedad, en definitiva.

El origen de Biden explica en parte las pulsiones que han gravitado sobre su vida. Trasladado de niño con su familia de un Estado de la Unión a otro, formado en universidades ajenas a la Ivy League, trabajó en la administración de propiedades para compensar sus moderados ingresos en un despacho de abogados. Su condición de joven esposo y padre de familia numerosa, le hizo multiplicarse a nivel laboral para atender las crecientes necesidades domésticas. 

De joven, Biden nunca pareció serlo. Se casó a una edad en que otros todavía están embarrancados con estudios varados, proyectos difusos y utopías inasibles. El peso del deber en el hogar católico de los Biden era una necesidad, y casi una urgencia. La suya fue una carrera donde se asumían responsabilidades y se tejían conexiones. Su entrada en política era el paso inevitable. A los 29 años logró su entrada en Capitol Hill, pero de forma peculiar: para quedarse. Biden ha sabido construir una imagen de eficiente servidor público.

Desde el primer momento de su carrera política en Washington, Biden enfatizó la voluntad de proyectarse como un representante del pueblo marcado por su corrección política. Él ha incorporado como ningún otro político de su generación la mesura y la idoneidad de las palabras en su discurso público. Las vulnerabilidades de Biden se ubican –mayormente- en ámbitos privados de variable interacción con intereses no conciliables (incluso entre sí). La máxima fortaleza del actual Presidente ha sido su capacidad de resistencia ante las adversidades. El hombre joven con prisa que a los 29 años logró su elección como Senador, pudo haber visto truncada su incipiente carrera política cuando el 18 de diciembre de 1972 su familia sufrió un terrible accidente automovilístico. Su esposa y su hija de 1 año fallecieron, pero sus dos hijos quedaron heridos y convalecientes. La figura de Biden quedó prácticamente mitificada alrededor de ese dolor sincero. Su juramento como Senador lo hizo en la habitación del hospital donde cuidaba de sus hijos.

La historia personal de Joseph Robinette Biden Jr. ha sido una lucha para afirmarse frente a los imponderables e, incluso, los imposibles. La suya es una carrera de obstáculos, a veces puestos por él mismo. El clásico senador personifica la doctrina del escalador en política: entrenar, preparar, avanzar, consolidar… Porque tan importante o más que alcanzar metas, para Biden ha sido misión fundamental el aseguramiento de cada status institucional logrado. Esa pauta de crecimiento calculado puede ser verificada en su desarrollo electoral. El 7 de noviembre de 1972 consiguió una victoria mínima sobre el candidato republicano, pero ganó el escaño de Representante por Delaware. Del 50`5 % de votos entonces (frente al 49’1 % de su antagonista conservador Boggs), ya el 7 de noviembre de 1978 logró la reelección con una notable ventaja: Biden obtuvo el 58 % frente al 41 % de votos conseguidos por su contendiente republicano,  Baxter.

Esa tendencia se amplió en las siguientes dos reelecciones de Biden comprendidas en un período de 12 años. Sin embargo, el ciclo posterior de reelecciones manifestó un estancamiento de apoyo al senador demócrata en 1996; incluso con un ligero retroceso porcentual en 2002 (aquí sus votos sumaron el 58’2 % del total frente al 40’8 % del candidato republicano). Mas, una vez desplegadas al máximo sus capacidades políticas (resiliencia, reacción, regeneración), en su última reelección como Senador, Biden logró una victoria contundente: el 64’7 % frente al 35’3 % conseguido por la candidata republicana O’Donnell. Ese triunfo estratégico el 4 de noviembre de 2008 marcó su poder político en la inmediatamente posterior elección de Barack Obama como Presidente de Estados Unidos.

            La sanación de la sociedad.

Las palabras curan; las soluciones alivian. El tono educado del actual Presidente, su calculado ejercicio de la empatía, le genera herramientas de alta rentabilidad política. Aunque carente del grado superlativo de destreza ejercido por Clinton durante sus dos mandatos, Biden ha demostrado un nivel medianamente aceptable en comunicación política. Sin embargo, un punto fuerte reside en sus habilidades para alcanzar acuerdos, lograr ententes y mejorar relaciones. La agenda de Biden ha crecido imparable durante sus años en el Senado y en la Vicepresidencia, nutrida de contactos valiosos. Negociaciones que llevan a la amistad (real o tangencial), vínculos sellados con el intercambio de favores (hipostasiadamente dentro de la legalidad y/o moralidad).

Biden elude las colisiones frontales, evita el descarrilamiento de trenes, neutraliza el radicalismo excluyente; su visión (negociadora, transaccional, elástica) reposa sobre la necesidad de aportar algo a todas las partes, a las que hace protagonistas de su propia política, pero –a cambio- asume lo máximo que puede de ellas. Biden nunca deja a nadie con las manos vacías, pero tampoco llenas a rebosar. Su objetivo es apuntalar y vivificar los objetivos de cada programa electoral. El contrato suscrito con el pueblo debe cumplirse en la mayor parte del mandato. Sus postulados nunca colisionan con el planteamiento oficial del Democratic Party, pero el senador supo expandir la frontera. La socialización del ideario demócrata requería la apertura hacia otros ámbitos de la sociedad. La conformación de una posición pública por parte de Biden comporta un proceso minucioso de estudio. El análisis ponderado de opciones se basa en correlaciones de fuerza, consecuencias previsibles (no siempre deseables), efectos concomitantes, presunción de beneficios y perjuicios, etc. Así, Biden puede defender políticas a favor de la familia, la libre elección ante el aborto, y recibir en 2016 el más prestigioso reconocimiento para un católico en Estados Unidos: la Laetare Medal (junto al republicano John Boehner).

Conviene reconocer que Biden no cierra puertas de tránsito variable como suelen hacer los dogmáticos. Tampoco asume compromisos de imposible cumplimiento como suelen hacer los temerarios. Biden fundamenta su acción institucional en la negociación entre bastidores, y en la fructificación en público. Es un político, no un estadista; pero un mandatario que ha aprendido de las equivocaciones propias y ajenas. La identificación de activos ha sido una fortaleza en su actividad como legislador. Nadie como Biden sabía avanzar cuando el campo de batalla lo permitía, o detenerse ante dificultades manifiestamente insoslayables.

La clave está en permanecer a resguardo cuando las inclemencias arrecian, evitar el desgaste en batallas imposibles, tender puentes con los contendientes no tanto para atraerles a su favor, sino para eludir convertirse en objetivo prioritario de sus ataques. Durar en el tiempo; a tal efecto, resulta necesaria limitar la erosión política. No saber (o no querer) desactivar las fuentes debilitadoras de un dirigente político, comporta incurrir en un proceso inexorable de decadencia del propio poder. He aquí la muerte escalonada de una carrera profesional. Biden nunca ha aceptado un cargo ni asumido una alta responsabilidad (por tentadoras que fuesen) que potencialmente le pudiese crear más restas que sumas, más divisiones que adhesiones. Un político que dice sí a todo, es un político que dice no a sí mismo.    

Status frente a idealismo.

La cultivada imagen de prudencia –asumida desde el imaginario público- ha sido una constante en su actividad política. Biden ha preferido retraerse o inhibirse antes que dar pasos donde no estaba asegurado ni el resultado inmediato, ni el rédito final. La conservación de su propio status ha constituido su objetivo prioritario. Se trata de un dirigente cauto, inmune a la imprevisión y a la temeridad. Su búsqueda de soluciones transaccionales le ha conducido al sincretismo ideológico, con la pretensión de sumar y no restar.  

En buena lógica, apenas existen declaraciones o manifestaciones suyas que comporten ataques furibundos, insultos personales o descalificaciones exacerbadas. Una habilidad del Senador Biden fue no clausurar rutas que pudiera ser necesario transitar a medio o largo plazo. La astucia política le conducía a atemperar el tono, a proveer un vocabulario atento a las partes concernidas en cada caso o votación; invertir en futuro mediante la compra de tiempo presente. En el Senado, Biden procuraba desmontar sólo los argumentos contrarios a su propuesta, pero era exquisitamente cuidadoso de no herir en lo personal a sus antagonistas parlamentarios. El cálculo del francotirador.

Los puentes, siempre tendidos. Las posiciones, nunca tensionadas. Su discurso jugaba la carta institucional, más allá de lo puramente partidista. Biden era consciente que lo perentorio en política, no perdura. En cambio, aquello a lo que se confiere un status elevado, resulta positivamente motivador. Por tanto, la disposición de Biden requería neutralizar todo sesgo –por mínimo que fuese- de contenido, o apariencia, excluyente. La inclusión de los otros, la incorporación de ideas y propuestas que pudiesen galvanizar la inteligencia emocional de los votantes de aquellos líderes con los que Biden tuviese que negociar, era su forma de presionarles. Sin la habilidad retórica de Clinton, pero sincopado a la capacidad comunicadora de Obama, su Vicepresidente jugó de forma variable con una ventaja cualitativa: la conciencia de sus vulnerabilidades y fortalezas.

En ese contexto, Biden impulsaba el posibilismo como paso necesario para la superación de disparidades excluyentes; el programa electoral estaba por encima de la ideología política. De esta manera, la doctrina y sus inevitables dogmas cedían ante una visión integradora, incluso potencialmente dispersa, de lo que debía auspiciarse. El precio a pagar se tradujo en ocasiones a través de una difuminación del grado de compromiso en materias decisivas. Con la rebaja ideológica en los preceptos del Partido Demócrata, Biden se sumó al grupo que reactivó el pragmatismo para mejor conseguir los objetivos de los demócratas. El Estado del Binestar, el apoyo a sectores vulnerables por parte del Federal Government mediante políticas sociales, una cobertura sanitaria más amplia, entre otras medidas, fueron impulsadas durante la Presidencia de Bill Clinton. Además, se reforzó la economía, las empresas dispusieron de un apoyo fundamental, se incentivó la prosperidad también entre las clases medias, etc. En definitiva, se trataba de aunar el idealismo tradicional con los resultados empíricos; quedaba demostrada la eficacia de la nueva fórmula demócrata, donde la fiscalidad se mantenía en unos parámetros racionales. Al mismo tiempo, se actuaba enérgicamente para ayudar a quienes sufrían desamparo, pero se fomentaba un desarrollo económico e industrial importante.

Entre las vulnerabilidades de Biden aparecen aspectos que podrían generar una crisis. La construcción de redes con determinados apoyos internacionales puede generar disfunciones en el futuro de Biden. De darse ese escenario, lo previsible es que Biden abandone el escenario con la creíble excusa de la edad, la verosimilitud del deber cumplido, o la apelación a una causa de fuerza mayor (la salud, u otra). Conforme a su tradición, el sistema político norteamericano protegerá sus valores máximos, elevados a la categoría de sacralidad laica. La figura presidencial interactúa como un Sumo Pontífice de la religión política –y patriótica- que vertebra al país. Si Biden no incurre en errores graves durante su etapa presidencial, el sistema le evitará un escarnio público. Pero si el actual Presidente no es capaz de proyectar un discurso integrador y positivo para el conjunto de la sociedad, es altamente probable que reciba un correctivo; de ser así, los medios de comunicación ejercerán como heraldos de la fatalidad.

La realidad vigente hasta el momento es que Biden difunde un mensaje de conciliación entre los norteamericanos, pero no tanto de reconciliación. El acutal Presidente adopta una posición ambiciosa en los medios pero conformista en los objetivos. Falta una apelación inclusiva a los valores clásicos del país, falla el reconocimiento a los problemas que sufre una parte sustancial de la población. La tercera vía buscada por el Presidente Biden reposa en un momentum precario entre las hipotecas que tiene con las elites y los deberes hacia el pueblo soberano. Un término medio aristotélico que permita el equilibrio entre creencias y credos, valores objetivos y percepciones subjetivas, no aparece definido. El Presidente emerge alineado a una orientación clásica –livianamente ortodoxa, aunque no extrema- del Partido Demócrata. Tras el mandato sañudamente politizado de Donald Trump, lo que el país necesita es un líder más moral que ideológico, más pragmático que dogmático. La desradicalización en la sociedad se impone como tarea indispensable. La exclusión de unos contra otros, el lacerante maniqueísmo que elimina todo debate sana y educadamente racional -entre otros hechos graves- lastran hoy lo que en tiempos pretéritos fue ejemplo de mentalidad democrática y sociedad abierta.

En la medida en la que Biden sea eficiente para trascender la politización e reintroducir elementos de racionalidad democrática, logrará sostener la estabilidad institucional. La hoja de ruta en esa dirección exige gestos compasivos, integradores y despolitizados. La inclusión de todos en un mismo universo de valores compartidos: la democracia constitucional como hogar común de todos los estadounidenses; lo cual debe transmutarse en hechos, logros y soluciones de plástica concreción en la vida de sus conciudadanos. Todo lo que sean generalidades, perecerá. Por tanto, se impone la cultura del diálogo constructivo, de la rendición de cuentas, de la responsabilidad, etc. En definitiva, el ejercicio del Buen Gobierno como encuentro entre el pueblo soberano que se siente escuchado y las instituciones que gestionan la provisión de soluciones. Si esa reconciliación se realiza, Biden habrá triunfado. Pero la sustitución de un maniqueísmo por otro -de un irracionalismo por otro- generaría una inevitable pérdida y una irreversible derrota para la sociedad; todo ello se cobraría una implacable factura.  

La conspiración de Babington y España. (I)

Carlos Carnicer.

María Estuardo, reina de Escocia y durante un breve período también de Francia por su matrimonio con Francisco II, era hija de Jacobo V de Escocia y de María de Guisa. A la muerte prematura de su padre, María de Guisa decidió enviarla a la corte francesa, donde en aquel momento sus parientes, la poderosa familia de los Guisa, procedentes de Lorena, había alcanzado gran ascendiente sobre el rey de Francia Enrique II. Criada entre las hijas de este monarca francés, fue prometida y se casó finalmente con el primogénito de Enrique II y Catalina de Médicis, Francisco, en 1558. La inesperada muerte de Enrique II en 1559 convirtió a María Estuardo repentinamente en reina de Francia junto a su esposo Francisco II. En su escudo se presentaría como reina a un tiempo de Francia, de Escocia y de Inglaterra también. Esta provocación nunca sería olvidada por su prima Isabel I, que había ascendido al trono inglés en 1558.

La clave de las difíciles relaciones entre estas dos reinas estaría siempre complicada por la sangre y la religión. Isabel, hija de Enrique VIII y María Bolena, había devuelto a Inglaterra al protestantismo después de la restauración católica emprendida durante su reinado por su hermanastra María Tudor. La escocesa María Estuardo era católica y tenía derechos legítimos a la corona inglesa. Para los católicos de toda Europa, los únicos derechos que contaban. Una combinación amenazante para Isabel I y todos los protestantes de la isla.

Tras la muerte de Francisco II en 1560, María Estuardo se trasladó a su reino escocés y vivió un turbulento reinado. Acosada por las rebeliones nobiliarias, la división entre católicos y protestantes (estos apoyados desde la vecina Inglaterra) y la propia vida accidentada de la joven reina, que terminó en 1568. Huyendo de la derrota de sus partidarios en la batalla de Langside, se refugió en la vecina Inglaterra solicitando el amparo de Isabel. Pero solo consiguió convertirse en su prisionera durante los siguientes casi veinte años, hasta su muerte. Detrás dejó a un hijo de apenas dos años al que nunca más volvería a ver, Jacobo VI, quien años más tarde se convertiría en el sucesor de Isabel I con el nombre de Jacobo I, rey de Inglaterra y Escocia.

La España de Felipe II tuvo que dar un giro completo a su política heredada de los reinados de los Reyes Católicos y Carlos V. El enemigo prioritario de España era Francia. Escocia era el aliado tradicional de Francia, mientras que Inglaterra había sido un socio de España frente a los franceses. Hasta 1568, por difíciles que se hicieran las relaciones con la protestante Isabel I, Felipe II estaba interesado en mantener una Inglaterra fuerte que dominara a Escocia, cabeza de puente de la presencia francesa en las islas británicas. Pero todo eso cambió por múltiples y coincidentes razones en torno a 1568.

Los problemas de Felipe II en Flandes, las campañas piráticas inglesas en América, la ruptura diplomática y la guerra no declarada que se desarrolla entre ambos reinos de 1568 y 1571 cambian la perspectiva con la que se contempla a María Estuardo y a Escocia desde Madrid. La católica y cautiva reina escocesa es ahora un valioso peón en la estrategia de España en el norte, vital a causa de la guerra en los Países Bajos. Desde ese momento y hasta  su ejecución en 1587, María Estuardo va a estar en el centro de todos los planes católicos para destronar a Isabel I y reimplantar el catolicismo en las islas. Directa o indirectamente, España se va a ver implicada en todos los proyectos que buscan lograr este objetivo ya desde 1568, en los que están implicados el papa y los Guisa.

En la década de 1580 España comienza a superar el bache de la bancarrota de la bancarrota de 1575 y del hundimiento de la autoridad real en los Países Bajos. Con las treguas con el imperio turco en el Mediterráneo desde 1578, se produce un desplazamiento de las urgencias de la monarquía hispánica hacia el Atlántico y hacia el norte. La unión dinástica con Portugal, la alianza con los Guisa y la liga católica en Francia y las victorias del príncipe de Parma en los Países Bajos reconstruyen el poder militar español. Todo ello hace aún más tensas las relaciones con la Inglaterra de Isabel I, y más relevante el papel de María Estuardo como opción deseable para España.   

El último acto de las relaciones entre Felipe II y María Estuardo va a ser la llamada conspiración de Babington, el postrer complot que tiene como centro a la católica reina cautiva y que terminará provocando el enjuiciamiento y condena a muerte de María. El asunto es complejo y enmarañado y tiene todos los visos de haber sido en buena parte —como las anteriores conspiraciones para destronar a la reina de Inglaterra Isabel I— diseñado o, cuanto menos, controlado (si no dirigido) por el propio gobierno isabelino. Así que intentaremos explicar con claridad todas las circunstancias que lo rodean.

La sombra del asesino de Orange.

En 1583, gracias a la ingenuidad del embajador francés en Inglaterra, Castelnau, que no se había enterado de que toda su correspondencia con María Estuardo llegaba a la mesa del secretario de estado inglés Francis Walsingham por la traición  de su secretario Courcelles, Isabel I pudo indignarse con la doblez de su prima, que a un tiempo animaba a Castelnau a apoyar al conspirador Throckmorton en su designio de eliminarla, mientras a la vez negociaba con ella para que le permitiera recuperar el trono escocés por un acuerdo de asociación para reinar conjuntamente en Escocia con su hijo Jacobo VI. Por supuesto, esta asociación, que significaba la liberación de María y la vuelta al trono escocés, debía ir acompañada del compromiso de no reclamar los derechos a la corona inglesa hasta la muerte de Isabel. De esta manera, la fracasada conspiración de Throckmorton tuvo la fatal consecuencia de romper definitivamente las negociaciones entre María e Isabel y, sobre todo, de que ésta jamás volviera a confiar en la buena voluntad de su prima cautiva. También repercutió en las relaciones con España: el último embajador español en Londres, Bernardino de Mendoza fue expulsado de Inglaterra.

La alarma de Isabel y su gobierno llegó hasta la histeria cuando unos meses después, en julio de 1584, el líder de la revuelta neerlandesa contra Felipe II, Guillermo de Orange, caía abatido en su propia casa en Delft por los disparos de un agente al servicio de España, Balthasar Gérard. El paralelismo con lo que podía sucederle a Isabel I en cualquier momento era evidente. Como en el caso de Isabel, Guillermo de Orange había sido objeto de conspiraciones contra su vida casi desde el principio de su rebelión, que hasta entonces habían fracasado. Pero finalmente, la sentencia de muerte contra él se había por fin ejecutado. Daba la impresión de que solo era una cuestión de tiempo que los servicios secretos españoles encontraran la persona, el momento y los apoyos necesarios para acabar también con la reina de Inglaterra.

La personalidad impasible del asesino también se conoció en Inglaterra. Gérard era un joven de 27 años absolutamente convencido de la santidad de su causa, que resistió con paciente valor la tortura a la que fue sometido tras el atentado y redactó su confesión sin el menor arrepentimiento. Uno de los testigos de los tormentos a los que fue sometido declaró sobre Gérard: “en mi vida he visto un hombre con mayor resolución y constancia”. Su ejecución en el mercado de Delft fue tan deliberadamente cruel como la que se venía aplicando en Inglaterra a los misioneros jesuitas y conspiradores católicos, pero ello no parecía que fuera suficiente para disuadir a algún otro joven católico fanatizado hasta el límite de poner en juego su vida a cambio de eliminar a la “usurpadora” Isabel y abrir así el camino a la restauración católica en Inglaterra.

El gobierno inglés estaba viendo cómo, por más esfuerzos que hiciera, por más tramas que penetrara y desarticulara, por más católicos que encarcelara, siempre parecía haber nuevos candidatos, particularmente entre la juventud católica, para tomar el relevo de los que iban cayendo en prisión y en las horcas de Tyburn. Los años 1580 son una época en la que el catolicismo reverdece en Inglaterra, animado por la llegada clandestina de sacerdotes jesuitas formados en los seminarios del continente, dispuestos a desafiar la persecución y el martirio. Por otro lado, para la nueva generación de católicos ingleses, María Estuardo ha quedado depurada ya de las sombras de su actuación política y privada en los años en que fue reina de Escocia. Ahora es una suerte de princesa romántica, encerrada en una cruel prisión a causa de su inquebrantable lealtad a la fe católica, aguardando un salvador que la libere y la restituya en sus legítimos derechos como reina de Inglaterra y Escocia, y que de paso restaure la verdadera religión en toda la isla.

Apenas liquidado el asunto Throckmorton, se produce un nuevo sobresalto. A primeros de septiembre de 1584 una nave española que navega hacia Escocia es abordada por navíos holandeses. A bordo del barco viaja el sacerdote jesuita escocés Creighton, que es un activo urdidor de planes para dar un vuelco a la situación política en Escocia e Inglaterra, y que ya había estado dos años en Escocia, en la época de privanza del duque de Lennox, intentando la conversión al catolicismo de Jacobo VI y su reino. Creighton transporta precisamente documentos muy comprometedores, de los que inmediatamente intenta deshacerse arrojándolos por la borda del barco. La mala fortuna quiere que un cambio repentino de viento haga regresar los papeles al navío y que se esparzan por la cubierta. Los holandeses los recogen cuidadosamente y se los remiten al secretario de Estado de Isabel I, Francis Walsingham, junto a la persona del propio padre Creighton.

El 16 de septiembre, el jesuita está ya encarcelado en la Torre de Londres y comienza a sufrir la inevitable serie de torturas e interrogatorios. Los papeles y confesiones del sacerdote muestran toda una trama que une a los Guisa, España y el Papa para desembarcar tropas en Inglaterra y derrocar al gobierno de Isabel I. Es muy probable que el jesuita, tras la tortura, se mostrara muy colaborador con Walsingham; o tal vez se temía enturbiar más las relaciones con Escocia, porque lo cierto es que en vez de ser inmediatamente ejecutado se le liberó y expulsó de Inglaterra. En su caso, con sorprendente miramiento, se tuvo en consideración —según se hizo público— el hecho de que, como escocés, no era súbdito de la reina de Inglaterra, y que su captura se había producido, además, fuera de suelo inglés.

El bando de Asociación.

El caso Creighton impresionó a la reina Isabel y vino a reforzar el efecto acumulado de la conspiración recién desarticulada y del asesinato de Orange. No han pasado ni dos meses desde la ejecución de Throckmorton y el consejo de la reina de Inglaterra comprueba a través de Creighton cómo la maquinaria conspiradora católica no se ha detenido ni un solo segundo en urdir nuevos planes de subversión. En respuesta a la interminable amenaza, en octubre de 1584, los grandes hombres del régimen isabelino, Leicester, Cecil y Walsingham redactan el Bando de Asociación. Al principio se trata solo de una declaración de los “súbditos leales” de la reina que puede ser firmada voluntariamente por quien lo desee. En poco tiempo, solo en el condado de Yorkshire, el bando tiene ya siete mil adherentes. Pero para darle forma más legal, debía ser aprobado como ley para la defensa de la reina por un parlamento convocado al efecto y compuesto exclusivamente por protestantes (los católicos habían sido excluidos del parlamento ya en 1571). En el bando original no solo se proclamaba la lealtad hacia Isabel y la negativa a admitir un sucesor católico en el trono de Inglaterra, sino que se apuntaba directamente contra María Estuardo. En el caso de que Isabel muriera víctima de un atentado, el beneficiario de su muerte (que no podía ser otro que la propia María), no solo quedaba excluido de la sucesión, sino que sería ejecutado en venganza por el asesinato de Isabel, incluso aunque no hubiera participado en la conspiración para asesinarla.   

El extremismo del Bando muestra el grado de exasperación alcanzado por la clase política que rige la Inglaterra isabelina, de la que son buena muestra algunos de los impulsores como William Cecil (ahora titulado lord Burghley) y Francis Walsingham, viejos aliados, pero no siempre coincidentes en materias de Estado, e incluso a estas alturas del reinado, en algunos momentos, rivales. La nueva clase dirigente surgida con Isabel ha escalado desde rincones bastante oscuros de la nobleza hasta lo más alto del poder gracias a la propia dudosa legitimidad (desde el punto de vista católico) de esta hija de María Bolena y a su apuesta por consolidar el protestantismo como religión del estado. Es un grupo ante todo protestante, ligado a la nueva religión, y cuya peor pesadilla sería la vuelta a una reina equivalente a lo que fue en su día (y todos ellos la conocieron) María Tudor, con la que saben que lo perderían todo, incluida, probablemente, la propia vida.

La reacción al asesinato de Guillermo de Orange y a la posibilidad de que Isabel siguiera la misma suerte, les daba la oportunidad de resolver de manera tajante el problema de la sucesión dentro de un marco protestante. En 1584 la reina de Inglaterra contaba ya cincuenta y un años y no tenía ni tendría nunca hijos que la heredasen directamente. Su padre, Enrique VIII, había fallecido a los cincuenta y cinco, y su hermanastra María Tudor a los cuarenta y dos. Muriera asesinada o por la edad, William Cecil se proponía despejar cualquier incertidumbre sobre la continuidad de un régimen protestante que —sobra decirlo— debía quedar sólidamente controlado por él mismo. Porque el Bando, en su original redacción, no solo excluía y condenaba a muerte a María, sino también a su hijo Jacobo VI, el candidato más evidente a la sucesión y cuya sincera adhesión al protestantismo no estaba nada clara. Según el proyecto de Cecil, a la muerte de Isabel, un gran consejo formaría una regencia, que sometería al parlamento (protestante) la elección de un nuevo rey, por supuesto, también protestante.     

El otro aspecto del Bando de Asociación es que, de ser aprobado tal cual, eliminaba de un plumazo cualquier posibilidad de que María Estuardo se les escapara de las manos. Ahora ya no era necesario tener pruebas que la implicaran directamente en una conspiración, ni hacía falta convencer a Isabel de la culpabilidad de su prima. Ni siquiera sería necesario un juicio público. Todos estos obstáculos desaparecían de golpe y dejaban a la reina de Escocia literalmente en manos de sus enemigos. No ocurriría esta vez como en 1572, cuando tras la cuidadosa orquestación de la conspiración de Ridolfi realizada por Cecil y Walsingham, estos solo consiguieron la condena a muerte del duque de Norfolk, pero no la tan deseada de María Estuardo.

Pero Isabel no estaba por la labor de permitir que Cecil y un parlamento controlado por él designaran a su sucesor, humillando a sus ojos, sus propios derechos reales a designar a su heredero. Así que, inmediatamente, Isabel obligó a Burghley a abandonar este proyecto. También moderó la condena absoluta contra los beneficiarios de su muerte violenta, ya que una cosa era excluir a María Estuardo, y otra bien diferente hacerlo con su hijo Jacobo VI. El joven y protestante Jacobo era el heredero más obvio al trono de Inglaterra una vez Isabel desapareciera, pacífica o violentamente. Solo en el caso de que se demostrara fehacientemente la participación de Jacobo en una conspiración contra la reina de Inglaterra, podría ser excluido de la sucesión. Y precisamente, Isabel se proponía jugar con la promesa de sucesión para separar definitivamente a Jacobo de María y de cualquier veleidad de conseguir la herencia conspirando contra ella. Como en ese momento los éxitos de España en los Países Bajos parecían conducir a un colapso de la rebelión allí, iba tomando cuerpo la idea de una intervención militar directa inglesa para apuntalar la resistencia neerlandesa contra Felipe II. Esto supondría una práctica declaración de guerra contra España que hacía deseable tener completamente asegurada la frontera del norte con Escocia. En tales circunstancias, empujar a Jacobo a una situación desesperada en que tuviera más que ganar con la desaparición de Isabel que aguardando a heredarla, era una opción estúpida. De hecho, lo que va a hacer Isabel es entablar negaciones con Jacobo VI para asegurarse su lealtad.

La conspiración del doctor Parry.

Así, cuando el parlamento se reúne entre noviembre de 1584 y marzo de 1585, el Bando queda bastante moderado según las exigencias de la reina Isabel. La resultante Ley para la seguridad de la Reina, obligaba a un juicio previo y público para excluir y condenar a un posible sucesor que hubiera alentado una invasión del reino o conspirado para asesinar a la soberana, lo que salvaba las posibilidades de Jacobo de heredarla, siempre que se mantuviera al margen de cualquier intriga. El mismo parlamento aprobó una draconiana “ley contra los jesuitas, sacerdotes seminaristas y otras personas semejantes y desobedientes”, que amenazaba con la muerte a todos los sacerdotes ordenados en el extranjero a partir de 1559 y les daba un plazo de cuarenta días para abandonar el reino. Significativamente, el único parlamentario que osó protestar públicamente por esta ley fue el doctor William Parry, un universitario que en 1579 se había convertido secretamente al catolicismo.

Su protesta pública le costó a Parry la condena del parlamento, en medio de un gran escándalo, y un primer encarcelamiento. Isabel lo hizo liberar, pero su libertad apenas duró unas semanas. En enero de 1585, Parry fue oportunamente denunciado por Edmond Neville, un primo católico del conde de Westmorland, uno de los líderes de la rebelión del Norte en 1569 y huido al continente tras su fracaso. Neville confesó arrepentido haber participado en una conspiración para asesinar a la reina disparando contra ella cuando se desplazaba en carroza o en los jardines de Westminster. El instigador del proyecto no era otro —según Neville— que, precisamente, el doctor Parry.

Naturalmente, el ex parlamentario Parry fue inmediatamente arrestado de nuevo, interrogado y juzgado, mientras el caso se difundía por toda Inglaterra en medio de las acaloradas sesiones del parlamento para aprobar la ley contra los jesuitas y para la seguridad de la reina, que fueron aprobadas en un apropiado ambiente de apasionamiento anticatólico. El proceso conectó también muy oportunamente el supuesto intento de regicidio de Parry con el mundo de los refugiados católicos ingleses en el continente, con los líderes de la Liga católica francesa y parientes de María Estuardo, los Guisa, el representante de esta en Francia, el arzobispo de Glasgow, y por supuesto, con los españoles. El centro de toda la trama, según el gobierno inglés, era Thomas Morgan, el hombre que ejercía desde el exilio la función de secretario de estado de María e intentaba mantener abierta la comunicación entre la reina de Escocia y sus partidarios en el continente.

Ante tal acumulación de coincidencias tan oportunas para el gobierno inglés, parece poco dudoso que Edmond Neville no era más que una hechura o agente secreto de Walsingham. De hecho, incluso el propio Parry lo había sido ya en algún momento anterior, y no deja de ser curioso que, con sus antecedentes católicos, se le permitiera presentarse y ser elegido como diputado al parlamento de 1584. En cualquier caso, sirvió perfectamente de chivo expiatorio con su protesta contra la ley que condenaba a los jesuitas, pues la conclusión que pudo sacar la opinión protestante inglesa es que solo se podían oponer a la nueva legislación, justamente, los conspiradores y traidores como él. Una vez utilizado, Parry fue condenado y rápidamente ejecutado el 2 de marzo de 1585, incluso antes de que concluyeran las sesiones del parlamento. De nada le sirvió proclamar en el cadalso su inocencia y que era la víctima de una maquinación del gobierno. En cambio, su denunciante, Edmond Neville, fue pronto liberado de la prisión y pudo abandonar Inglaterra (algo difícil de conseguir si el gobierno hubiera decidido impedírselo), e instalarse en Roma, donde sobrevivió treinta y cuatro años al desdichado doctor Parry.  

Thomas Morgan en la Bastilla.

Una consecuencia —quizás también buscada— del caso Parry fue que Isabel I escribió al rey de Francia, Enrique III, solicitando oficialmente el arresto y extradición a Inglaterra de Thomas Morgan, quien residía en París. El embajador inglés en Francia, sir Edward Stafford fue encargado de mantenerlo vigilado hasta que, una semana después de la ejecución de Parry, el 9 de marzo de 1585, la guardia real francesa detuvo a Morgan y lo encerró en la Bastilla. Enrique III no accedió a extraditarlo a Inglaterra, pero sí lo mantuvo en prisión durante un período de dos años que va a resultar literalmente vital para la suerte de María Estuardo.

A propósito de Morgan conviene aclarar el papel que desempeñó en la tragedia que estaba tramándose. Thomas Morgan llevaba años formando un tándem con Charles Paget que había conseguido desplazar al embajador oficial de María Estuardo ante la corte de Francia, el arzobispo de Glasgow, James Beaton. Paradójicamente ambos habían comenzado su carrera como secretarios del propio Beaton, y gracias ello, tomado conocimiento de todos los tratos en Francia de la reina de Escocia. Sin embargo, con el tiempo, los dos secretarios y su antiguo patrón se habían distanciado considerablemente. Y lo que es más importante, habían conseguido que María Estuardo también se distanciara de su representante oficial y dejara en manos de la pareja la llave de sus comunicaciones y contactos con el exterior. 

Entre los exiliados católicos ingleses se había creado una fuerte división en estos años. Por un lado, gracias a la arriesgada labor de reconversión de Inglaterra por medio de misioneros clandestinos formados en los seminarios del continente, los jesuitas, que gozaban aparentemente del apoyo sin reservas del Papa, formaban un poderoso grupo en alianza con el duque de Guisa y con España, representada por los embajadores Juan Baptista de Tassis y luego por Bernardino de Mendoza. Este núcleo contaba con el apoyo del jesuita Robert Parsons y de William Allen, fundador de los colegios ingleses de Douai-Reims y de Roma, y que sería promovido al cardenalato en 1587 por el propio Felipe II. Pero en contra de la omnipresencia de los jesuitas, se revolvían los propios Morgan y Paget, que además de ejercer como una suerte de secretarios de Estado de María en el exilio, controlaban los recursos económicos de la reina y, ante todo, su correspondencia. Esta división se había ido profundizando desde que en 1582 el duque de Guisa había excluido a la pareja Morgan-Paget de sus tratos con el entonces embajador español Juan Baptista de Tassis, el nuncio papal y el representante oficial en Francia de María, el arzobispo de Glasgow para su gran proyecto de restauración católica en Escocia e Inglaterra. Thomas Morgan y Charles Paget jamás olvidaron la afrenta de quedar apartados de aquellas negociaciones.

Coincidiendo con ese resentimiento de Morgan y Paget contra el triángulo formado por los jesuitas-España-Guisa, se produce un enfriamiento de estos mismos valedores de la causa de María Estuardo respecto a la propia reina escocesa en los años anteriores a la conspiración de Throckmorton. El intento de María de llegar a un acuerdo con su hijo Jacobo, con el beneplácito de Isabel, para reinar en asociación en Escocia garantizando a la reina inglesa su alianza, desconcierta, cuando no irrita, tanto a los Guisa como a sus aliados en Roma y en Madrid. Para los partidarios de una intervención católica extranjera en Inglaterra y Escocia era imposible asimilar la solución acomodaticia que pretendía ahora María con la hereje soberana inglesa, porque echaba por tierra todos sus planes de recatolización de la isla. Por eso, Morgan y Paget, que no se oponen a estas negociaciones con Jacobo VI, quedan convertidos a ojos de María en sus más fieles servidores.

Además, ellos son los únicos que parecen trabajar cada día para conseguir mantenerla en contacto con el exterior. María se queja de los silencios de su embajador oficial, el arzobispo de Glasgow, ignorando que sus cartas no llegan, precisamente, porque Morgan y Paget lo impiden. El resultado es que la pareja toma un control absoluto de la correspondencia, de todos los negocios y del mismo acceso a la reina cautiva. Cuando algún partidario de María intenta contactar con ella debe pasar por el filtro que establecen Morgan y Paget. Si alguien expresa dudas sobre la competencia o los métodos de estos dos servidores (y son muchos los que lo hacen), tal cuestionamiento no llega nunca a las manos de María.

La prisión de Morgan en la Bastilla desde marzo de 1585 hasta el otoño de 1587 complica todavía más las cosas. Aunque puede seguir recibiendo visitas y manteniendo contactos en un encarcelamiento bastante relajado, su situación no le permite hacer demasiadas averiguaciones respecto a los numerosos infiltrados, supuestos católicos, que van a ir desfilando por su celda en esos meses de prisión: gentes de las que tendremos que hablar a continuación como Poley, Berden y Gifford. Aunque también es muy posible que, desde años antes, y para cubrirse las espaldas, Morgan y Paget vinieran actuando ya como agentes dobles al servicio del mismísimo Walsingham. Esta posibilidad, cuadra muy bien con el hecho irrefutable de que serán ellos los que avalen ante María a personajes tan dudosos como los que van a tener enseguida un papel esencial en la destrucción de la reina de Escocia.

El asalto al Capitolio

José Luis Hernández Garvi

En el momento de escribir estas líneas todos tenemos todavía muy recientes las impactantes imágenes del asalto al Capitolio en Washington, símbolo de lo que hasta entonces creíamos que era el mejor ejemplo de democracia sólida. Al margen de cuestiones relacionadas con sus causas y efectos, lo cierto es que la noticia ha causado una gran conmoción que dejará una profunda huella en el pueblo norteamericano. Si queremos encontrar culpables, más allá de los estrafalarios personajes – muy propios de su sociedad – que protagonizaron los graves incidentes, tal vez se debería preguntar a la clase política norteamericana en conjunto, responsable en gran medida de esos lamentables hechos por activa y por pasiva.
Dicho esto, y sin entrar en profundidad en valoraciones que no son tema de este artículo, lo cierto es que desde la distancia que nos proporciona nuestra visión europea nos resulta inconcebible que los intentos de irrupción en la sede de la soberanía del pueblo norteamericano no encontrasen una respuesta contundente por parte de los cuerpos de seguridad de la capital federal. Analistas y profanos coinciden en afirmar que se trató de un grave fallo de seguridad de difícil justificación. Hablamos desde el convencimiento de que ante disturbios violentos de este tipo la policía de cualquier país del Viejo Continente habría sabido reaccionar con medios proporcionales para neutralizar la amenaza. Abundan los ejemplos en este sentido, como hemos tenido la ocasión de contemplar en estos turbulentos últimos años.
Ante los graves hechos inéditos que acapararon la atención mundial, los mal pensados ya han empezado a difundir teorías sobre la existencia de una supuesta mano negra que habría franqueado el paso a los manifestantes que irrumpieron en el Capitolio. Algunos señalan incluso a miembros de las fuerzas del orden encargados de custodiar el edificio, que inspirados por oscuros intereses serían culpables de haberlos dejado entrar. Incrédulos, se niegan a aceptar que un grupo heterogéneo de asaltantes hubieran sido capaces, por sí solos, de vulnerar los controles de seguridad de la institución, hasta el punto de poner en jaque un sistema político que con sus virtudes y defectos parecía estable.
Por mal que les pese a algunos, objetivamente los hechos no alcanzaron ni siquiera el grado de tentativa de golpe de estado; en todo caso, supuso un ejercicio de irresponsabilidad por parte del incitador que finalmente se le fue de las manos al no valorar las posibles consecuencias de sus palabras y actos, algo que no resulta excepcional en el último ocupante del Despacho Oval, figura política que irrumpió en el establishment de Washington como un elefante en una cacharrería. Superada la conmoción inicial, conviene centrar la atención en el fallo de seguridad que permitió en última instancia este desafío a la democracia del país más poderoso de la Tierra, aunque todo apunta a que no mantendrá ese estatus por mucho tiempo.
La cultura popular norteamericana se ha encargado de vender al resto del mundo una imagen de sus fuerzas del orden muy alejada de la realidad, como hemos tenido la oportunidad de comprobar los que hemos visitado los Estados Unidos. El cine, la televisión y la literatura nos han presentado a los representantes de la ley de ese país investidos de un aura digna de superhéroes infalibles y ejemplares defensores de la ley. De esta forma acrónimos como el FBI, la DEA o la menos conocida ATF, sin olvidar a los US Marshalls o al USSS, entre otras muchas, se han convertido en sinónimos de cuerpos policiales de élite capaces de hacer frente a cualquier amenaza delictiva; la sagacidad mostrada por sus agentes y los medios a su alcance eran más que suficientes para derrotar al más retorcido villano surgido de la imaginación de un escritor o guionista. Sin embargo, en el mundo real todo resulta muy diferente.
Como ocurrió con tantos otros temas, los atentados del 11-S pusieron las cosas en su sitio y abrió los ojos de muchos ciudadanos norteamericanos, hasta entonces cegados por una ingenuidad que a pesar de la gravedad tangible de unos hechos históricos sigue enturbiando el modo de vida y las mentalidades de muchos de ellos hasta un grado de infantilismo que sería enternecedor de no ser por las graves consecuencias que trae consigo. Las míticas agencias policiales de los Estados Unidos habían sido incapaces, con todo su poder y arsenal, de proteger a sus ciudadanos de un ataque procedente del exterior, evidenciando una incompetencia y unos errores de coordinación dignos de un país mucho menos desarrollado. La respuesta de la Administración federal fue aumentar los presupuestos dedicados a luchar contra la amenaza terrorista y multiplicar los efectivos humanos de la comunidad de inteligencia. Sin embargo, algunas de las carencias y defectos anteriores no fueron corregidos: si a nivel de los grandes departamentos policiales de las principales ciudades norteamericanas se crearon Task Forces para aunar esfuerzos y compartir información, en los escalones inferiores apenas se mejoró la formación de unos agentes ya de por si escasamente preparados para asumir con integridad y profesionalidad sus responsabilidades como garantes del orden, por más que los coches patrulla luzcan eslóganes en ese sentido. La creación del Departamento de Seguridad del Territorio de los Estados Unidos (DHS, United States Department of Homeland Security), una nueva agencia federal cuya misión se supone que es coordinar esfuerzos de otras ya existentes para garantizar la seguridad interna, no hizo más que añadir confusión en materia de competencias y jurisdicción.
En el nivel más bajo, la situación sigue siendo peor. Los departamentos policiales y las oficinas del sheriff de medianas y pequeñas localidades carecen de los medios humanos y materiales para resolver casos criminales de cierta complejidad o sofocar con garantías alteraciones del orden público, situaciones que las fuerzas estatales, escasas en número, tampoco pueden resolver con profesionalidad. Las plantillas de todos estos cuerpos se nutre con personal poco cualificado, en muchas ocasiones veteranos de las fuerzas armadas, que carecen de la formación policial necesaria para realizar el trabajo encomendado. Ante la falta de estímulos profesionales cuestiones que pueden parecer secundarias, como la forma física, la empatía con el ciudadano o el uso proporcional de la fuerza física y la respuesta armada, pero que resultan fundamentales a la hora de desempeñar su trabajo, no son asumidas con la competencia debida.
En su papel de policía federal, el FBI tampoco cubre los huecos que esta precaria situación genera, aunque hay que señalar que tampoco es su competencia. Lo mismo ocurre con el resto de agencias federales, cuyo excesivo número y supuesta especialización de nada sirve para paliar los problemas de base. A todas estas dificultades se añade un nuevo debate en la sociedad norteamericana: el de un exceso de militarización de los cuerpos policiales. En los últimos años se han aprobado varios programas federales dirigidos a la adquisición de excedentes de material de guerra y vehículos militares del Departamento de Defensa. Su propósito ha sido dotar a las fuerzas del orden de todo el país de los medios necesarios para hacer frente a los cada vez más numerosos incidentes con armas de fuego y a los disturbios violentos. En la mayoría de las ocasiones los beneficiarios de este arsenal han sido los diferentes equipos locales de los SWAT, las mediáticas unidades especiales encargadas de hacer frente a situaciones excepcionales como pueden ser el rescate de rehenes, neutralización de sospechosos armados o el apoyo en operaciones llevadas a cabo por otras divisiones. Aunque sus integrantes suelen ofrecer una imagen de tipos duros, su entrenamiento y preparación dista mucho de la de sus colegas europeos del GEO español, el RAID de la Policía Nacional francesa o el GSG 9 federal alemán, incurriendo en los mismos vicios que afectan al resto de los cuerpos de seguridad norteamericanos.
Ante la falta de unidades más específicas, a los agentes del SWAT se les encomiendan misiones de naturaleza antiterrorista y de intervención para sofocar disturbios, funciones que ponen en evidencia sus limitaciones. Este error de planteamiento no contribuye a mejorar las cosas y sí a empeorarlas: amplios sectores de la población ven con hostilidad a los policías que armados como si fueran a luchar en Afganistán se pasean por las calles de sus ciudades en vehículos blindados, lo que genera un rechazo que solo contribuye a aumentar la brecha entre los ciudadanos y los servidores públicos que supuestamente deben protegerles. Si a todo ello añadimos la execrable actitud y comportamiento de algunos de sus agentes a la hora de practicar detenciones o afrontar situaciones comprometidas de riesgo, el estallido social está servido.
En lo que se refiere al asalto del Capitolio, la protección de sus instalaciones está encomendada a la United States Capitol Police (USCP). Se trata de un cuerpo con competencias federales formado por algo más de 2.000 agentes que vela por la seguridad del complejo del National Mall, la extensa zona comprendida entre el Monumento a Washington y los edificios del Congreso. La USCP no tiene academia propia y sus cadetes reciben formación en las instalaciones de los Federal Law Enforcement Training Centers (“Centros Federales de Entrenamiento para el Cumplimiento de la Ley” FLETC) en Glynco, Georgia, una antigua estación aeronaval reconvertida donde reciben un curso de veinticinco semanas en técnicas policiales junto con los aspirantes de más de un centenar de cuerpos de seguridad locales, estatales, federales y tribales. Tras ese breve periodo se incorporan como agentes en prácticas.
Ante el desafío de los manifestantes que se concentraron frente al Capitolio, la USCP montó un perímetro de seguridad que se reveló insuficiente. Sus agentes, escasos en número y peor entrenados y equipados para hacer frente a una situación así, no tardaron en ser desbordados. La testimonial presencia del Departamento de Policía Metropolitana del Distrito de Columbia tampoco sirvió para frenar el asalto. La imagen que mejor refleja la incompetencia del USCP es la de un único agente del cuerpo intentando detener a los intrusos armado con una porra extensible que está a punto de perder mientras huye escaleras arriba buscando desesperadamente el apoyo de sus compañeros. La peor cara la ofreció otro oficial de paisano, que disparó a bocajarro contra una de las manifestantes que pretendía saltar por encima de una de las barricadas que la seguridad había levantado en los pasillos del edificio, procedimiento desgraciadamente demasiado habitual por parte de los policías norteamericanos, proclives al gatillo fácil.
Ante el asalto consumado y la falta de fuerzas y medios para desalojarlos se recurrió a la Guardia Nacional, reservistas conocidos como “soldados de fin de semana” que alcaldes y gobernadores suelen demandar para reinstaurar el orden público en las calles. Desde cualquier punto de vista el empleo de estos militares es completamente inadecuado y desaconsejable por los motivos ya aludidos. Su llegada ante la explanada del Capitolio a bordo de desvencijados autobuses que no se ven en Europa desde la década de los sesenta del siglo pasado, sin equipo antidisturbios adecuado y con un casco con visera y un escudo como única protección, da una fiel imagen de la precariedad con la que los responsables de velar por el orden público en las calles de los Estados Unidos, y en este caso ante sus más altas instituciones, asumen sus competencias, como ya tuvimos también la ocasión de comprobar con ocasión de los disturbios en varias ciudades norteamericanas en protesta por la muerte de George Floyd.
Al final tuvieron que ser los agentes del Hostage Rescue Team, el Equipo de Rescate de Rehenes del FBI, una de las escasas unidades policiales de los Estados Unidos bien entrenadas para responder ante amenazas terroristas, los que protegieron a los congresistas y expulsaron a los asaltantes del Capitolio. En los días siguientes, policías metropolitanos y refuerzos de otras agencias federales se han encargado de establecer un cordón de seguridad en torno a estas instituciones ante la posibilidad de nuevos ataques. La dimisión del jefe de la USCP y de otros responsables políticos no ha servido para lavar la mala imagen ofrecida durante los graves incidentes vividos en Washington, reflejo de una situación a nivel nacional que exige cambios en profundidad para que los cuerpos policiales de todo el país puedan cumplir su tarea con profesionalidad.

Litvinenko y España: Mucho ruido y pocas nueces

Por Martin Roberts

En enero de 2015 ha tocado a quien esto escribe intentar averiguar, de parte del Daily Telegraph de Londres y como freelance, un supuesto vínculo entre Alexander Litvinenko y lo que aquél denominó “los servicios secretos españoles”, por lo que contacté con un fiscal anticorrupción en Madrid.

Lo que se ha concluído – como se explicará abajo – es que esta hipótesis (por lo menos tal como fue formulada por el citado rotativo) era contradictoria y carecía de evidencia fidedigna, cosa que sin embargo no impidió que tuviera algún recorrido posterior en medios prestigiosos, y si por un lado no iban por allí los tiros, por otro algo de interés se puede deducir.

También se ha podido constatar la falta de rigor de por lo menos un periódico y alguna emisora británicos – tanto por motivos estructurales como coyunturales — en contraste con agencias de noticias como Reuters, con la que había colaborado previamente durante muchos años.

Litvinenko, como todos sabemos, fue un agente del SFS ruso especializado en temas de crimen organizado, que desertó, se afincó en Reino Unido, se naturalizó británico y publicó dos libros acerca de las supuestas actividades encubiertas del mismo SBS. Entre otras cosas, alegó que el presidente ruso, Valdímir Putín, ordenó el asesinato de la periodista Ana Politovskaya en octubre de 2006. Poco después, Litvinenko fue envenenado y murió en Londres en noviembre del mismo año, con 43 años.

Arranca la investigación oficial

En enero de 2015 el juez encargado de la investigación en Londres empezó a recoger testimonios, cosa que suscitó el interés de muchos medios, sobre todo en Reino Unido. El abogado de la viuda, Marina Litvinenko, declaró lo siguiente, según una transcripción que me remitió el Telegraph (la traducción es de servidor):

Primero, cuando murió, el señor Litvinenko no solo colaboraba con los Servicios Secretos Británicos, sino además, a instancias del MI6, colaboraba con los Servicios de Seguridad Españolas como agente remunerado.

“La información que le tocó remitir al Servicio de Inteligencia Español involucraba el crimen organizado, o sea actividades de la mafia rusa, en España y de forma más general, y esta información fue facilitada a un fiscal especial para el crimen organizado, llamado José Grinda González.

Nótese que se trata de una afirmación sin contrastar de tercera mano, o sea lo que contó el abogado que contara la señora Litvinenko acerca de su difunto marido, y eso en el supuesto de que ella conociera al detalle cuanto hacía éste, cosa que era de dudarse, como veremos abajo. Aun así, ella confundió la fiscalía española con “los servicios de seguridad/inteligencia”.

Ahora bien. el susodicho Grinda es efectivamente fiscal anticorrupción y su nombre había salido a la luz en un cable de la Embajada de EE.UU. en Madrid, fechado el 11 de febrero, 2010, y publicado en diciembre del mismo año por wikileaks.

Según el citado cable, Grinda participó en una reunión con funcionarios estadounidenses y les informó acerca de sus investigaciones en las actividades de la mafia rusa en España. Entre otras cosas, citó y calificó como “acertada” una “tesis” de Livinenko, según la cual los servicios de inteligencia y seguridad rusas “controlan CO en Rusia”.

Nótese que Grinda (según wikileaks) se limitó a repetir lo que Litvinenko había dicho muy públicamente, que en momento alguno dijo haber tenido contacto con él, ni que se lo habia planteado, y nada dijo de los “servicios secretos” españoles. El cable sí se refiere a una “versión” de un encuentro entre Litvinenko y estos servicios secretos poco antes de su muerte, pero no da más detalles.

En 2012 el Telegraph publicó un par de artículos en base a este cable, tras su difusión por wikileaks.

Mi granito de arena

Cuando empieza la investigación oficial y depone la viuda de Litvinenko, allí es donde entra servidor en escena, pero de forma tentativa. El Telegraph me pidió contactar con Grinda, cosa que hice, y hacerle todo tipo de preguntas; por ejemplo cuánto Litvinenko había cobrado por mes de los “servicios secretos” españoles y qué sabía acerca de los vínculos de Putin con la mafia rusa, preguntas que me han parecido disparatadas.

Digo esto porque en primer lugar, como ya se ha dicho, Litvinenko ya había dedicado un libro entero al tema y si acaso alguien tuvo oportunidad de recabar información privilegiado al respecto, sería MI6 y no un fiscal en el extranjero.

Sin embargo, el lema del freelance es “di que sí a todo”, nada se pierde con intentar y agradecí la amabilidad de Grinda de recibirme en su despacho. No me permitió grabar nuestra conversación, pero sí tomar apuntes, y me hizo un par de aclaraciones después por escrito.

Básicamente, no quiso confirmar ni negar que se había encontrado con homólogos americanos, tal como afirmaba wikileaks, y aun que semejante encuentro se hubiera producido, tampoco podría decir nada al respecto. Sin embargo, colaborar con homólogos de otros países sí formaba parte de su trabajo.

Dijo que nunca tuvo contacto con Litvinenko y, que él supiera, éste tampoco había colaborado con la fiscalía española. Añadió que no tenía idea de supuestos vínculos de Putin con la mafia. Como Litvinenko estaba bajo la protección de las autoridades británicas, Grinda opinó que este tipo de cuestiones le competían a éstas, que me parece perfectamente coherente.

Ahora bien, dijo que respecto a lo que incumbía a él, Litvinenko pudo haber sido un buen testigo – entre otros posibles – por lo que sabía acerca de cómo funcionaba la mafia rusa en general. Concretamente, me escribió:

  1. El interés por el sr. L era genérico, sobre el crimen organizado ruso, no estaba limitado a una persona en concreto.
  2. Ignoro si Policía o Guardia Civil pudieron realizar gestiones respecto de L.
    Se realizaban frecuentes reuniones entre los investigadores y se valoraron varias personas como testigos idóneos, no recordando las personas concretos respecto del Sr. L.

Grinda sí parecía, lógicamente, en condiciones de aportar información acerca de las actividades de la mafia rusa en España, pero este tema no le interesaba al Telegraph.

Ecos posteriores

Allí termina mi colaboración con el Telegraph, y de forma definitiva. Que yo sepa, nunca publicaron nada más citando a Grinda con relación a Litvinenko, o acerca de cualquier colaboración que pudiera tener éste con España, cosa que sin embargo hizo la BBC en un artíclo publicado en julio de 2015. La BBC citó a Grinda diciendo –.igual como me había dicho a mí – que le hubiera gustado entrevistar a Litvinenko.

Añade la BBC que ha conseguido un “documento confidencial”, según el cual “los españoles estaban cercando a la mafia rusa que operaba en España”, y que un supuesto mafioso citó en una entrevista a Putin.

Luego cuela – de forma mañosa, me parece – una cita de Grinda, en donde repite éste lo que se había afirmado varias veces antes acerca de supuestos vínculos entre criminales rusos y miembros de la administración rusa. Digo “mañosa” porque da a entender que Grinda respalda lo del documento secreto, o sea la BBC “tira la piedra y esconde la mano”. Un viejo truco.

Cabe destacar que a continuación, la BBC cuenta que “una fuente bien relacionada” afirma que la colaboración de Litvinenko con agencias occidentales no fue lo que motivó su muerte, sino que él había atravesado una línea roja al acusar a Putin.

Otro granito de arena

Hoy, debido al confinamiento por el coronavirus, he tenido tiempo para indagar un poco por mi cuenta, cosa que mucho me temo no hizo en su día el Telegraph, antes de encargarme una búsqueda inútil (y no por primera vez).

Primero, he descubierto que la supuesta colaboración entre Litvinenko y los “servicios de seguridad” españoles se había mencionado en otro cable de la Embajada de EE.UU. en Madrid, con fecha de agosto 2009. Aquí trasciende que los funcionarios norteamericanos, lejos de contar con información privilegiada, ¡se habían limitado a leer El País!

En 2008, el citado diario publicó un artículo intitulado Litvinenko dio pistas de mafiosos rusos en España, en el sentido que información que había aportado el espía ruso facilitó la Operación Troika, “la mayor operación habida hasta el momento contra la mafia rusa en Europa”. El artículo explica que tres fiscales – Grinda, entre ellos – habían investigado a mafiosos rusos en España, y que el juez instructor fue Baltazar Garzón, pero no dejó claro si esto sucedió antes o depués de Troika. Si bien el artículo abunda en otros detalles, no cita fuentes y el vínculo entre Litvinenko y las instancias españolas tampoco queda nada claro, o sea el artículo no aclara con qué departamento – o departamentos – habló.

Total, ni la viuda de Litvinenko, ni wikileaks, ni la Embajada de EE.UU., ni la BBC, aportó nada en lo esencial que no hubiera publicado El País años antes. Haberlo sabido antes, y mi humilde enhorabuena al País.

Concluye la investigación oficial

En enero de 2016 la investigación oficial británica, a cargo del juez Sir Robert Owen, publica su informe. Owen admite como evidencia varios testimonios acerca del supuesto vínculo de Litvinenko con las autoridades españolas y dedica un capítulo entero a examinar el tema.

Sin embargo, Owen recuerda que su propósito no es comprobar si tal vínculo ha existido o no:

el tema a considerar a efectos de esta Investigación es si pudo haberse dado cualquier enlace entre esos asuntos y su muerte [de Litvinenko].

Primero, desestima lo dicho por la viuda:

La Sra Litvinenko desconocía los detalles de la labor que el Sr Litvinenko realizaba en España  – dijo ella que, “Sasha no me contó gran cosa porque intentaba protegerme.”

Owen examinó también una declaración que prestó a la Policía Metropolitana de Londres en diciembre de 2006 el oligarca ruso exiliado Boris Berezovsky, en la que éste afirmó que Litvinenko había colaborado con “el servicio de inteligencia española”.

Muy curiosamente, Berezovsky fue hallado muerto en su domicilio en Inglaterra en 2013, colgado con una liga entorno al cuello. El juez de primera instancia no pudo determinar si se trataba de suicidio o homicidio.

Sobre la importancia de la colaboración de Litvinenko con las instancias españolas y sus repercusiones, Owen afirmó que:

[La abogacía oficial] no estableció una causa prima facie en torno al papel del Sr Berezovsky, la mafia española y/o demás organizaciones criminales, Mario Scaramella*, o grupos chechenos, en la muerte del Sr Litvinenko.

En su resumen, Owen afirmó estar seguro de que Litvinenko fue envenenado, con dolo, con plutonio-210, colocado en una tetera por Andréi Lugovói y Dmitri Kovtun (ambos exagentes del KGB), que éstos no actuaron solos, que es “una fuerte probabilidad” que lo hicieran a instancias del SBS, y que todo fue autorizado “probablemente” por Putin.

La policía británica ha señalado a Lugovói y Kovtun como sospechosos principales, mientras que ambos han insistido en su inocencia en entrevistas con la BBC. El gobierno ruso se ha negado a extraditar a Lugovói, que hoy es diputado por el ultranacionalista Partido Liberal Democrático y por tanto goza de inmunidad parlamentaria.

Reflexiones personales

Acerca del vínculo entre Litvinenko y España, estamos ante el problema que todo testimonio es posterior a la muerte del espía ruso. Que sepa quien esto escribe, él nada dijo al respecto en vida y oportunidades tuvo. Además de publicar dos libros, cuando ya estaba enfermo de muerte, hizo declaraciones a la Policía Metropolitana y concedió una entrevista al Sunday Times.

Todo depende de la credibilidad de los artículos publicados en El País, cosa que por una parte, no me atrevo a desestimar, y por otra, tampoco pondría la mano en el fuego. Como periodista, bien sé que a veces hay que recurrir a fuentes anónimas, sobre todo cuando de temas delicados se trata. También sé que a menudo las mismas fuentes anónimas manipulan, y tanto. Son gajes del oficio.

El juez Owen ni respalda ni desestima lo dicho por El País, porque no era el objetivo de su investigación, como se ha dicho

Me temo que a ciencia cierta nunca sabremos si Litvinenko colaboró, o no, en este sentido, a menos que salga un testigo fiable (y no un simple conocido) en algún proceso jurídico, cosa que parece poco probable a más de 13 años de su muerte. Cualquier información que pudiera aportar Litvinenko en su momento sería de poca utilidad hoy en día.

Cobertura mediática británica

Como colofón, el autor se permitirá algunos comentarios acerca del tratamiento de los medios británicos del tema español, como periodista británico, y además porque Litvinenko residió durante los últimos años de su corta vida en Reino Unido.

Diremos que la tentativa del Telegraph ha sido superficial y mal concebido, por motivos estructurales y coyunturales, como he dicho arriba.

En nuestro paso como freelance por cinco periódicos londinenses, nos hemos percatado de que simplemente no cuentan con los mismos recursos que una agencia como Reuters (donde trabajé durante muchos años) para cubrir noticias internacionales, ni en términos de personal, ni pericia, ni a menudo emplean el mismo rigor. Si bien tienen algunos corresponsales — la mayoría de mucho mérito — éstos suelen ser opacados por autodenominados expertos que se pronuncian sobre todo tipo de asuntos internacionales desde la comodidad de sus oficinas, si es que se molestan en salir de casa.

Sin embargo, al público lector esto suele importarle poco o nada y es normal, porque estos expertos cobran mucho más que el humilde corresponsal (y el freelance ni se diga), y salen a menudo en televisión y radio. Cito como ejemplo a Boris Johnson, que colabora desde hace décadas en el Telegraph, donde además de cobrar 5.000 libras (6.000 euros) por columna, se convirtió en una auténtica celebridad y ha llegado a ser primer ministro.

A esta situación estructural hemos de añadir una coyuntura cada vez más difícil para todos los medios, o sea su financiación en una época en que ya no tienen el monopolio sobre la distribución de su contenido, debido a Internet, cuanto más en tanto se puede acceder desde un aparato que cabe en el bolsillo.

Para colmo, el contenido que publican consiste cada vez menos en noticias como tal, y más en  trending topics y temas que inducen al consumo, como estilo de vida, tecnología, viajes y moda. Si esto fuera poco, los medios tienen que competir con todo tipo de bulos en las redes sociales, a menudo propagados por bots mediante el uso de algoritmos, o incluso ciberespías.

O sea, estamos ante una carrera hacia abajo en términos de calidad y presupuesto (salvo para “las plumas grandes”), por lo que han recortado mucho sus corresponsalías y se dedican poco o nada al periodismo de investigación.

Dicho sea de paso, ha quedado ampliamente demostrado que Johnson encaja perfectamente en este entorno; ni a él ni sus lectores, ni sus votantes, les importa si dice la verdad, o no, mientras él diga lo que quieran oír.

Para no restar méritos, diremos que el fuerte de lperiódicos como el Telegraph es que sí han podido dedicar recursos a noticias nacionales. El Telegraph, por ejemplo, empezó a publicar relaciones de gastos de los diputados, sufragados por el contribuyente, que causó un auténtico escándalo.


*   Abogado italiano que al parecer contactó a Litvinenko poco antes de que éste muriera. Fue repatriado en enero de 2007 y detenido en seguida, acusado de engañar a la policía acerca de una trama de magnicidio y hacerse pasar por espía, entre otras cosas. Véase artículo de la agencia Reuters, que deja claro que la fiscalía italiana le considera todo menos un testigo fiable.

Trump y la CIA

El presidente norteamericano Donald Trump ha “insultado” a los funcionarios del Servicio de Inteligencia que han filtrado las presiones de su presidente a los presidentes de Ucrania, Volodímir Zelenski, y Australia, Scott Morrison y que ha provocado, nada menos, que el inicio de un proceso de destitución, “impeachment”. Trump les llama espías y traidores asimilando lo que para él son graves insultos, cuando lo que han hecho estos buenos funcionarios estadounidenses es denunciar irregularidades graves en el comportamiento de su presidente. Varias consideraciones al respecto: En primer lugar, aclarar lo que es un espía y a qué se llama habitualmente espía. Un espía en el más puro sentido del término es un “funcionario” de un estado, que cumpliendo según que mandatos de su gobierno, vela por la seguridad de sus compatriotas y sus bienes. Si en el ejercicio de su función se encuentra una acción en contra de esos intereses y a quien la ha cometido, aunque sea su presidente del gobierno, tiene la obligación de comunicarlo a sus superiores. Ellos sabrán qué hacer con la información. Un espía, funcionario de un estado, cobra lo estrictamente justo a su categoría laboral y su motivación suele ser, en un altísimo porcentaje el idealismo. Lo define muy bien el autor catalán Domingo Pastor Petit en su obra de 1976, “La guerra de los espías” – Editorial Bruguera. Dice así: Tras el sujeto disfrazado de espía, suele haber algo que el lector no es muy dado a sospechar en quienes le rodean… Este oficio gris, frío, mal compensado y compañero cierto de la angustia, que precisa nervios de acero y tesoros de inteligencia deductiva e intuición, recluta lo más electo de sus artesanos en las filas de los idealistas. Sí, hay que repetirlo: de los idealistas.” La palabra “traidor” no hay que explicarla, pero a la luz de lo que cabo de transcribir, coincidirán conmigo en que en nada se parecen ambos conceptos.

Pero volvamos a los “espías”, a los funcionarios espías que además son los encargados de obtener información sensible sobre determinado país u objetivo y que muchas veces se sirven de “confidentes”, “infiltrados” o personas que, por otra motivación, muchas veces económica, facilitan información muy importante para la seguridad del país, cobrando precisamente por esa información, en esos casos las cantidades son proporcionadas con la calificación que su información. Si Trump cree que los insulta es que no sabe de qué va esto de los Servicios de Inteligencia. Seguramente terminará destituyendo a sus jefes, y van…, pero estoy seguro de que quienes sustituyan a los actuales actuarán de igual manera ante situaciones similares. ¿Que no todo es tan idílico en los servicios? Naturalmente, y ¿dónde lo es? El ser humano, capaz de lo mejor y de lo peor, es el componente fundamental de cualquier organización, no son máquinas y hay casos de corrupción como en todas partes, pero no juzguemos nada más que a los corruptos, no al organismo. No es justo.


Jaime Rocha

La genial celada de Midway

El reciente estreno de la película Midway, dirigida por Roland Emmerich, vuelve a poner de actualidad la batalla aeronaval que supuso el punto de inflexión en la guerra del Pacífico. En la batalla del Mar del Coral, librada del 7 al 8 de mayo de 1942, los japoneses, aun alzándose con una victoria por la mínima, verían frustradas sus intenciones de rematar el poderío norteamericano. Isoroku Yamamoto, el cerebro que había planeado el ataque a Pearl Harbor, comprendió que, a partir de ese momento, el tiempo corría dramáticamente en su contra. Teniendo en cuenta el formidable potencial industrial de su enemigo, era un suicidio sostener una guerra de desgaste en la que, tarde o temprano, se acabaría imponiendo el coloso norteamericano.

La única solución era plantear una batalla definitiva, un duelo decisivo por el control del Pacífico, en un momento en que la Marina nipona aún era superior. El lugar elegido para ese choque sería Midway, un pequeño y solitario atolón en el que afloran dos islas y numerosos islotes de arena, situado al nordeste de Hawai. Yamamoto sabía que los norteamericanos echarían toda la carne en el asador en la defensa de esas islas; si caían en poder nipón, Hawai quedaría al alcance de sus bases aéreas y su invasión sería cuestión de semanas. Con los japoneses instalados en Hawai, la costa oeste norteamericana quedaría seriamente amenazada. Por tanto, Washington era consciente de que conservar las Midway era vital.

Los japoneses sabían que allí serían enviados los tres portaaviones del Pacífico con el fin de proteger las islas, por lo que se abría la ansiada oportunidad para destruirlos. Pero para eso era necesario poner en juego a los cuatro portaaviones operativos con que contaba Yamamoto. Aunque la correlación de fuerzas era favorable a la Armada Imperial, no había duda que se trataba de una apuesta a todo o nada. Quien venciese en Midway se convertiría en el dueño y señor del Pacífico, y el que saliese derrotado en el duelo vería frustradas casi todas sus posibilidades de alcanzar la victoria en la contienda.

Con lo que no contaban los nipones era que los norteamericanos eran capaces de descifrar sus códigos. Así, el movimiento de la flota atacante fue detectado, pero no se sabía hacia dónde se dirigía. Para averiguarlo, los servicios de inteligencia estadounidenses urdirían una astuta celada que resultaría absolutamente decisiva para el resultado del choque y, quien sabe hasta qué punto, para la suerte final de la guerra.

Los hombres que diseñaron esa añagaza, pertenecientes al servicio de inteligencia de la Marina, trabajaban en el sótano de un astillero de la Marina en Hawai, la Estación Hypo, con una tecnología muy inferior a la que entonces estaban empleando sus colegas británicos en Bletchley Park, que les había permitido romper el código de la máquina alemana Enigma. Al frente del equipo de desciframiento, formado por cinco personas, se hallaba el criptoanalista Joseph Rochefort (interpretado en la película de manera convincente por el actor Brennan Brown). Tal como queda reflejado en el film, Rochefort vivía literalmente en aquel sótano al que llamaban “La Mazmorra”, en donde tenía instalada su cama, y realizaba su trabajo en bata y zapatillas.

El enlace con el exterior era el oficial de inteligencia Edwin T. Layton (interpretado por Patrick Wilson), quien tenía una gran amistad con Rochefort, y era considerado el sexto miembro del equipo. Su función era presentar el resultado de esas averiguaciones a las altas esferas. Entre esas conclusiones figuraba la que señalaba Midway como el más que probable punto de destino de los barcos nipones, pero tan sólo contaban con indicios, por lo que Washington exigía obtener la certeza absoluta de que ese era el objetivo antes de arriesgarse a enviar allí el grueso de su flota.

Los norteamericanos sabían que el punto de reunión de la flota enemiga era un objetivo al que los japoneses se referían con la clave AF. A partir de ese dato, uno de los hombres de Rochefort, Wilfred Jasper Holmes, tuvo la genial ocurrencia que desde Midway se emitiera un mensaje sin cifrar comunicando que una explosión había inutilizado el sistema de desalinización de agua durante dos semanas, y aguardar una reacción nipona. Rochefort propuso el plan a Layton y éste lo trasladó al comandante en jefe de la flota del Pacífico, Chester Nimitz (interpretado por Woody Harrelson), quien le dio luz verde. Así se hizo y, poco después, se descodificó un mensaje japonés en el que se decía que en AF había problemas con el agua y que era necesario enviar allí un equipo de desalinización para garantizar el suministro de agua tras la proyectada invasión. Aquel prosaico mensaje, fruto de la argucia pergeñada por Rochefort y Holmes, era la confirmación de que el objetivo, en efecto, era Midway.

Gracias a esa decisiva revelación, Nimitz pudo preparar la trampa en la que caerían los japoneses el 4 de junio de 1942. Envió allí sus tres portaaviones para interceptar a la flota nipona, que sufriría la pérdida de sus cuatro portaaviones. Aunque finalmente los norteamericanos perderían uno de sus portaaviones, el Yorktown, que había sido reparado a toda prisa para poder ser lanzado a la batalla, el daño causado a los japoneses sería irreparable. A partir de entonces, la supremacía naval en el Pacífico correspondería a Estados Unidos, gracias a una operación en la que los servicios de inteligencia realizaron, probablemente, la aportación más decisiva de todo el conflicto.

Jesús Hernández.